martes, 1 de diciembre de 2009

MANUEL JIMENEZ “CHICUELO” CONTRAJO MATRIMONIO CON LA FAMOSA CUPLETISTA CORDOBESA “DORA LA CORDOBESITA”



No es la primera vez que les habló de la continua atracción habida a lo largo de la historia entre los toreros y las cupletistas y tonadilleras. Otro ejemplo de este maridaje fue el que vivió “Chicuelo” y Dora “La Cordobesita”. El conocido matador de toros sevillano, Manuel Jiménez “Chicuelo”, nacido en el barrio de Triana en 1902, que impuso para la historia de la Tauromaquia el conocido pase con el capote de la “chicuelina” , y que tuvo el privilegio de concederle la alternativa al inmortal Manuel Rodríguez “Manolete”, estuvo felizmente casado con una famosa y bella cupletista cordobesa, que triunfó en toda España allá por los años veinte y que era emblema de la belleza de la mujer cordobesa, ya que posó en varias ocasiones para el pintor Julio Romero de Torres. Estamos hablando de Dolores Castro Ruiz, nacida en 1902 en el barrio de San Lorenzo, y que adoptó el nombre artístico de Dora La Cordobesita.
Dolores Castro o Dora La Cordobesita, logró destacar en aquellos locos y felices años veinte con el cuplé. A esos años veinte, se le llaman felices porque acababa de concluir la I Guerra Mundial, y Europa festejaba con fruición la paz y la prosperidad después del desastre. Por tanto la música y la copla en España, era uno de los elementos que venían a dar felicidad a las personas que vivieron en aquellos lejanos años, una felicidad sólo enturbiada, por la continua sangría de vidas jóvenes que nuestro país estaba sufriendo en la Guerra con Marruecos. Época en la que en Madrid se abrieron multitud de locales donde corría el champán y las rosas, y en la que los públicos sentían auténtica veneración por las artistas de variedades. Al menos eso me contaba mi padre, Francisco González Huertas, medico oftalmólogo de Lucena, (él nació en 1905) que en aquellos locos años, vivía como un prometedor estudiante de Medicina en aquel bohemio Madrid del chotis, el cuplé y los toros, y que nunca dejaba de contarme las aventuras y desventuras que vivió en aquel maravilloso Madrid de antes de la guerra civil. Un Madrid donde él descubrió el amor y la alegría de vivir, y que de vuelta a Lucena, nada más estallar la guerra civil, guardó en el baúl de sus recuerdos. Aquél “baúl de sus recuerdos”, lo abrió muchos años después, cuando sus hijos estudiábamos en Madrid nuestras carreras y venía visitarnos, Nos señalaba con nostalgia y pena, donde estaban todos y cada uno de los muchísimos teatrillos de variedades que en aquellos años abundaban por la calle La Montera, Callao, Carreras, Reina Victoria y hasta en la Puerta del Sol. Nos hablaba a hurtadillas, furtivamente, para que mi madre no se enterara de su líos de faldas y de las juergas nocturnas que junto a otros estudiantes de Lucena (Vicente Manjón Cabeza, Manuel González Aguilar y algunos mas…) allí vivieron en aquellos felices años veinte en que “Dora La Cordobesita” hacía furor entre los chicos de sus edad. Pero volvamos al tema que nos ocupa.
En España hacia 1920, el cuplé pasaba por su época dorada, de la que disfrutaron de fama y reconocimiento, intérpretes como nuestra cordobesa Dolores Castro Ruiz.. Como hemos dicho antes, su nombre artístico fue Dora La Cordobesita y debutó siendo muy jovencita en el teatro madrileño Romea, que estaba en la calle de las Carreras. Se hizo muy famosa cuando interpretaba un pasodoble en el que elogiaba los valores taurinos de Joselito y Belmonte, y en su interpretación, la cupletista daba pases a diestro y siniestro encima del escenario, o sea que la chica en cuestión, hacía toreo de salón encima del escenario, con el consiguiente delirio y éxtasis del público que no cesaba de jalearla con continuos olés por la gracia y el arte que tenía. Al menos eso es lo que me contaba mi padre, al cual se le dibujaba en la cara una sonrisa picarona llena de nostalgia, porque me estaba hablando de su “Paraíso Perdido” y de unos tiempos que ya nunca volverían para él.
Pues bien, fíjense ustedes como es el destino, que esta chica cordobesa que practicaba el toreo de salón en los escenarios y que interpretaba cuplés dedicados a la torería y a sus protagonistas, no sabía entonces que el destino le deparaba un feliz encuentro con un torero. Dolores Castro fue una cordobesa de una gran belleza, al menos, así la veo yo en las colecciones de revistas de la época que heredé de mi padre y de mi abuelo, el Mundo Gráfico y La Unión Ilustrada, en las que en 1923 aparece con frecuencia en sus portadas. Yo creo que mi padre fue también un fiel y leal seguidor de sus valores artísticos y de sus encantos femeninos. Vamos…que debió estar enamorado platónicamente de ella. Claro... una mujer tan bella, no es de extrañar que sirviera incluso de musa para uno de las pintores mas populares de la época, y el más cantado en las coplas, nuestro Julio Romero de Torres, para quien posó en innumerables ocasiones.
Dora La Cordobesita conoció a Manuel Jiménez Chicuelo en Madrid como no podía ser de otra forma, y enseguida ambos se enamoraron. Tras un breve pero intenso noviazgo, contrajeron matrimonio. Como es natural en aquella época, Chicuelo hizo lo mismo que Rafael El Gallo hiciera con Pastora Imperio, retirarla del mundo del espectáculo y de la canción, ya que se casaron, se fueron a vivir a Sevilla y fueron, según parece, muy felices. De Manuel Jiménez Moreno hay que decir, que fue hijo de otro matador de igual nombre taurino, y que quedó huérfano cuando contaba solo cinco años. Que fue Juan Belmonte quien le otorgó la alternativa como matador de toros el 28 de septiembre de 1918. Su arte y los conocimientos técnicos del toreo de Chicuelo son reconocidos por la crítica en cualquier tratado o historia de la Fiesta que consultemos. Se retiró de los toros en 1951 y murió en Sevilla el 31 de octubre de 1967.
Hay que decir que el matrimonio entre Chicuelo y La Cordobesita fue un enlace con final feliz, pues vivieron siempre juntos y bien avenidos, cosa complicada siempre entre matrimonios de toreros y cantantes. Fruto de esta unión tuvieron dos hijos: el 7 de marzo de 1937 nació en Sevilla un hijo de ellos llamado Rafael Jiménez Castro, que como era de suponer siguió la tradición familiar por parte de padre: ser torero. Se hacía anunciar en los carteles como Rafael Jiménez “Chicuelo Hijo”. Dotado del arte de su padre y también heredero del justo valor que aquel tuvo, hablemos claro, Rafael Jiménez Chicuelo Hijo, abandonó su categoría de matador de toros, para engrosar la lista de toreros de plata o subalternos, que desde mi punto de vista, son tan toreros como cualquier matador. El segundo hijo de la pareja fue Manuel Jiménez Castro, que sólo llegó a ser novillero y se retiró sin pena ni gloria, pues en aquellos años los toros apretaban mas que ahora. De Rafael Jiménez “Chicuelo Hijo”, hay que decir que debutó con picadores en la plaza de toros de Cabra, el 24 de junio de 1952 donde despachó él solito cuatro novillos de Juan Cruz, y que alternó con José Ordóñez. Tomó la alternativa el 6 de abril de 1958 en Sevilla, de manos de Antonio Ordóñez y con Manuel Vázquez de testigo con el toro Cañamero, número 134, negro, de la ganadería de Carlos Núñez. Ya digo, Rafael Jiménez pudo haber llegado lejos como matador de toros pues arte tenía y mucho, pero estaba muy justo de valor, igualito que su padre.
En fin, para concluir esta historia, solo añadir que no siempre los amores entre toreros y cupletistas o tonadilleras tienen finales tormentosos, y que por esta vez, ha valido la pena contarles esta historia de amor, pues creo haber rescatado del olvido, el nombre y la gracia de una mujer cordobesa, Dolores Castro “Dora La Cordobesita”, que fue en su época una mujer de rompe y rasga que desataba pasiones entre los hombres desde los escenarios, entre ellos mi padre.

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