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martes, 8 de diciembre de 2009

MISTERIO, OBSESIÓN O CASUALIDAD: “CARNICERITO” DE MEXICO MURIO EXACTAMENTE IGUAL QUE “MANOLETE”

Por El Zubi
Cuentan en México, que el dramatismo y la tragedia que concurrieron en la muerte de “Manolete” aquella fatídica tarde del jueves 28 de agosto de 1947 en Linares, impresionaron tanto a José González “Carnicerito de México” que le obsesionaron durante el mes escaso que le quedaba de vida. La trascendencia de la muerte de “Manolete” le mentalizó y le obsesionó de tal modo aquellas semanas, que al poco le llevaron al torero mexicano a una muerte psicosomática. Bien es verdad que la cornada, las circunstancias y todo lo que le ocurrió a José González aquella tarde del 14 de septiembre de 1947, en el pueblecito portugués de Vila Viciosa, fue un calco, una copia, una línea existencial paralela a lo ocurrido en Linares a Manolete casi un mes antes, a excepción de que al mexicano los médicos pudieron operarle unos minutos antes que al cordobés y con mas medios, y que su pronostico era bastante más optimista. La cornada de “Carnicerito” atravesó la femoral también, pero después de la intervención quirúrgica, la impresión de los médicos era de que se salvaría pues habían llegado a tiempo. Sin embargo el herido se obsesionó con que su muerte iba a ser igual que la del cordobés, y murió horas después… pasada la madrugada, después de que le administraran los sacramentos. Este hecho misterioso, no se sabe si fue un producto de la casualidad o de la propia sugestión del torero mexicano, que sentía por Manolete una admiración que rozaba con la idolatría.
José González López “Carnicerito”, nació en Tepatitlán (Jalisco) el 19 de marzo de 1903. Se aficionó a los toros trabajando en el matadero de su localidad, donde hizo sus primeras prácticas taurinas, para seguir luego como becerrista y banderillero hasta que aprendió bien el oficio. En 1926 ya era novillero consagrado. Aportaba a sus faenas un valor temerario que rozaba el horror, con alardes que estribaban siempre en lo excesivo. Su coraje y las cornadas fueron una constante en su carrera: 36 cornadas graves, 11 de ellas en los muslos. Llegó a España en 1930 anunciándose como “Carnicerito de México” pues aquí ya había un “Carnicerito de Málaga”. José González entró muy bien en Madrid y esta suerte no le abandonó nunca en España donde se le consideró siempre como a un torero de primera, lo contrario de lo que le ocurriría en su patria México, donde siempre sufrió el “ninguneo” de los públicos. El 13 de septiembre de 1931 recibe la alternativa en Murcia, matando toros de Miura, apadrinado por Domingo Ortega y Jaime Noaín de testigo. Al llegar la guerra civil española y los desacuerdos sindicales con su país tuvo que marcharse a México donde nunca tuvo la consideración que se le daba en España. Cuando vuelve a nuestro país años más tarde mantiene su valor arrebatado y sus inverosímiles tercios de banderillas de siempre, pero ya con el deterioro de facultades propio de la edad y el castigo recibido por los toros.
La vida de Carnicerito de México es el puro testimonio de la historia taurina de su época. De niño escuchó boquiabierto y con sorpresa, las hazañas de Rodolfo Gaona, pasó por el paseíllo ilusionado y novilleril con Carmelo Pérez y Esteban García. Fue testigo de las edades de plata y oro del toreo en España y México respectivamente. Luego se alineó, de negro premonitorio entre Alberto Balderas y Blando el 29 de septiembre de 1940. Saboreó las hazañas de “Manolete” y le cuentan las de “Joselillo” (torero leonés afincado en su país que murió también trágicamente). Todo tragedia: un rosario de cornadas hasta llegar a la suya propia y definitiva en Vila Viciosa.
Durante estos años “Carnicerito de México” contempla como desfilan ante él las modas, los estilos y los cambios, pero no participa en ellos, manteniéndose siempre fiel a sí mismo y a la estirpe taurina distinta a la que perteneció, de torero de raza. Tuvo un concepto crepuscular, pero muy preciso de lo que tenía que ser el toreo, a ese estilo propio permaneció siempre fiel e invariable, aunque en los últimos años de vida profesional se viera relegado en los últimos lugares, viendo como otros con bastantes menos méritos y oficio que él le pasaban por encima. Para que me comprendan de lo que les estoy hablando, les diré que “Carnicerito” era un torero que salía a morir en la plaza cada tarde en cualquier lugar del mundo que actuara, distorsionando su entrega y bravura hasta límites patológicos, igual que hiciera años atrás sus paisanos Luis Freg, Juan Silveti “El Tigre”, “Espartero de México” o “Cañítas”. Para este torero el valor era una cuestión de honor. Es que se arrimaba de una manera salvaje a los toros duros y difíciles, aportando el desprecio al peligro y a la propia vida, frente a la incomprensión de los públicos mexicanos, que decían que tenía ese valor excepcional porque toreaba bajo los efectos de la marihuana, la coca o la flor del peyote, sin comprender que aquella era su forma peculiar de concebir el toreo, y que por ello ha pasado a la historia del toreo encuadrado dentro de una estirpe de toreros calificados como “bravos”. Se sabe, por ejemplo, que “Carnicerito” herido una tarde en Barcelona al tercer lance de capa, permaneció en la plaza con el muslo rasgado y sangrando copiosamente. Así hizo quites, banderilleó, toreo de muleta y mató de una estocada certera, para pasar luego cojeando por su propio pié a la enfermería entre laureles de triunfo. Estas cosas hay que escribirlas y recordárselas a los aficionados y a los actuales toreros, porque han ocurrido y porque la memoria histórica en la Fiesta de los Toros y en cualquier disciplina, suele ser muy frágil y quebradiza.
José González López, a pesar de la ruptura del convenio taurino hispano-mexicano, vivía con su esposa francesa Maudette en el Hotel Cuatro Naciones de Barcelona, desde donde gestionaba sus contratos fuera de España, en el sur de Francia, Casablanca, Orán y Portugal, sitios donde tenía un gran cartel. Para los días 14 y 16 de septiembre de 1947 había cerrado dos contratos en Portugal: uno en Vila Viciosa y otro en Moita. En Vila Viciosa se anunciaron ocho toros de Joaquim Esteban de Oliveira para los rejoneadores Conchita Cintrón y Alberto Luis Lopes, el matador “Carnicerito de México” y el novillero portugués Etelvino Laureano. La plaza era pequeña, 3.500 espectadores, en un pueblo agrícola de 5.000 habitantes, a unos cuarenta kilómetros de la frontera de Badajoz. A “Carnicerito” le hacía mucha ilusión volver a torear con Conchita Cintrón, antigua y querida amiga desde hacía muchos años y con quien compartió cartel muchas tardes en su querido México. José González vestía aquella tarde un traje violeta y azabache. En el primero de su lote estuvo aseado y bien aunque no logró ningún apéndice. Salió el séptimo de la tarde, segundo de su lote, de nombre “Sombrereiro”, marcado con el número 3 y con 4 años en la boca. En el momento de la lidia comenzaba a anochecer y el toro, con mucho poder y malas intenciones tenía una lidia más que difícil. Inició la faena de muleta por alto y al tercer muletazo, el toro derrotó y le cogió contra las tablas, metiéndole todo el pitón en el muslo. La enfermería no reunía las mínimas condiciones para atenderle, por lo que se le trasladó, con un torniquete puesto en la pierna, hasta el hospital que se hallaba a un kilómetro largo de distancia.
Era mediado el mes de septiembre y había anochecido rápidamente en Vila Viciosa. Tuvieron que suspender la corrida aquel día antes de acabara por falta de luz. De la enfermería de la plaza de toros, entre las sombras fantasmales de la noche, un grupo callado de personas transporta a un torero herido de muerte en dislocada carrera, sobre una camilla de dos ruedas, mitad parihuela mitad carretilla. “Carnicerito se está muriendo. Cuando le comenzó a operar el capitán médico doctor Jesús Lopes Silveira, de Elvas, había transcurrido cuarenta minutos desde la cogida. El parte facultativo de los doctores decía así: “José González recibió una herida incisa en los tercios medio y superior del muslo derecho en su cara anterior de 25 centímetros de largo por 5 de profundidad con dos perforaciones en la región femoral. Pronóstico muy grave”. Tras la operación quirúrgica los doctores que le intervinieron eran optimistas ya que todo había salido muy bien. El novillero portugués Etelvino Laureano donó su sangre para las transfusiones. El herido estaba muy impresionado por la semejanza de la cornada con la que recibió hacía menos de un mes “Manolete” y a cada instante, en estado de delirio, decía que nadie podía ya hacer nada por salvarle la vida. ¿Murió sugestionado…? es probable. Lo cierto es que sin saberlo, repitió las mismas frases de “Manolete” en ese trance: “ya no siento la pierna”, “ya no veo”, tal y como recogió la prensa y los medios de comunicación repetidamente desde aquel 28 de agosto de 1947 de Linares. Como ha quedado dicho anteriormente, la muerte de “Manolete” le mentalizó y obsesionó de tal modo que pudiera ser que le llevaran a una muerte psicosomática, pues tras la operación el mexicano estaba grave pero fuera de un peligro inminente.
Su gran amiga Conchita Cintrón no se apartó ni un momento de su lado. Toreaba al día siguiente en Porto Alegre junto a “Cañitas” y “Andaluz Chico”, y cuenta la rejoneadora en sus “Memorias” que cuando le dijo que tenía que marcharse, “Carnicerito” suplicaba a gritos: “No me abandonéis, que me muero como Manolete”. A la mañana siguiente, de madrugada, a las seis y media, José González pidió que le administraran los sacramentos y Conchita Cintrón le preguntó si quería que avisaran a su mujer. “Carnicerito” contestó a duras penas: “La pobre no tiene para el viaje”. José González López “Carnicerito de México” falleció a las 8,30 horas del 15 de septiembre de 1947, de un colapso cardíaco, diciendo: “Muero como Manolete”. Cinco minutos más tarde llegaba al hospital la sangre que esperaban para una nueva transfusión que tal vez le hubiera salvado la vida. Este bravo y valiente torero, que había ganado dinero arriesgando su vida, después de 20 años de carrera murió pobre de solemnidad. Conchita Cintrón costeó los gastos del entierro y el traslado del cadáver a México. En el momento de su muerte José González tenía 44 años. “Carnicerito” quería morir como “Manolete” y así ocurrió, aunque ya antes le había matado, taurinamente hablando, Carlos Arruza, pues profesionalmente le había arrinconado en México y España.

lunes, 7 de diciembre de 2009

MÉXICO: LA DINASTIA TAURINA DE LOS HERMANOS FREG ESTUVO MARCADA POR LA TRAGEDIA



El apellido Freg, es sinónimo en la historia de la Tauromaquia de valor en el más puro de sus estados. Los cuatro hermanos Freg se dedicaron al toreo formando una dinastía familiar, como otras muchas en la historia, dentro de este mundo. Todos tuvieron a gala hacer alarde de mucho valor y arrojo delante de los toros. Luis Freg, el mayor de los hermanos nacido en México D.F en 1890 fue quien introdujo el veneno taurino entre todos los suyos y tal vez ha sido el torero con mas valor que ha habido.
Alfredo Freg, el segundo de ellos, se inició en el toreo como novillero pero acabó pronto como subalterno cotizado, en la cuadrilla de su hermano Luis y después en las de los más destacados matadores mexicanos. Alfredo había nacido en 1891. Salvador Freg, el pequeño de los hermanos, nació en 1897, llegó a ser matador de toros. Tomó la alternativa en 1920, aunque nunca pasó de ser un matador de segunda fila. El tercero de los hermanos y el más importante fue Miguel Freg, que murió trágicamente en plena juventud siendo novillero, cuando estaba ya considerado como una clara promesa bastante afianzada. Sin duda Miguel era quien más prometía de los cuatro hermanos. Al ya citado valor que distinguía a los cuatro, unía unas condiciones artísticas que sin duda le hubieran llevado a ser un figurón del toreo. Había nacido en 1894 en México D.F en el barrio de Nonalco. Se inicio en el oficio bajo la protección y enseñanzas de sus hermanos mayores, pero Miguel poseía talento y una innata pinturería y calidad torera que ilusionó a la afición mexicana y a la española. En 1914 torea con éxito en la Plaza del Toreo, en México, junto a Samuel Solís, Chanito y Llaverito. Se embarca a España y se presenta en Bilbao el 12 de abril de ese año. El público español le acogió estupendamente, ya que en él veían dentro de su originalidad, una mezcla del estilo enciclopédico de Gaona y el acreditado valor de su hermano Luis. Se presenta en Madrid el 5 de julio de 1914, y dejó una muy buena impresión. Tanto que le contratan para torear de nuevo unos días mas tarde, el 12 de julio, alternando junto a Pepe Roger “Valencia” y José Sánchez “Hipólito”. Tuvieron que lidiar seis novillos de la ganadería de don Juan Contreras, de Salamanca. Miguel Freg salió vestido verde botella y oro, un precioso traje confeccionado por la sastra y amiga del torero, Enriqueta Marcén. En el primero de su lote, Miguel estuvo muy bien con el capote. En el tercio de varas, “Saltador”, que así se llamaba el novillo, dio juego de manso y se puso muy peligroso. Llegó al último tercio reservón, refugiándose en tablas y tirando constantes derrotes. Miguel trasteó como pudo al toro con unos breves pases de macheteo, lo iguala en intenta entrar a matar. El novillo lo esperó y le corta el viaje, le tira varias cornadas secas, y una de ellas le alcanza el cuello, y le trompica sin llegar a derribarlo. Miguel se llevó la mano al cuello, a la garganta, de donde ya le sale la sangre a borbotones, y por su propio pie entra en la enfermería. Nadie suponía la gravedad de la cornada. Al finalizar la lidia del cuarto novillo, se anuncia que Miguel Freg acababa de morir en la enfermería desangrado, a causa de una tremenda cornada en la yugular. Por primera vez en la historia de México se consiguió suspender un espectáculo en señal de duelo por la muerte del torero. El final patético, amargo y romántico de esta trágica historia, lo protagonizó la novia del torero Inés Olmos, cuando tres días después de la muerte de Miguel Freg apareció muerta la mañana del 15 de julio de 1914, en los jardines de la Alameda Central, en México, tras haberse disparado en la sien un tiro, loca de dolor y desesperación. La maestra sastra Enriqueta Marcén costeó su entierro en el cementerio de la Almudena de Madrid, donde jamás faltaron flores. Su amistad con los Freg databa de la época en que la sastra viajó a México e instaló allí un taller de ropa de torear desde 1911 a 1913, en que regresó a Madrid. Hasta que cerró el taller, una foto enorme de Miguel Freg presidía la sala donde cosían las oficialas y en la tumba de Miguel nunca faltaron flores mientras ella estuvo viva.
Miguel Freg fue un torero fugaz señalado por la tragedia. Si no hubiera muerto tan prematuramente, es más que probable que las bases del toreo mexicano se habrían asentado de otra manera. Miguel podía haber representado ese punto de equilibrio entre el academicismo de Rodolfo Gaona y el valor temerario e irresponsable de su hermano Luis. Néstor Luján en su Historia del Toreo dice de él: “Miguel Freg prometía; era sin duda el mejor de la familia de no morir tan prematuramente. Esperanza trágica truncada, pues era un artista emocionante de valor a toda presión”. Miguel habría podido ser el puntal donde se hubiera apoyado el “belmontismo” para viajar a México inmediatamente e integrado en un torero mexicano, sin esperar a la metamorfosis del clasicismo de Gaona hacia la revolución belmontista.
La muerte de Miguel afectó profundamente a su hermano Luis Freg, que asumió la responsabilidad familiar como un reto interior consigo mismo. Frente a los toros, Luis ha sido uno de los toreros más valientes de la historia: le llamaban Don Valor. Su valor era denso e infalible, tan seguro y natural que no tenía ya ni emoción. No había aspavientos ni melodramas en sus actuaciones. Entraba a matar de una manera escalofriante, ejecutando la suerte con una mecánica, precisa y exacta de quien da por descontado que la muerte en forma de astas pasará a milímetros de su vida sin lastimarlo. El lo hacía de manera temeraria, escalofriante y despreciando la vida. Lo cierto es que carecía de arte absolutamente y le cogían tanto los toros porque era torpón. Lidiando era lento y pesado. Sin cintura. No pensaba frente al toro, ni era inteligente en la brega.
Luis Freg tenía más de 110 cicatrices de 72 cornadas recibidas, varias de ellas mortales de necesidad y de las que se salvó milagrosamente. Desnudo, su cuerpo parecía un mapa de carreteras. Recibió seis veces los últimos sacramentos en la enfermería. Se recuperaba y volvía a los ruedos más insensible aún a las cornadas, a sus curas y más displicente y decidido en su valor enloquecido. Fue el primer torero en la historia que utilizó el aeroplano en sus desplazamientos. El 6 de junio de 1918 perdió el barco en Valencia y se trasladó a Barcelona, donde alquiló un aeroplano que le llevó a Palma de Mallorca a cumplir su contrato. Fue también el primer torero mexicano que cortó un rabo en España. Fue en Algeciras a un toro de González Nandín, alternando con Belmonte, Limeño y Morenito de Algeciras, el 26 de junio de 1914. Fue el primer torero mexicano que se encerró por primera vez en solitario a matar seis toros. Fueron seis “piedrasnegras”, en un 26 de febrero de 1911. Lo hirieron tantas veces los toros que todo el mundo daba por descontado que moriría en una plaza de toros, pues llevaba todas las papeletas de la rifa. Incluso después de la cornada que recibió el día de la corrida en beneficio de Ernesto Pastor se llegó a publicar su fallecimiento en la prensa. Y lo que son las cosas, ironías de la vida, Luis Freg murió ahogado, siendo gran nadador, lastrado por unos niños a quienes intentaba salvar y que en la desesperación y el horror se agarraron a sus piernas arrastrándole al fondo de la laguna del Carmen, en el río Palizar, en Campeche (México). Eso ocurrió el 10 de noviembre de 1934, en una excursión fluvial familiar a la que fue invitado, pues había estado toreando allí días antes. Para mayor fatalidad, a pocos metros de donde se ahogó podían haber hecho pie y salvarse las diecinueve personas que se ahogaron aquel fatídico día. Luis Freg murió a los cuarenta y seis años de edad, tras haber sido matador de toros durante 24 años. Cuando murió estaba completamente pobre.
Hubo otro Freg torero, su sobrino Rafael Romero Freg, que fue el creador del quite con el capote a la espalda, combinándolo de mano. Se le bautizó como quite por revoleras y posteriormente como “fregolinas” en atención al nombre Freg, que como han podido ver simboliza a una dinastía de toreros valerosos marcados por la tragedia.

domingo, 6 de diciembre de 2009

A ALBERTO BALDERAS EL TORO ‘COBIJERO’ LE PARTIO EL HIGADO DE UNA CORNADA SECA EN LA PLAZA DE EL TOREO




Alberto Balderas Reyes fue un matador de toros mejicano, nacido en México el 8 de octubre de 1910, y que murió con 30 años un 29 de diciembre de 1940, de la cornada que el toro Cobijero, de la ganadería de Piedras Negras, le dio en el hígado y que se lo partió en dos.
Alberto Balderas provenía de una familia acomodada y culta. Su padre, reputado director de orquesta, quería otra profesión para su hijo, que se empecinó en ser torero. Toda la familia estaba en contra pero, la fuerte afición del joven pudo más que las fuertes disputas familiares, porque lo que a él le hacía feliz de verdad no era ni la música ni la abogacía... sino torear. Y logró ser el novillero más famoso de todo México. En 1929 viene a España donde logra triunfar primero en Madrid y más tarde en Sevilla, donde un18 de mayo de 1929 dejó entre los aficionados sevillanos su firma de toreo artista, fino y valiente. Aquel día en Sevilla hizo una faena perfecta, que los que la vieron aun la rememoran. Toreaba con él ese día su paisano Juan Solórzano y lidiaron ganado de Guadalest. Este triunfo de Balderas tuvo una gran repercusión en toda España, tanto que le predispuso a tomar la alternativa de manos de Manuel Mejías “Bienvenida” el 19 de septiembre en Morón de la Frontera, actuando Andrés Mérida de testigo. Balderas seguía entusiasmando a la afición y confirma la alternativa en Madrid un mes más tarde de manos de Cayetano El Niño de la Palma”.
Vuelve a su país a reencontrarse con el éxito y se anima en 1934 a venir de nuevo a España donde sólo pudo torear 3 corridas, por lo que triste y desengañado regresa a México, donde ya es considerado una gran figura del toreo. Su estilo estaba lleno de filigrana con reminiscencias de Gaona, admirado por Balderas hasta la idolatría. Allí en México compite durante años con los mejores, con Armillita, Solórzano, Garza, “El Soldado” y hasta con Silverio.
En la plenitud de su carrera es contratado para torear el 29 de diciembre de 1940 en la Plaza de El Toreo en México, un mano a mano con José González “Carnicerito”, con ganado de Piedras Negras. Corta la oreja a su primer enemigo, el segundo de la tarde, que incluso llegó a romperle la taleguilla con los pitones sin llegar a herirlo. Ahí seguramente comenzó Balderas a morir un poco, ya que si hubiera resultado herido de este percance hubiera pasado a la enfermería y se hubiera salvado. Balderas recibe la oreja, da la vuelta al ruedo y regresa al callejón para remendarse el traje maltrecho mientras “Carnicerito” lidia al tercer toro. Alberto Balderas sale de nuevo al ruedo. “Carnicerito” está brindando ya la muerte de Cobijero”, que así se llamaba el toro. El toro mira a “Carnicerito” y Alberto mueve su capote para que lo mire a él. Cobijero lo mira... y se le arranca como un rayo. Atropella a Balderas y se lo echa a los lomos. El toro se revuelve, baja la cabeza un punto, tomando impulso, para darle otro derrote, momento en el que Balderas cae hacia los cuernos del animal y el toro consuma un fuerte derrote, un hachazo limpio y seco que deja sin aliento la plaza y que le parte al torero el hígado en dos además de la arteria hepática. El toro vuelve a aupar al torero mexicano como si quisiera ponerlo de pie ya hecho un guiñapo. Ese fue el momento más dramático. Balderas salió braceando con la muerte a cuestas, cayendo de bruces sobre la barrera. Murió en el acto.


viernes, 4 de diciembre de 2009

FELIX GUZMAN, UNA PROMESA DEL TOREO EN MEXICO, FUE SOBRINO NIETO DEL FILOSOFO ALEMAN ARTHUR SCHOPENHAUER




Félix Guzmán pudo ser un matador de toros de los que marcan una época, incluso de haber vivido unos años más podría haber competido con Manuel Rodríguez “Manolete”, pero por desgracia sólo quedó en un valiente novillero que perdió su vida en la plaza del Toreo de México, tras la cornada de Reventón, un novillo de Heriberto Rodríguez. Su paso por esta profesión dejó honda huella en la memoria histórica de la Tauromaquia mexicana. Tanto, que sesenta años después de su desaparición, su recuerdo aun sigue latente en el pensamiento y en la memoria de los que le vieron torear y en las crónicas taurinas de aquel país, por su hondo sabor del toreo dramático e infantil de un crío guapo y rubio, que armaba la revolución cada vez que se vestía de luces. Que tenía pasta de figura y que pago con su vida el intento inconformista de romper con el destino negro que desde un principio le marcaron los hados. El público azteca, tan dado a bautizar de manera especial a sus toreros, le señaló como El Torero Niño.
La infancia de Felix Guzmán fue difícil, triste y miserable. Su carrera taurina, efímera pero brillante. Toreaba de forma impresionante, con mucho valor, pero pocos recursos, por lo que su toreo resultaba emocionante y angustioso. Los públicos le veían siempre cogido y lo tachaban de inexperto. Pero lo cierto es que causaba sensación una tarde sí y la otra también. Su arte era dramático, con chispazos de pureza clásica, era una auténtica bomba en manos de un chiquillo indocto, irresponsable y arriesgado. Su verdadero nombre era Felice Kutmann Schopenhauer y nació en Mixcoac (México) el 29 de julio de 1923. Murió con diecinueve años, casi veinte, casado con su mujer, Carmen Rovira, embarazada de un hijo que finalmente nacería muerto.
El filósofo y pensador alemán Arthur Schopenhauer tenía una visión pesimista y desencantada de la existencia humana. Pensaba que la vida es dolor y que el tedio y el aburrimiento era la base de la sociabilidad de los humanos: “el tedio –decía el filósofo alemán- hace que los hombres, que se aman tan poco entre sí, se busquen incitados por el deseo, lo que produce la cohesión”.... También predicaba en su obra lindezas como que las mujeres eran seres inferiores: “pelos largos ideas cortas...” venía a decir. Sin comentarios. En fin, les cuento estas cosas para situar al personaje. Poco podía imaginar el pensador de Danzig (Alemania) que su propio pesimismo impregnaría genéticamente la vida taurina de su sobrino nieto Felice Kutmann Schopenhauer, que vivió en los ruedos la gloria y la tragedia, nunca el tedio, precisamente.
Felix Guzmán, era hijo de padre italiano y madre alemana (hija de un hermano de Arthur Schopenhauer), españolizó fonéticamente su apellido Kutmann cambiándolo en los carteles como Guzmán. José Mª de Cossío dice en su enciclopedia que el apellido de Félix era Heglei, y que era hijo de padre alemán y madre italiana. Ignoro de donde sacó Cossío estos datos, que yo he recabado de la propia bibliografía mexicana. En todo caso, Felix Guzmán era un joven de tez pálida, pelo rubio y rizado, nariz afilada, tez marmórea y bien parecido. Un ario. Sus rasgos de tristeza infantil, le valieron el apodo del público mexicano de “El Torero Niño”. Su madre, una mujer rubia y alta, desgarbada, de ojos claros, con rasgos típicamente arios, marcó desde niño a Félix, pues se crió en la más absoluta pobreza. Su madre era pobre de solemnidad. Lavaba ropa por horas por las casas y fregaba suelos. Su única esperanza para salir de la miseria era la carrera taurina de su hijo. Los días de corrida, cuando toreaba Felix Guzmán, la mujer pasaba las dos horas que duraba el espectáculo, dando vueltas y más vueltas alrededor de la plaza de toros, a grandes pasos, recitando en voz alta padrenuestros y avemarías, que iba desgranando de un rosario que llevaba entrelazado entre las manos, poniendo mucha atención tanto al rezo como a los murmullos de la plaza, a los olés y a los “ayes”. Cuando surgían estos últimos se abalanzaba a las puertas para preguntar desesperadamente a gritos por la suerte de su hijo. Una vez que sabía que no había pasado nada malo, seguía con sus rezos y sus vueltas a la plaza como un robot autómata, caminando hasta que surgía otro ¡Ay! y se repetía de nuevo la escena.
Félix Guzmán se inició en los toros enrolándose en una cuadrilla de niños toreros que iban de capea en capea, dejándose la vida de “novenario en novenario” por esos pueblos mexicanos, lidiando lo que les echaban: toros criollos, bravos y nobles a veces, y muy toreados y mansos casi siempre. También se enfrentaban a moruchos y cebús de media casta que llegaban al festejo con un historial luctuoso de otras ferias o plazas. En fin, unos comienzos bastante duros y difíciles, pues había que tener una gran habilidad para conservar la vida enfrentándose a estos “pájaros”. Escuela no le faltaba. En 1939 se vistió de luces por primera vez en Tehuacán, en la plaza Ford, semillero de muchos toreros. Se presentó actuando junto a Manolo Urbina y Angel Procuna “Angelillo”. El turno de gloria comenzó para Guzmán en la plaza de la Colonia de la Condesa el 6 de julio de 1941, lidiando seis novillos de La Trásquila con Antonio Rangel y Mario Sevilla padre, con novillos de Caltengo. Guzmán cortó orejas y rabo, dándose el caso insólito aquel día de ser sacado a hombros, no por el redondel, sino por los tendidos, pues todo el mundo quería aclamar y abrazar al Niño Torero. Toreaba de forma impresionante, con muchísimo valor pero con pocos recursos y poco oficio, circunstancia por la que los toros le pegaban más de la cuenta. Tuvo en su corta carrera muchos percances y cogidas que le pararon sus temporadas y le restaron muchos contratos. Sufrió una herida en la boca y otra en el estómago, pero como tenía mucho tirón con el público, a penas se curaba o estaba mejor de los percances, ya esta de nuevo toreando. Salía cada tarde a entregar su vida y rivalizaba así con todos los novilleros punteros de esa época en México: Carlos Vera “Cañitas”, Manuel Gutiérrez “Espartero de Tacubaya”, Pepe Vela o José Antonio Mora “Chatito”. El 17 de agosto de se 1941 cuaja una faena extraordinaria al toro Tucito de Rancho Seco, y tras un trasteo recibe una cornada muy grave en el vientre. Corta las dos orejas y pasa a la enfermería. El periódico taurino El Redondel titulaba la edición al día siguiente así: “Faena de milagro de Félix Guzman”. Tras el parón por esta herida, Guzmán consigue que este año 1941 fuera su año cumbre. No ocurrió igual en el 1942, cuando surgen novilleros importantes con los que tuvo que competir como Procuna, Briones, Estrada, Jesús Guerra y Rafael Osorno.
En este clima de gran competencia toreril llega el 30 de mayo de 1943. En los carteles del Toreo anuncian cuatro novillos de Heriberto Rodríguez y dos de Santín para Félix Guzmán, José Luis Vázquez (novillero mexicano que realmente se llamaba José Luis Vargas) y Arturo Fregoso. Aquella tarde se le veía a Félix Guzmán impaciente y con ganas de recuperar el tiempo perdido por las cornadas. Iba vestido con un traje de luces burdeos y oro, bordado en cordoncillos de seda blanca. Estuvo muy bien en el primero de su lote, de la ganadería de Santín. Su segundo fue de la ganadería de Heriberto Rodríguez de nombre Reventón, un cárdeno, bragado y playeron, que a la postre le reventaría la vida. Félix salió muy dispuesto, se lució con el capote y las banderillas. Comenzó la faena de muleta con un pase por alto y luego dos naturales y al dar el tercero, el toro le infirió una cornada en la ingle izquierda. Guzmán continuó toreando dando cojeadas. Era sin duda un torero de casta y rabia. Mató de una certera estocada, y a pesar de estar gravemente herido dio una vuelta al ruedo con sus trofeos y se fue por su pie a la enfermería. El parte facultativo de los doctores Ibarra y Rojo de la Vega decía que había recibido “una cornada de cinco centímetros de extensión y una trayectoria en profundidad de 20, que le llega la fosa ilíaca, siendo el pronóstico grave, que requiere una curación de tres semanas”. Dos días después, el primero de junio, se le declara una gangrena gaseosa y fallece al día siguiente, el día 2 de junio a las 20 horas y 37 minutos, en el sanatorio del doctor Ibarra. Igual que Ernesto Pastor y otros toreros mas, Félix Guzmán murió por descuido y negligencia médica, pues cuando le realizaron la autopsia al cadáver le encontraron en el fondo de la herida varios trozos de la taleguilla.
Su muerte causó hondo pesar en la afición mexicana, donde aun hoy se le recuerda, pues era un torero que apuntaba muy alto. En aquellos días la afición mexicana le dedicó poemas, corridos y artículos necrológicos en los periódicos. Fue una verdadera lástima. De no haber muerto de manera tan trágica seguramente se hubiera cruzado en el camino del cordobés Manuel Rodríguez “Manolete”, pero el destino no quiso que se conocieran. Lo más triste del caso, es que la mujer de Félix Guzmán, Carmen Rovira, que estaba embarazada, dio a luz un mes mas tarde y el hijo en el que el torero tenía puestas todas sus esperanzas nació muerto. Todas estas circunstancias llenaron de dolor a la madre del torero que a raíz de esos dos acontecimientos, la muerte del hijo y del nieto, perdió la cabeza y se desquició por completo. Cuentan en México que pasó el resto de su desgraciada vida vagando por las calles de la capital azteca, como una mendiga, preguntando a gritos a todo aquel que pasaba por su lado: “¡Mi hijo!, ¡mi hijo! ...¿dónde está mi hijo? La imagen de la madre de Félix Guzmán era desgarrada y patética, modelo y arquetipo para cualquier director de cine neorrealista.

jueves, 3 de diciembre de 2009

LOS TOREROS “ESTEBAN GARCIA” Y “CARMELO PEREZ” MANTUVIERON UNA RIVALIDAD EXTREMA HACIA 1929 EN MEXICO, COMPARABLE A LA DE JOSELITO Y BELMONTE


Esteban García está unido en la historia y en el destino al también torero Carmelo Pérez. Fueron dos toreros absolutamente dispares, pero las cualidades que ambos poseían como toreros sirvieron perfectamente para cubrir todo el espectro de posibilidades que el público necesitaba para entregarse en aquel México de 1929, el país que acababa de sufrir la llamada “guerra cristera”. Y el público se les entregó incondicionalmente. Pocas parejas de toreros han polarizado en tan poco tiempo la atención de todos los aficionados de un país como esta que nos ocupa, un emparejamiento que estuvo marcado por la rivalidad y el odio más profundo. El verano de 1929 fue un verano de apasionamiento, preludio de un mismo drama que acabó de golpe y por partida doble con las mayores ilusiones y esperanzas taurinas de México en aquellos días. En espacio de tres semanas México perdió prácticamente a ambos. De manera definitiva a Esteban García, y Carmelo Pérez obtuvo el billete de ida que acabó dos años más tarde en Madrid. La publicidad y la hipérbole popular les llegaron a comparar con Joselito y Belmonte, en un alarde de exageración sin duda, pues ninguno de los dos llegó si quiera a la altura de la zapatilla a los dos sevillanos. Esteban era técnico, clásico, hábil, purista y dominador. Carmelo era tremendo, explosivo, revolucionario, meteórico y temerario.
Esteban García nació en México D.F. el 2 de septiembre de 1905. Su maestro fue el antiguo banderillero español Antonio Conde, que le instruyó también en la línea de torero poderoso y académico. Se presentó en la capital mexicana en 1926, la misma temporada que hicieron su presentación Alberto Balderas, Heriberto García “El Yucatero” y Edmundo Maldonado “El Tato de México”. Vuelve a la capital en 1929, su año triunfal y trágico, el día 16 de junio, alternando con José González “Carnicerito” y con Luis Peláez. Lidiaron reses de Zotoluca. Esteban dejó una extraordinaria impresión, por lo que sus apariciones en otras plazas no se hacen esperar.
Por su parte Carmelo Pérez nació en Texcoco en 1908. En realidad se llamaba Armando Pedro Antonio Procopio, (hermano del también torero Silverio), pero se anunciaba como Carmelo Pérez para camuflar su identidad, ya que su madre, doña Chonita no quería que fuera torero. Debuta el 15 de septiembre de 1927 en la Plaza de Mixcoac, alternando con Cayetano Leal, Porfirio Magaña y Miguel Gutiérrez, con novillos de la Hacienda de Musquis. Aquel día Carmelo Pérez, se dejó ver con una quietud escalofriante, aunque carecía de toda técnica, pero el público le acogió con afecto, ya que demostró un impresionante valor. Tanto, que a partir de esa novillada comenzaron a llamarle “el torero que asusta”. La temporada siguiente sumó 22 novilladas. En Morelia sufrió una cogida grave con tres cornadas en el mismo muslo. Su presentación en la capital fue una locura: con novillos de Ajuluapan, junto a Alberto Balderas y Jesús Solórzano, a la sazón novilleros punteros en tierras aztecas. Esto fue el 5 de mayo de 1929 y a Carmelo ya lo anunciaban como “el torero que asusta” (slogan que le sacó el periodista Aníbal Iturbide que escribía en El Redondel). El público mexicano, tan guasón siempre, le gritaba desde los tendidos: “asustas... pero de feo que eres”, porque Carmelo en verdad era bastante feo. La gente se lo tomó un poco a chufla en sus dos novillos, y cuando fue a brindar el segundo, al coger la espada y la muleta le dijo a su mozo de espada: “¡presta (trae), que ora verán estos hijos de la chingada como se muere un hombre!”. En el primer encuentro, el novillo le arrancó la pechera y el corbatín, pero le aguantó tanto y con tanta frialdad y temeridad que el animal acabó entregado, toreándolo asombrosamente con la mano izquierda. Ese fue el principio de su leyenda con torero angustioso y escalofriante. Carmelo Pérez tenía un estilo revolucionario, absurdo, suicida y tremebundo.
El enfrentamiento y la rivalidad entre Esteban García y Carmelo Pérez fueron propiciados por el empresario de El Toreo, Eduardo Margeli “El Gaditano”, que apoyó siempre a Carmelo en detrimento del otro. Ante el impacto popular de estos dos toreros, organizó un concurso a base de tres novilladas, mano a mano, entre los dos ídolos de la afición, con un jurado y un premio atractivo: un anillo de oro y diamantes valorado en cinco mil pesos. El negocio era seguro y la concurrencia asegurada. La primera novillada se celebró el 18 de julio de 1929 con novillos de Zotoluca. A Carmelo lo cogió de gravedad el primero de su lote y Esteban García tuvo que despachar solo la novillada, cosa que hizo con soltura, aunque el público, decepcionado, le responsabilizó del petardo resultante. Repuesto Carmelo se dio la segunda novillada al mes aproximadamente, esta vez con novillos de San Diego de los Padres. Los dos toreros estuvieron muy bien. En el tercer mano a mano, con novillos de Zacatepec, Carmelo Pérez hizo una gran faena pero finalmente fue herido de gravedad al entrar a matar, pues se tiró como quien se tira a una piscina. Cortó orejas y rabo. El jurado dio a conocer el veredicto de este enfrentamiento, concediéndole el preciado anillo a Carmelo Pérez. Sin embargo nadie quedó contento, ni los aficionados ni los toreros, y el premio fue la manzana de la discordia entre los dos, que desde entonces fueron enemigos irreconciliables hasta la muerte, pues el “pique” inicial se torno en enemistad y luego en odio profundo hasta la tumba. Compartieron cartel un par de veces más solamente, pues Esteban García murió en Morelia el día de Difuntos de 1929. Quiso matar en solitario una novillada de la que se cayó del cartel David Liceaga, y se dejó la vida en las astas del toro Aleve. Vestía aquel día un traje carmesí y oro, y el toro lo alcanzó cerca del burladero hundiéndole todo el cuerno en el vientre. No había enfermería. Solo, en un cuartucho húmedo, frío y oscuro, se debatía entre la vida y la muerte, agonizaba. La fiebre originada por la peritonitis y la pulmonía le tenían delirando, y en su delirio afloraba entre insultos el rencor profundo que sentía por su rival en las plazas, Carmelo Pérez: “me voy a morir y este chingao ojete ya es matador de toros... ¿Por qué no pudo ser al revés?”. Esteban García murió la noche del 5 al 6 de noviembre, trasladado a un hospital muy grave, con la sola compañía de su hermano Anselmo. Jamás supo que el destino también se iba a ensañar pronto con Carmelo Pérez, que el 10 de noviembre era corneado de manera dramática en la Plaza de la Condesa, por el toro Michín, de la ganadería de San Diego de los Padres, un toro con encaste Saltillo, cuyas heridas fueron su pasaporte hacia la muerte dos años mas tarde.
Carmelo Pérez tomó la alternativa el 3 de noviembre de 1929 (Esteban falleció el 6 del mismo mes), en Texcoco, apadrinado por Cagancho y de testigo Heriberto García, con toros de Piedras Negras. El día de su alternativa salió a hombros por la faena que le instrumentó a su segundo, que dejó al público atónito. El 17 de noviembre se anuncia de nuevo frente a un encierro de San Diego de los Padres (toros con encaste Saltillo puro), junto a Antonio Márquez y Alberto González “Rolleri”. El sexto de la tarde, de nombre Michín era el que le iba a traer la ruina. Después de darle tres lances a la verónica muy ajustados, el toro lleno de codicia, se lo llevó en el viaje hundiéndole el pitón en el muslo izquierdo. Lo mantuvo en el aire, lo sacó hacia el tercio y volvió sobre su presa, cebándose en él e hiriéndole con el mismo pitón en el costado derecho, de tal manera que le destrozó todas las costillas al torero. El toro era una auténtica fiera encelada con su víctima, un perro de presa exasperado para no perder su víctima. Nadie podía entrar al quite. Transcurrieron unos minutos eternos. La escena era espantosa. No había manera que el toro dejara al pelele, corinto y oro, ensangrentado. Cuando lo soltó, Carmelo era un guiñapo, parecía que estaba muerto. Había recibido cinco cornadas, de ellas muy graves la del muslo izquierdo y gravísima la del tórax, que interesaba el lóbulo del pulmón y la pleura. El público estaba aterrorizado, pues cuando llevaban al torero destrozado a la enfermería por el callejón, Michín desde la arena seguía a las asistencias derrotando sobre la barrera y hocicando por encima de las tablas, desesperado de rabia al ver como le quitaban su presa. Antonio Márquez compañero de cartel con Carmelo manifestaba años mas tarde: “Nunca he sentido como aquella tarde que el toreo fuera tan duro, ni he visto un toro tan encelado con su presa".
A pesar de las gravísimas cornadas, por las que ya todo el mundo le daba por muerto, Carmelo Pérez logró recuperarse. Solamente la cornada del tórax seguía dándole problemas. No le cicatrizaba y le supuraba constantemente. El toro le había destrozado el pecho. Le faltaba medio tórax y casi todas las costillas. Sólo le quedaban en el lado derecho la clavícula y las tres costillas superiores. Por tanto tenía problemas para respirar pues el pulmón había perdido su capacidad. Carmelo Pérez reaparece en enero 1931 (había transcurrido mas de un año, postrado por las heridas), y fue recibido por la afición con una fuerte ovación. Toreó cuatro veces más con bastante éxito en México y crecido por los resultados, decide viajar a España para darse a conocer. Se embarcó en el buque Alfonso XIII desde Veracruz con destino a La Coruña. Aún le supuraban las heridas y tenían que hacerle las curas en el barco. El viaje duró 25 días y junto a él viajaban los toreros Armillita, Ortiz, Liceaga con sus respectivas cuadrillas, en total trece toreros mexicanos. Un día antes de llegar a España, mientras estaban todos comiendo a la mesa contó los comensales allí sentados y se dio cuenta de que eran trece. Se levantó y dijo muy solemne, sobrecogiendo a los demás: “Alguno de nosotros no va a regresar vivo a México...”, sin sospechar si quiera que esa papeleta la tenía adjudicada para él mismo desde hacia cerca de dos años.
Carmelo confirmó su alternativa en Toledo, de manos de Chicuelo, con Domingo Ortega de testigo el día de Corpus Christi de 1931, con toros de Antillón y uno de Terrones que sirvió para la ceremonia. Carmelo Pérez estuvo mal aquella tarde, le faltaba el aire pues se asfixiaba. Tras matar a su toro pasó a la enfermería. Los doctores Rojo de la Vega e Ibarra le habían recomendado a él y a los toreros que le acompañaban a España, que no se operara de la fístula, que era muy grande y molesta, ya que sus heridas no estaba consolidadas aún. Sin embargo Carmelo con su ansia por hacer buena campaña en España, cometió el error de operarse por el doctor Jacinto Segovia que le cerró la fístula y las adhesiones pleurales. Lo ingresaron en el mismo sanatorio a la vez que Curro Puya que estaba agonizante. La convalecencia se hizo larga, la fiebre no remitía y los médicos no sabían como sanar al torero mexicano. El 15 de septiembre Carmelo comenzó a sentirse muy enfermo y ya no fue al sanatorio de toreros, sino que se quedó en la pensión donde se hospedaba en Madrid. Tenía una infección en el tórax que después se le complicó con una bronconeumonía.
Los toreros mexicanos ya iban a regresar a su tierra y Carmelo cada vez estaba peor. David Liceaga fue a visitarlo a su pensión y Carmelo lo recibió diciendo: ¡No entres, que estoy podrido...!. Agonizante le rogó que no le dejara muerto en España y le dio 25.000 pesetas que tenía escondidas bajo el colchón para pagar a los médicos y los trámites funerarios. Contaba años después Liceaga que Carmelo agonizante tampoco reprimió su rencor y su odio por su enemigo Esteban García, pues en su agonía gritaba: “¡ya nos vamos a encontrar otra vez con ese pinche cabrón”. Carmelo se moría ciertamente. La Embajada de México se desentendió por completo del asunto. David Liceaga desesperado, recurrió al Papa Negro y a la familia Bienvenida, que se comprometieron en arreglar todos los tramites y en sufragar los gastos para mandar a Carmelo a México cuando acabara de morirse.
Carmelo Pérez murió el 18 de octubre de 1931. Aquella misma tarde salían todos los toreros mexicanos en tren para embarcar en La Coruña. Liceaga se quedó el último, gestionando el traslado del cadáver con los Bienvenida y tuvo que ir a La Coruña en el coche de un amigo y llegó justo a la hora de zarpar. Esta vez... tal y como había pronosticado Carmelo Pérez unos meses antes, sí que regresaban a casa sólo doce toreros vivos.