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lunes, 3 de mayo de 2010

ANTROPOLOGIA DE LA FIESTA Y SU INFLUENCIA EN LA CULTURA HISPANICA (Capitulo VII y último)


Por El Zubi
Aun más curioso es el hecho de que los tres tercios de la lidia y sus distintas suertes tienen su plasmación lingüística  en la relación entre el hombre y la mujer. Desde que el toro sale a la plaza o desde que comienza una relación amorosa, hay un lenguaje paralelo “toro-mujer” y esto se ve en frases tan divertidas como estas: “la chica embiste con clase” o “acude bien a los engaños” ,“se deja torear con nobleza y humillando”. Se suele decir de una mujer difícil que “hay que llevarla muy bien toreada”. Si tiene temperamento se dice de ella que “está encastada en Santa Coloma, que tiene mucho que torear” o “ una mujer con mucho peligro”. También el hombre dice chulescamente cuando no ha sabido conquistar a una mujer:  “que  la chica no tenía un pase”, seguramente para disimular que “es novillero” y no supo lidiar la res  debidamente (dicho sea esto con el máximo respeto a las mujeres que hoy nos alumbran hoy aquí con su presencia).
Antes del tercio de varas (que por supuesto supone un castigo para bajarle los humos al “toro”), el torero o el conquistador, “cambia la seda por el percal”, “trastea al toro” y “brega” con él, “lo templa y lo para”. “Está al quite” para no “sufrir una cornada”. Con frecuencia “cambiamos de tercio” para hacer otra cosa, como poner banderillas (que también es un castigo) “citando en corto y por derecho” o “a toro parado”. Al “toro” o mujer, se le puede hacer una “faena de aliño” con  “los trastos de matar”, “quedándose en la cara del toro” y “recreándose en la suerte”,  haciendo “una faena cumbre” , “cruzándose”, llevando al “toro” (o sea a la mujer)  “con la muleta baja” , o utilizar aquella frase que popularizó Joselito El Gallo  dirigida a uno de su peones de confianza: “Blanquet, un  capotazo y fuera “, frase que indica una acción hecha con brevedad sin dar cabida a ningún tipo de adorno o detenimiento.
Al conquistador se le puede “quedar el toro en la querencia “. Con la montera el torero “hace un brindis al sol” (que es la demagogia) y “se aprieta los machos” antes de salir a la plaza. Si la mujer es difícil hay que “doblarse con ella”, “con mano izquierda”  por si “se crece en el castigo”. Pero es la suerte suprema, la última, la de matar, la que conlleva una connotación sexual mayor por aquello de que el estoque es sin duda un símbolo fálico. Ejemplos hay muchos  de todos sabidos, que por cuestión de buen gusto prefiero obviarlos.
En relación al triunfo o al fracaso en la  relación hombre-mujer se suele oír frases como estas: ”le corté las dos orejas y el rabo””me puse el mundo por montera””salí a hombros por la puerta grande“ o “le he hecho un faenón”. En esto de la lidia o “la conquista” uno puede “estar en figura”, “ser  un primer espada del cartel”, “un novillero”, “un maletilla”  y bajando mas el escalafón “un arenero”. La frase que mejor refleja el fracaso sexual del conquistador es sin duda:  “le dieron los tres avisos y le devolvieron el toro vivo a los corrales”.
Seguro que habrá alguna mujer aquí presente que con estas reflexiones lingüísticas mías me tache de machista  y posiblemente no le faltará razón, aunque créanme, es solo una apariencia. No obstante diré en mi defensa, que todo esto es una plasmación de una curiosa realidad cotidiana que a diario oímos a nuestro alrededor  y que merece ser observada con ojos antropológicos. No obstante admito cualquier crítica, pues como  dice ese refrán taurino: “Estocada por cornada, ni el toro ni yo nos debemos nada”.
Ustedes se preguntarán por qué razón el hombre asocia a la mujer con el toro. Pues bien, esta trasposición del vocabulario taurino en las relaciones eróticas entre hombres y mujeres, dice el profesor Enrique Tierno Galván, que surgen de la elemental y primigenia oposición entre el macho y la hembra. Es la  eterna tensión entre lo masculino y lo femenino. Él lo llama  graciosamente “la metátesis tauroerótica”. Tierno Galván explica el hecho de que los españoles veamos la conquista y logro de una mujer como la conquista y el vencimiento de un toro bravo, porque “el hombre ve a la mujer como a una entidad rebelde y bravía a la que hay que domeñar por los mismos medios y técnica  que se emplean en la brega taurina”.
Por otro lado, el periodista y aficionado a la Fiesta, Carlos Abellá, en su libro “Derecho al toro”, al referirse a este tema concluye en la teoría de que: “esto no es despreciar a la mujer. Al contrario, la identificación mental con el torero frente al toro al hablar de mujeres, es producto de un cierto y evidente complejo de inferioridad masculino, en el que por un lado se pretende demostrar una superioridad frente al toro (la mujer), que al mismo tiempo provoca un considerable e irracional temor, como el que sólo se le tiene a quien consideramos superior”.
Lo cierto es que la Fiesta de los Toros  no ha dejado indiferentes a los españoles en ninguna época. Y a pesar de lo que digan sus detractores, la cultura del toro es nuestra gran fiesta nacional. Así lo ha vivido este país hispánico a lo largo de los siglos, sobre la piel de toro en este ruedo ibérico en que vivimos.  José María de Cossío  dice que “al fin y al cabo, la corrida de toros es, en su última esencia un misterio religioso, el sacrificio de un dios (totemizado el toro) por un sacerdote (el torero) ante una masa de fieles que palpita, grita, participa, enronquece, se embriaga de pasión, de sangre, de entusiasmo y de sol frenético, en catarsis dramática y feroz. La corrida de toros es el único espectáculo verdaderamente clásico, mágico, grandioso y auténtico que se conserva en el mundo”.
Son innumerables las metáforas  que definen la relación misteriosa entre el hombre y el toro: destino trágico, dolor, virilidad, ambición, triunfo, derrota, amor, deseo, nobleza... Todo está aquí: es la filosofía popular española. Nuestra actitud  ante las tres heridas: la de la vida, la del amor y la de la muerte...
Pero todo esto, tiene su inicio en  el campo, y se forja lentamente, como los metales en la fragua. Lentamente, en la soledad y el silencio de las dehesas verdes y ocres, interminables, de la España brava, donde el toro tiene aun su gran templo sagrado. El campo




domingo, 2 de mayo de 2010

ANTROPOLOGIA DE LA FIESTA Y SU INFLUENCIA EN LA CULTURA HISPANICA (Capitulo VI)


Por El Zubi
El léxico taurino impregna nuestro lenguaje coloquial yo creo que por la importancia trascendental que la Fiesta de los Toros tiene.  No son pues los intelectuales  los que han hecho la Fiesta, sino el pueblo. Una Fiesta que no es ni de derechas, ni de izquierdas, ni de centro, sino de todos. El lenguaje taurino no es precisamente intelectual, nace de la experiencia inmediata y es visual, intuitivo y pintoresco y por eso lo adopta el pueblo. Es un lenguaje con el que se refleja los avatares de nuestras vidas, y si no vean estas frases a modo de ejemplo: “Fulanito se duele en banderillas”; “Chorrea hasta la pezuña”; “le han puesto un par en todo lo alto”; “ciertos son los toros”; “ este chico es desecho de tienta”; o esa expresión que dice :”vete al cuerno”, que es lo mismo que mandarte a hacer gárgaras. Expresiones como “estar entre los cuernos del toro”, “coger al toro por los cuernos”, “Ver los toros desde la barrera”, “entrar en corto y por derecho” , “vaya un embolado en el que me han metido”  o “le tengo mas miedo que a un toro de Miura”, “tiene peores intenciones que un Vitorino”, son frases que a diario las estamos utilizando en nuestra conversaciones cotidianas de la vida. La Fiesta refleja nuestras peculiaridades psicológicas, la llevamos metida en la masa de la sangre y en  nuestros cerebros.
Es un lenguaje que no solo lo utilizan los aficionados para referirse a las corridas de toros, sino  que lo usa  cualquier hablante de nuestra cultura hispánica al referirse a la vida en cualquiera de sus aspectos. Es la filosofía popular española. No ocurre lo mismo por ejemplo con el lenguaje de los médicos, de los economistas, o de los juristas. La Fiesta de los Toros es algo eminentemente popular,  y si se ha mantenido a través de los siglos es porque el pueblo lo ha considerado como algo propio. 
Ocurre además algo curioso y es que este lenguaje taurino lo utilizan con absoluta naturalidad incluso aquellos a los que no le interesa la fiesta, porque sirve para referirse metafóricamente a la vida en general. Por ejemplo en el mundo de la política la utilización del lenguaje taurino es continua y amplia. Recuerdo que en un debate sobre el Estado de la Nación  en el Congreso de los Diputados, en aquellos años en que gobernaban los socialistas, Aznar acusó a Felipe González de que “toreaba para la galería... que  hacía un brindis al sol... y que tenía que bajar a la arena”.  Recuerdo que Aznar le dijo esta frase: “si el Gobierno sólo dialoga cuando le conviene pinchará en hueso...”. Estos símiles taurinos los utilizan continuamente, políticos, empresarios, banqueros...hasta entrenadores de fútbol.
Sin embargo donde el lenguaje taurino adquiere unas dimensiones expresivas gigantescas es en el exótico y cotidiano mundo de las relaciones amorosas entre el hombre y la mujer, ya que en el juego amoroso de la conquista se identifica al toro con la mujer. Los hombres utilizamos determinadas expresiones taurinas para ilustrar mejor nuestra  relación con la mujer. Por ejemplo ese refrán  que dice: “para torear y casarse, hay que arrimarse”. De tal forma que podemos encontrar cierto paralelismo entre el juego taurino y el juego amoroso.
El hombre  tiende a utilizar con frecuencia metáforas taurinas, no sólo para describir a la mujer y su maravillosa anatomía, sino para describir sus relaciones con ella. Con frecuencia oímos expresiones como estas referidas a una mujer: “Vaya pitones que lleva, que parece un Vitorino”; ”Vaya remos”, “Qué mujer, qué bien armada está”, “Qué cuartos traseros” o “Qué trapío tiene al andar”, o “la gachí entró en el bar  se paró, nos miró y se encampanó” (es la actitud desafiante, de las modelos en las pasarelas, por ejemplo).

(Continúa mañana)

sábado, 1 de mayo de 2010

ANTROPOLOGIA DE LA FIESTA Y SU INFLUENCIA EN LA CULTURA HISPANICA (Capítulo V)


Por El Zubi
Otro aspecto muy importante de la Fiesta de los Toros es el edificio arquitectónico que la alberga: las Plazas de toros.  Hemos visto como en el siglo XVIII se produce un cambio radical: del juego mas o menos espontáneo pasamos al espectáculo. Los protagonistas ya no son los nobles a caballo lanceando al toro, sino gente del pueblo, profesionales, toreros de a pie que comienzan a tener un contacto directo con la fiera. Ahí nace en realidad la Fiesta tal como la entendemos  en el sentido moderno de la palabra, y este cambio requiere un recinto especial para este espectáculo. En los siglos XVI y XVII los toros se lidiaban en las plazas mayores de las ciudades. Plazas que eran cuadradas o rectangulares. Los toros cuando estaban heridos y mermados en sus fuerzas buscaban refugio en los ángulos de estas plazas, y allí era muy difícil lidiarlos. El catedrático, historiador y barroquista Antonio Bonet  Correa dice  que “la plaza de toros es fruto de la Ilustración, tiene la geometría mas adecuada y perfecta para su uso y función”. La Ilustración fue el Siglo de las  Luces, los arquitectos comenzaron a diseñar este edificio arquitectónico de forma circular para adaptarlo a la verdadera función que tenían con el nuevo concepto del toreo a pie, el de lidiar a las reses bravas cuerpo a cuerpo, sin  darle oportunidad a los toros de encontrar ningún refugio ni ventaja frente al lidiador.
Pero lo que a mí mas me ha llamado la atención de las plazas de toros es su forma circular, estructurada en círculos concéntricos  de mayor a menor. Desde  la fachada externa, el tejado a dos aguas, la grada, los tendidos, la contrabarrera,  el callejón, la barrera, el ruedo y sus dos tercios. Son círculos, anillos dentro de otros anillos, de mayor a menor, que hace que el espectador se sienta parte de  un torbellino convergente, cuyo clímax es el torero y el toro, el sacrificio del tótem. Los toros es el espectáculo en el que se da una mayor concentración local, visual y psicológica, circunstancia que no ocurre en ningún otro espectáculo como puede ser el fútbol, las carreras de caballos o la opera. Incluso la faena del torero tiende a ser circular como la tendencia circular general del espectáculo. De esta forma, los espectadores  nos encontramos sensorialmente  predispuestos a la entrega incondicional al acontecimiento que estamos presenciando.
Curiosamente, Andrés Amorós  cree que para los españoles, sean apasionados o no a la Fiesta, la plaza de toros es una metáfora básica de nuestra existencia. Así lo vio también don Miguel de Unamuno, que no era precisamente aficionado a los toros, decía así: “Aquí, en esta plaza del mundo, en esta vida que no es sino trágica tauromaquia”. La Plaza de toros pues, siempre se ha visto como una metáfora de nuestras vidas, el escenario donde el hombre ve su vida y libra sus luchas contra los problemas y donde se reciben las “cornadas de la vida”
Además las corridas de  toros son un espectáculo que, curiosamente, necesita de la valoración cognoscitiva y colectiva del público  para  que pueda llegar a su plenitud. El espectador de los toros es parte necesaria para que exista  el acontecimiento, ya que el espectador es notario de lo allí acontecido, dando así autenticidad al hecho allí  acontecido.
Es un acontecimiento  que ha evolucionado hacia la espectacularidad a través de la belleza y en esto,  los toreros del Sur, siempre han influido más que los de ningún lugar de la península ibérica.  Al torero ya se le llama “artista” por reunir en sí mismo belleza y galanura ante la muerte. El toreo ha ido estilizándose del tal forma, que la burla y la aventura con la muerte se cumple dentro de los cánones estilísticos y movimientos acompasados. Lidiar dentro del concepto de la belleza, lo que entendemos  por “templar”. Llevar al toro “toreao” muy despacito con la muleta sin que llegue a tocar el trapo.
La Fiesta de los Toros por tanto, es el espectáculo mas nacional, o como lo calificó el poeta Federico García  Lorca : “la Fiesta más culta  que hay en el mundo”.  Una  pasión colectiva en la que comulgamos muchos y nos reconocemos como pueblo. Los toros son además cultura en sí mismos: impregnan  nuestro lenguaje,  nuestro pensamiento  y nuestra vida cotidiana, hunden sus raíces en el inconsciente colectivo. Las corridas de toros van unidas a ritos y mitos primitivos, son una manifestación  privilegiada de la peculiar existencia hispana. El mundo del toro no va unido a ninguna ideología ni actitud política, ni a una manera de ver  y entender la realidad. La Fiesta es a la vez popular, culta, española y universal,  y en eso creo yo, reside una de sus mayores grandezas.
La Fiesta de los Toros ha agregado además  un nuevo aspecto a las palabras que utilizamos para comunicarnos. Digamos que ha renovado el subsuelo plástico de su intuición. La trasposición del vocabulario taurino a las relaciones humanas, define el alto nivel de “acontecimiento” de este espectáculo y su influencia en nuestra concepción existencial. La plaza es  escenario de vida  y de muerte. Es la identificación de los aconteceres cotidianos de nuestras vidas con una corrida de toros.
(Continúa mañana)


viernes, 30 de abril de 2010

ANTROPOLOGIA DE LA FIESTA Y SU INFLUENCIA EN LA CULTURA HISPANICA (Capítulo IV)


Por El Zubi

Hace unos años asistí a una corrida de toros en la Maestranza dentro del ciclo de la Feria de Abril. Eran aquellos años de intensa tensión y crispación política, 1995 creo,  entre el PSOE (en el poder) y el PP (en la oposición). Aquel año que se destaparon a la opinión pública varios escándalos, como el de Filesa, Ibercorp, el GAL, los Fondos Reservados,  y los trapicheos y trinconeos del ex-director general-sinvergüenza  de la Guardia Civil, Luis Roldán.  Recuerdo muy bien aquella corrida de toros: toreaba Ortega Cano,  Emilio Muñoz y Ponce. La corrida salió absolutamente mansa y blanda, toros como bueyes. Un desastre, por el aburrimiento y el desánimo en el público. En el cuarto toro y ante la falta de fuerzas del bicho que cayó de nuevo al albero, en uno de esos silencios de la Maestranza, sonó una voz profunda desde los tendidos de sol que dijo: “Estos toros  son  también unos corruptos”, expresión que, ante el evidente aburrimiento de la tarde,  levantó una fortísima ovación de toda la plaza, que imagino, debió dejar bastante desconcertado al maestro Ortega Cano que lidiaba en esos momentos al segundo de su lote. En esta pasada Feria de Abril, en la 13ª de Feria, ocurrió durante la lidia del sexto toro, que salía del caballo suelto y sin ganas de pelea. Le tocó en suerte a Alejandro Talavante. El público de la Maestranza muy discreto y educado siempre, estaba ya muy aburrido y deseando que la cosa acabara, después de aguantar en los tendidos una tarde lluviosa y gris y una corrida más mansa que los cabestros que estaban en los chiqueros. En uno de esos silencios que sólo se viven en la Maestranza, desde los tendidos de sol sonó una voz fuerte y recia que dijo como una sentencia: “Canorea… ¿dónde has comprado los toros… en los chinos…? La carcajada  y la ovación cerrada fue de toda la plaza que agradecía así una gota de humor en una tarde tediosa y amargante. Estos son dos ejemplos de como en una corrida de toros se puede palpar la psicología, la sabiduría y el sentido del humor del pueblo llano.
Pedro Laín Entralgo apuntó acertadamente la idea de que “para España y para la Humanidad valieron más ’Paquiro’ y ‘Cúchares’, productos específicos de la vida española, que cualquiera de los petimetres afrancesados del Madrid de 1.800 que andaban en el gobierno o en torno a la corte del Rey”.  Es curioso como a las etapas ya pasadas de nuestra historia, se las identifica no solamente con quien reinó o mandó con tal o cual Gobierno, sino por los toreros que mandaron  en la Fiesta en esos años. Por eso no es raro oír  frases como: “En tiempos de Lagartijo y Frascuelo ...” o “Aquella  Sevilla de Joselito y Belmonte “, o  “la Córdoba del Guerra o de  Manolete”. Por eso hay que admitir que la Fiesta  de los toros forma parte de nuestra psicología nacional.  Pérez de Ayala decía que estas frases  son “elogiadores del tiempo pasado”.
De otro lado, no han faltado en la historia reciente, interpretaciones psicoanalíticas de la Fiesta de los Toros, interpretaciones psicológicas del subconsciente humano, de la relación que se establece entre el toro (que para algunos psicoanalistas simboliza al hombre) y el torero  (que simboliza a la mujer). Aunque otros psicoanalistas piensan que el torero es el hombre y el toro la mujer imagino que por el hecho de que el torero penetra al toro con el estoque, un símbolo “fálico” sin duda. Aunque esto es lo que dicen algunos psicoanalistas. El escritor Fernando Sánchez Dragó por ejemplo, lo ve de otra manera y habla de la plenitud erótica que puede dar el torear a gusto. Esta teoría me parece más razonable que la anteriormente mencionada, y la refuerza aquello que dijo el maestro Antonio Chenel “Antoñete”, al referirse a aquella histórica faena que la tarde del 15 de mayo de 1966,  hizo en las Ventas al famoso toro blanco “ensabanáo” de Osborne con la que el torero madrileño protagonizo una de su varias resurrecciones profesionales, y tal vez su gesta taurina más importante. Antoñete manifestó: “A Atrevido (que así se llamaba aquel toro), no lo toreé, lo amé intensamente como se quiere a una mujer. Cuando pasaba bajo mi mando el placer me inundaba. Temblaba por dentro, gozaba como nunca”. La frase como habrán comprobado es más que ilustrativa, es definidora de lo que un torero puede sentir  cuando torea a gusto a un toro. Cuando seiscientos kilos de muerte te rozan la taleguilla y te embraguetas, te despatarras, y  no notas las piernas y parece que flotas y tocas la gloria, y toro y torero son casi una misma cosa, igual que el enamorado en brazos de su amada siente la unidad y la plenitud de la vida, en  el momento culmen de la comunicación entre un hombre y una mujer. 
(Continúa mañana)

jueves, 29 de abril de 2010

ANTROPOLOGIA DE LA FIESTA Y SU INFLUENCIA EN LA CULTURA HISPANICA (Capítulo III)


Por El Zubi
La Fiesta de los Toros tiene en sí muchas cosas que si reflexionamos detenidamente sobre ellas veremos que es un acontecimiento más que insólito.  Consigue por ejemplo poner a los espectadores de distintas clases sociales al mismo nivel. Lo que Tierno Galván llama “espectáculo que unimisma situaciones sociales distintas”. En la Plaza de toros las diferencias sociales que separan a los hombre unos de otros se borran. Todos los que miramos desde los tendidos  y gradas al torero jugándose la vida, somos psicológicamente y desde el punto de vista español, inferiores a él (al torero). Esta inferioridad iguala a todos los públicos sean de la clase social que sean. Todos los que asistimos a este espectáculo estamos, sin decirlo, haciendo en silencio una confesión pública : en valor,  arrojo  y hombría, el torero vale mas que yo. Es pues, si observamos con detenimiento, una actitud colectiva de humildad y una lección para quien concede demasiada importancia a las diferencias de clase y poder económico. Ante los toros, el aventurero y burlador de la muerte vive de modo superior a los demás. Por eso el torero es el símbolo de la hombría heroica.
Don Ramón de Valle Inclán por ejemplo, veía así al torero Juan Belmonte: “Belmonte es pequeño, feo, desgarbado y si me apuran mucho, ridículo. Pero cuando Juan se coloca ante el toro, ante la muerte, Juan se convierte en la misma estatua de Apolo”. Recordemos también a modo de ejemplo, como Federico García Lorca definió a Ignacio Sánchez Mejías en la “Elegía” a su muerte: “No hubo príncipe en Sevilla / que comparársele pueda, / ni espada  como  su espada / ni corazón tan de veras”. Ignacio aparece aquí como un paradigma de humanidad, como un claro varón de Andalucía,  como “Antoñito el Camborio”: “digno de una emperatriz”.  El torero es el “hombre-héroe”  que arrastra a las masas, un ídolo para el pueblo. Los toreros son los héroes  de la sociedad, también en este siglo XXI, a pesar de los momentos por los que atraviesa la tauromaquia actual. Sin duda los toreros  están hechos con la pasta de los héroes.
Por otra parte, el español identifica sin ser consciente,  al torero con la figura de Don Juan Tenorio, un personaje que caló hondo en la psicología y la cultura española y que definió muy bien el doctor Gregorio Marañón en amplios ensayos. Don Juan Tenorio y la figura del torero coinciden en muchos puntos. Son, por decirlo de alguna forma, dos versiones de una misma  y profunda postura ante el mundo y la existencia. Son como las dos vías del tren que discurren por separado cercana una de otra pero paralelas. Don Juan burla a las mujeres y el torero al toro. Don Juan juega con el amor que es la vida, y el torero juega con  el toro que es la muerte. La presencia de la muerte en la fiesta, es el elemento principal y constitutivo de ella. El espectador asiste a esa esencial cuestión de “ser” o  “dejar de ser” (que decía Shakespeare). Porque el espectáculo de los toros es “el posible advenimiento de la muerte”. Los toros son el único “acontecimiento” o espectáculo en que la muerte es por sí misma espectáculo. Incluso la lidia del toro es, la preparación adecuada del toro para la muerte. 
Pero volviendo al dilema “Torero-Don Juan Tenorio”, observemos como   la burla de la muerte y la burla de la vida son un juego elemental en el que la existencia cobra la plenitud de su sentido. La existencia para nosotros es en sí misma una aventura, el vivir cada día, levantarnos cada mañana y luchar en esta vida, ...y si a ésta aventura de existir cada día le añadimos la conciencia y el placer del aventurarse con la muerte, se logra vitalmente la plenitud.  Pues bien,  esa imagen de ídolo envidiado por las masas de gradas y tendidos, es la que en una plaza de toros hace que las clases sociales desaparezcan, y nos unifique  en la admiración al héroe.
Decía  Ramón Pérez de Ayala “que en los toros, espectáculo sobremanera apasionado, se descubre constantemente al desnudo el carácter español... En ninguna parte como en los toros cabe estudiar la psicología actual del pueblo español”.
(Continúa mañana)

miércoles, 28 de abril de 2010

ANTROPOLOGIA DE LA FIESTA Y SU INFLUENCIA EN LA CULTURA HISPANICA (Capítulo II)


Por El Zubi
En muchos pueblos y ciudades de España, la Fiesta va unida inevitablemente a la cultura del toro. Sin los toros no habría Fiesta. Recordemos aquel episodio en que un toro de El Raso, coprotagonizó el episodio del milagro de San Pedro Regalado, patrón de Valladolid y desde 1951 patrón de los toreros. En Almodóvar del Campo (Ciudad Real), en Cuéllar (Segovia), en El Viso de los Pedroches (Córdoba), en Elche de la Sierra (Albacete), en Coria (Cáceres), en La Bóveda de Toro (Zamora), en San Sebastián de los Reyes (Madrid), en Arroyo de la Encomienda y en Medina del Campo (Valladolid) o  en Pamplona por San Fermín y en tantos otros pueblos de España, hay algo más que encierros y corridas de toros. Hay un estallido colectivo, ritual, casi religioso que conviene observar y tener muy en cuenta.  
Una vez sentadas las bases del  germen de la Fiesta hay que analizar a ésta desde los distintos puntos de vista a donde llega. Sorprendentemente, ha sido  el profesor Enrique Tierno Galván, quien a mi juicio mejor ha diseccionado los entresijos sociales, antropológicos y culturales de la Fiesta, de todos cuantos intelectuales han filosofado con mayor o menor fortuna sobre ella. Y digo sorprendentemente, porque dudo mucho, que el viejo  profesor, en 1951 fecha en que publicó el ensayo “Los Toros, acontecimiento nacional”  hubiera asistido a alguna corrida de toros ya que estuvo exiliado desde muchos años antes. Tierno Galván define como un acontecimiento a “la realización en espectáculo de una concepción del mundo o todo espectáculo que significa una concepción del mundo”. Por ejemplo una procesión de Semana Santa  es un espectáculo. La Opera es un espectáculo. Un partido de fútbol es un espectáculo y los toros... también lo son. Cada uno de estos espectáculos debemos de encuadrarlos dentro del carácter de la comunidad en que se encuentran, comunidad que por sí tiene una concepción del mundo que es la que da sentido a cada espectáculo.  Los “acontecimientos” además en nuestra civilización occidental, se van reduciendo a pura “espectacularidad”: por ejemplo un desfile militar, las procesiones de Semana Santa... y  algo similar ocurre con los toros, una actitud análoga a la de los romanos respecto a sus fiestas circenses. Sin embargo, los toros como acontecimiento conlleva una concepción del mundo que es exclusiva de los españoles.
La opera por ejemplo es un acontecimiento asimilable a los italianos. Algo parecido ocurre con los toros, pues ha sido una constante en la historia de España: un acontecimiento que aglutina sin duda la unidad de sus distintos pueblos, y en este país, ser indiferente a los toros como acontecimiento,  supone ser un extraño respecto a la generalidad psicológica de los españoles. El día que los españoles vayamos a los toros con el talante del que  va por ejemplo al cine,  España puede que esté muy enferma o puede haber muerto. Fíjense en lo que les digo. Y esto se basa creo yo en la lidia del toro, que es  algo que ocurre en esta tierra desde la antigüedad más profunda de la historia de España, por eso este animal, el toro, es el símbolo de lo español. Ahí se explica el por qué del odio y la fobia que algunos políticos nacionalistas descerebrados, tienen a este espectáculo, porque es algo genuinamente español, tal vez lo mas español de nuestra cultura. No hay que buscar por tanto en esa actitud hostil de esos necios, una postura ecologista, pacifista o medioambiental.
La lidia del toro como acontecimiento es junto con los espectáculos religiosos el que más tirón  y  mayor aglutinamiento social tienen. A las plazas de toros  asiste la mayoría del pueblo sin ausencia de ningún estrato social: allí hay siempre, personas de todos los gremios: comerciantes, artesanos, profesionales liberales, clero, nobleza y hasta el Rey. Las plazas de toros son pues los lugares asamblearios por excelencia dentro del conjunto urbano de edificios de cualquier ciudad española.  Es el lugar físico, social y psicológico en el que la totalidad de un pueblo convive intensamente en una misma situación psicológica, y esto hace que este acontecimiento sea singular, ya que esto no ocurre en ningún otro escenario urbano ni en ningún otro espectáculo.
En Inglaterra por ejemplo, el “acontecimiento definidor” siempre ha sido su Parlamento y el juego del “criquet”,  y en otros pueblos europeos sus instituciones políticas.  En España nunca ha sido así. Aquí las instituciones políticas nunca tuvieron ese carácter. El  español pobre o rico, se siente  protagonista  en la plaza como gran escenario, para hacer su papel. Es por tanto la Fiesta de los Toros, “la gran fiesta barroca”, el teatro barroco por excelencia con la plaza como escenario. Algo parecido a lo que ocurre con las procesiones de Semana Santa, en  que las calles se convierten en un gran escenario lleno de personajes espontáneos y cada uno hace su papel  sin necesidad de un director de escena.
Se puede hablar además de la Fiesta de los Toros como un acontecimiento democrático. El único acontecimiento o espectáculo en la historia de España en el que el pueblo manda y opina, influyendo directamente en lo que acontece en el ruedo. El único espectáculo en el que el público puede censurar e incluso insultar a la máxima autoridad del mismo. Un acontecimiento democrático que  ha convivido con cualquier sistema  político, que perduró en su espíritu democrático en el transcurso de cualquier sistema o régimen, que convivió con monarquías absolutistas y con  dos dictaduras, durante la de Primo  de Rivera y la del general Franco sin que sufrieran ningún menoscabo en su esencia democrática. En este espectáculo un pañuelo equivale a un voto. Aunque  es verdad que siempre han pesado más los pañuelos de sombra que los de sol.
De otra parte, los toros son el acontecimiento que más ha educado social e incluso políticamente al pueblo español. En el acontecimiento taurino había desde la antigüedad una estrecha colaboración entre la nobleza y el pueblo. Durante los siglos XVI y XVII se observa como el protagonismo en la Fiesta correspondió a la nobleza aristocrática. Los nobles eran quienes a caballo lanceaban a los toros. Un siglo después, en el XVIII, se impone el toreo a pie (a mediados de siglo exactamente), es decir el toreo del pueblo, que conquista definitivamente este acontecimiento social para sí y es cuando la nobleza pierde la función directora. Felipe V y Fernando VI (dos monarcas afrancesados), no vieron con buenos ojos este espectáculo y la nobleza aristocrática, seguidora como borregos de los gustos reales, abandonan la práctica de lancear los toros.  El acontecimiento taurino tiene pues mucho de insólito ya que se trata de una conquista del pueblo, que se apodera de lo que antes sólo compartía pero siendo un comparsa. El pueblo identificado con este acontecimiento, lo adoptó como suyo.
(Continúa mañana)

martes, 27 de abril de 2010

ANTROPOLOGIA DE LA FIESTA Y SU INFLUENCIA EN LA CULTURA HISPANICA (Capitulo I)


Por El Zubi
Quiero adelantarles que les voy a hablar de la influencia e importancia que la Fiesta de los Toros, como acontecimiento en sí o como espectáculo, ha venido teniendo en la sociedad española y en el mundo hispánico, (entendiendo “mundo hispánico” todo el arco de influencia cultural de España) y todo esto desde sus comienzos hasta nuestros días, tanto desde el punto de vista psicológico como antropológico, sociológico y cultural. Una influencia analizada además, desde los diferentes puntos de vista culturales de nuestra existencia y con las valiosas opiniones de intelectuales importantes de nuestra cultura hispánica, que han vivido y sentido la Fiesta de diferentes formas.
Pero empecemos por el principio. Todo lo relacionado con la Fiesta, incluso el hecho de que hoy estén ustedes ahí sentados dispuestos a escucharme a mí hablar de la Fiesta de los toros... todo tiene su inicio en el campo y tiene un proceso muy lento.  Como a los metales en la fragua, el toreo y la Fiesta se forjan despacio, con el paso cíclico y preciso de las estaciones. Lentamente  en la soledad del campo, en esas dehesas  solitarias, verdes y ocres, es donde se encuentra el origen, el inicio mas primario y puro del toreo y de la Fiesta. Porque si lo miran bien, la Fiesta de los Toros  es un espectáculo trasladado del campo a las ciudades. La magia del totem, el símbolo de Iberia trasladado a las ciudades  para romper el orden de la vida cotidiana  y culta. El toro, ídolo y símbolo de la fertilidad y de la fuerza, traspasa al hombre sus poderes genésicos en ese rito de sangre y muerte que es la Fiesta, esa anacrónica exhibición de la cruda realidad. Metáfora perfecta y exacta de nuestra existencia.
Es en el campo, señoras y señores, donde se inicia  el reto eterno del hombre y del toro.  En esas dehesas verdes y ocres, entre vientos solanos, heladas, torronteras y escorrentías, entre rocíos y florestas, entre alcornoques, encinas y acebuches. Entre marismas y monte, salitre y habas, en las dehesas interminables de la España brava, es donde está el reino del dios “toro”. Un reino que el hombre, celoso e inquieto de poder  y fuerza, osó invadirlo y tomarlo hace muchos siglos, y así llegó el toreo y llegó la Fiesta.
Por medio, hay siglos de observación y selección del hombre para llegar a la inexacta ciencia de la ganadería y la Tauromaquia: pelos, señales, hierros, fuego, navajas, garrochas y cencerros, consejos de mayorales, sabiduría empírica adquirida con los años, lograda de sol a sol, de helada a helada. Un corte de navaja en la oreja del añojo hecho al calor, al espeso humo y polvo del herradero. Un corte que sangra, olor que abrasa.  Olor a pelo y piel quemada. El herrado del toro se extiende con el quemado en su costillar que entra  en el numerario de la camada. El número que identifica a ese toro, que le quita misterio, que le mengua la individualidad   de su estampa.  Y luego viene su bautizo. Arrancado del nombre de su madre se crea mágicamente el suyo, que algún día en las Plazas de España, lo perpetuará en la fama para siempre como le ocurrió a  “Barbudo”,  a “Islero”, a “Atrevido”, a  “Bailaor”, a “Granadino”, a “Pocapena”, o a “Avispado”, a “Burlero”, a “Laborioso”, o a “Ratón” (por decir algunos toros importantes),  o que pasará desapercibido para siempre. En el campo, el nombre del toro es inseparable al de la madre, su nombre pertenece al paisaje...
Todo lo que entendemos como Fiesta, tiene su arranque en el campo, en las noches oscuras de las dehesas, en el inquietante sonido del reburdeo de los toros que barrunta tormenta o pelea. No puede explicarse la Fiesta sin el campo, ese templo sagrado del toro aún, donde muy pocos tienen acceso.
La cultura del toro posee raíces muy profundas en la peculiar “vividura” hispánica. La Fiesta constituye  un mito, un rito, uno de los máximos símbolos hispánicos.  Un sin número de nombres ilustres, de intelectuales y artistas, se han apasionado con este espectáculo y han encontrado en él inspiración para sus creaciones estéticas:  pintores, escritores, poetas, escultores, músicos, cineastas, pensadores... Nombres como Goya y Picasso, Hemingway, Orson Welles, García Lorca, Alberti; Bergamín, los Machado, Valle-Inclán, Gerardo Diego, Miguel Hernández, Sebastián Miranda, Romero de Torres, Zuloaga, Ortega y Gasset, Cela, Tierno Galván, Madariaga, Américo Castro, Gregorio Marañón, Lain  Entralgo,  Pérez Galdós, y para no cansarles con más nombres un largo etcétera  de personajes de talento que sintieron la pasión por este espectáculo que es, año tras año la representación de un rito sagrado.
Fernando Sánchez Dragó, en su libro “Gárgoris y  Habidis” ve en la Fiesta de los toros el elemento fundamental para entender la “historia mágica de España”.  Respecto al toro, Ángel Alvarez Miranda, Catedrático de Historia de las Religiones e intelectual  de la posguerra, en su libro “Ritos y juegos del toro” nos dice que el “toro es para el hombre primitivo, un depósito cualificado de energía creadora y reproductiva. El hombre cree poder utilizar esta fuerza de fecundidad para sus propios fines a través de la magia simpatética concomitante”. A partir de ahí, hay que entender las corridas de toros como un rito sagrado que degenera en un juego, en un espectáculo profano.
En la costumbre del  “toro nupcial” halla Alvarez de Miranda  el antecedente de las corridas de toros, que vienen a ser su desarrollo lúdico. Nuestros antepasados practicaban el rito del “toro nupcial”  en el solsticio de verano. Un día a la caída del sol, el hombre primitivo antes de aparearse con su hembra mataba un toro bravo, comía su carne y bebía su sangre. Se embadurnaba el cuerpo con sangre y con los puños en alto cerrados, gritaba con fuerza al sol que se escondía entre las montañas, y en el crepúsculo, sentía en esos momentos como, a través de esa magia simpatética concomitante, la fuerza, la virilidad y la capacidad reproductiva del dios toro penetraban con fuerza en su cuerpo. Así pues,  la realidad cultural del toro no se reduce a lo que ven en las plazas unos miles de espectadores. Culmina allí una larga historia, pero el mito, el rito, la ceremonia sagrada son muy anteriores. Ésta es a mi juicio una de las razones por las que en el ámbito hispánico, dan más preeminencia a las corridas de toros como acontecimiento sobre cualquier otro espectáculo de masas.
(Continúa mañana)