domingo, 6 de diciembre de 2009

A ALBERTO BALDERAS EL TORO ‘COBIJERO’ LE PARTIO EL HIGADO DE UNA CORNADA SECA EN LA PLAZA DE EL TOREO




Alberto Balderas Reyes fue un matador de toros mejicano, nacido en México el 8 de octubre de 1910, y que murió con 30 años un 29 de diciembre de 1940, de la cornada que el toro Cobijero, de la ganadería de Piedras Negras, le dio en el hígado y que se lo partió en dos.
Alberto Balderas provenía de una familia acomodada y culta. Su padre, reputado director de orquesta, quería otra profesión para su hijo, que se empecinó en ser torero. Toda la familia estaba en contra pero, la fuerte afición del joven pudo más que las fuertes disputas familiares, porque lo que a él le hacía feliz de verdad no era ni la música ni la abogacía... sino torear. Y logró ser el novillero más famoso de todo México. En 1929 viene a España donde logra triunfar primero en Madrid y más tarde en Sevilla, donde un18 de mayo de 1929 dejó entre los aficionados sevillanos su firma de toreo artista, fino y valiente. Aquel día en Sevilla hizo una faena perfecta, que los que la vieron aun la rememoran. Toreaba con él ese día su paisano Juan Solórzano y lidiaron ganado de Guadalest. Este triunfo de Balderas tuvo una gran repercusión en toda España, tanto que le predispuso a tomar la alternativa de manos de Manuel Mejías “Bienvenida” el 19 de septiembre en Morón de la Frontera, actuando Andrés Mérida de testigo. Balderas seguía entusiasmando a la afición y confirma la alternativa en Madrid un mes más tarde de manos de Cayetano El Niño de la Palma”.
Vuelve a su país a reencontrarse con el éxito y se anima en 1934 a venir de nuevo a España donde sólo pudo torear 3 corridas, por lo que triste y desengañado regresa a México, donde ya es considerado una gran figura del toreo. Su estilo estaba lleno de filigrana con reminiscencias de Gaona, admirado por Balderas hasta la idolatría. Allí en México compite durante años con los mejores, con Armillita, Solórzano, Garza, “El Soldado” y hasta con Silverio.
En la plenitud de su carrera es contratado para torear el 29 de diciembre de 1940 en la Plaza de El Toreo en México, un mano a mano con José González “Carnicerito”, con ganado de Piedras Negras. Corta la oreja a su primer enemigo, el segundo de la tarde, que incluso llegó a romperle la taleguilla con los pitones sin llegar a herirlo. Ahí seguramente comenzó Balderas a morir un poco, ya que si hubiera resultado herido de este percance hubiera pasado a la enfermería y se hubiera salvado. Balderas recibe la oreja, da la vuelta al ruedo y regresa al callejón para remendarse el traje maltrecho mientras “Carnicerito” lidia al tercer toro. Alberto Balderas sale de nuevo al ruedo. “Carnicerito” está brindando ya la muerte de Cobijero”, que así se llamaba el toro. El toro mira a “Carnicerito” y Alberto mueve su capote para que lo mire a él. Cobijero lo mira... y se le arranca como un rayo. Atropella a Balderas y se lo echa a los lomos. El toro se revuelve, baja la cabeza un punto, tomando impulso, para darle otro derrote, momento en el que Balderas cae hacia los cuernos del animal y el toro consuma un fuerte derrote, un hachazo limpio y seco que deja sin aliento la plaza y que le parte al torero el hígado en dos además de la arteria hepática. El toro vuelve a aupar al torero mexicano como si quisiera ponerlo de pie ya hecho un guiñapo. Ese fue el momento más dramático. Balderas salió braceando con la muerte a cuestas, cayendo de bruces sobre la barrera. Murió en el acto.


sábado, 5 de diciembre de 2009

A LA MADRILEÑA JUANITA CRUZ LA BAUTIZARON EN MÉXICO COMO “LA REINA DEL TOREO”


En la década de 1930 surge en España la mujer torera más importante que ha habido en la historia de la Tauromaquia y la primera matadora de toros española con alternativa, la madrileña Juanita Cruz. Sin lugar a dudas es la torera más importante que ha habido y por desgracia también la mas desaprovechada, pues ni la crítica contemporánea a ella ni la historia después han sido ecuánimes a la hora de juzgar y valorar sus méritos, que fueron muchos, excepto en México donde fue idolatrada hasta el delirio, tanto que la sintieron como hija del propio país. Una mujer que podía haber alcanzado metas importantísimas, pero que por culpa de los prejuicios absurdos de un machismo cruel y recalcitrante durante la dictadura de Franco, no se le ha puesto aún en el pedestal que se merece dentro de la historia, pues sus éxitos alentaron a otras muchas mujeres de la época a elegir esta profesión tan difícil. Se da la circunstancia además, de que el mes de julio del 2006 se cumplió 74 años desde su debut como torera en la plaza de toros de León.
Juanita Cruz de la Casa, nació en la calle Jorge Juan de Madrid el 17 de febrero de 1917. Desde muy pequeña se aficionó a los toros. Llevada de la mano de un torero retirado, que años después también sería su marido, Rafael García Antón debutó en León el 24 de julio de 1932, donde cosecho un éxito incontestable. Apareció de nuevo en Cabra (Córdoba) el domingo después de Carnaval de 1933, con novillos de Sotomayor compartiendo cartel con Ramón Lacruz y un todavía desconocido Manuel Rodríguez “Manolete” de sobresaliente, que como ella hacía su primer paseíllo. Juanita eclipsó ese día a los dos toreros, que cosecharon abucheos y pitos, mientras que ella cortó 4 orejas y 2 rabos. El periódico “La Voz de Córdoba” titulaba a cuatro columnas: “La señorita torera Juanita Cruz obtiene un éxito jamas igualado en esta plaza”. En vista del éxito de esta jovencita torera, el avispado empresario egabrense señor Reyes la contrata para que toree de nuevo en Cabra el Domingo de Resurrección con erales de Gamero Cívico junto a dos torerillos cordobeses: Palitos y Manolete. De nuevo Juanita corta 4 orejas y deja una profunda huella que incluso convulsionó la vida social esos días en Cabra, mientras que sus compañeros de cartel pasaron por el ruedo con más pena que gloria.
Ahí empieza una carrera ascendente como un rayo, brillando día a día como un diamante en cada plaza que pisaba, sembrando el miedo entre los toreros de su época que se negaban a alternar con ella ya que era un auténtico ciclón. Ese fue el caso de Domingo Ortega y Marcial Lalanda que siempre prefirieron no tentar al diablo junto a la madrileña. En 1933 toreó 33 novilladas a pesar de que aun estaba en vigor la prohibición de que toreasen las mujeres en España, aunque hubo permisividad con ella, por su inmensa torería, arte y valor. Fue el Ministro de Gobernación de 1934 Salazar Alonso quien autorizó el toreo a pié de las mujeres en la España de la República. Juanita torea ese año 53 novilladas, entre ellas la toreada en Sevilla el 18 de agosto con novillos de Juan Belmonte. Ese día cortó 2 orejas y un rabo y puso la Maestranza boca abajo. Ese año toreó en las plazas más importantes de España, llenándolas y triunfando en todas.
Debuta con picadores en Granada el 5 de mayo de 1935, con novillos de Augusto Pedrogordo, de El Escorial (Madrid), junto a Joselito de la Cal y Antoñete Iglesias. El diario local “El Ideal de Granada” publicó en su primera página, una fotografía grande de Juanita Cruz saludando al público y mostrando las dos orejas cortadas a su segundo toro. La crónica de la novillada decía: “Juanita Cruz y La Cal triunfan en la novillada del domingo. Juanita cortó dos orejas y Joselito La Cal dos y rabo. Una novillada brava”. Fue tan grande su triunfo que la ciudad de Granada se echó a la calle para despedir desde el hotel a la torera madrileña que tuvo que saludar desde la ventana de su habitación a una multitud que ocupaba la Gran Vía granadina frente a la entrada del hotel donde se hospedaba. En ese año de 1935 torea 46 novilladas entre España y Francia donde ya llegaban los ecos de sus triunfos. El 2 de abril de 1936 debuta en Las Ventas (Madrid) alternando con El Niño de la Estrella, el malogrado Pascual Márquez y Miguel Cirujeda, con ganado de doña Carmen de Federico. Se creó previa a la novillada, una gran expectación y controversia en la prensa madrileña, pues era la primera vez que una mujer actuaba en una novillada picada en la plaza más importante del mundo. Allí obtuvo un contundente y rotundo éxito corroborado además por toda la crítica y la prensa de Madrid, muy a su pesar pues antes de la corrida estaban en su contra. Juanita lució ese día una falda–pantalón de luces azul marino y oro, en vez de taleguilla, diseñada por Ricardo García “K-Hito”, director de la revista “Digame”. Ese traje se encuentra expuesto en la actualidad en el Museo Taurino de “Las Ventas” en Madrid. Su debut en la capital de España revolucionó la prensa española, y periódicos y revistas como Mundo Gráfico, Ahora o Madrid Taurino se rindieron a sus pies. Por tanto no ha sido Cristina Sánchez la primera mujer torera que haya triunfado en Madrid ni la primera en salir a hombros por la Puerta Grande de Las Ventas, sino que ese honor le corresponde a Juanita Cruz.
Tras la rendición de Madrid a Juanita se le rindieron todas las plazas de España. Tenía toreadas 18 novilladas de las 60 contratadas antes del 18 de julio de 1936, cuando la guerra civil cortó en seco su carrera en España para siempre. Juanita tenía el concepto del toreo clásico de estilo belmontino, cargando la suerte y le gustaba siempre torear en las mismas condiciones que los hombres. Al comenzar la guerra civil, la torera madrileña se marcha a Venezuela donde siguió deslumbrando a los públicos con sus triunfos. Pasó después a Colombia y Perú. Era ya tal su éxito allí que cobraba el 30 por ciento de la entrada bruta en taquilla. Fíjense qué nivel profesional y consideración tenía que el 13 de marzo de 1938 el empresario de la plaza de Caracas pretendía formar cartel con un mano a mano entre Domingo Ortega y Juanita Cruz. La madrileña deseaba con ansiedad medirse con Ortega, que se tomó la oferta del empresario a broma y el empresario le dijo a Domingo Ortega: “Pues siento mucho que no quieras torear con ella, pero a mí como empresario taurino la que me interesa que toree es Juanita Cruz mas que tú pues estoy seguro que ella me llena la plaza”. Aquel día la señorita torera se encerró ella solita con seis novillos. Llenó la plaza, cortó 3 orejas y se convirtió en un auténtico ídolo de la afición hispanoamericana, aunque le faltaba aun conquistar México.
En tierras aztecas encontró de entrada los mismo prejuicios y zancadillas que en España, pero con su manera de interpretar el toreo, su arte, su técnica y valor venció todos estos inconvenientes, llegándosele a llamar por una rendida prensa mexicana con los sobrenombres de: “El Veneno de Pardiñas”, “La Reina del Toreo” y “Juanita Terremoto”. Tomó la alternativa como matadora de toros en la Plaza de Fresnillo en Zacatecas, el Domingo de Resurrección, un 17 de marzo de 1940, apadrinada por el torero mexicano Heriberto García, con ganado de Cerro Viejo. Aquel histórico día corto cuatro orejas y dejó constancia de quien era.
En 1940, una vez terminada la contienda civil, intentó volver a España pero ya pesaba aquí de nuevo la prohibición del toreo a pie para las mujeres, y no sólo eso, sino que se estableció una censura expresa en todos los medios de comunicación españoles para que no se hablara ni se comentara nada que se refiriera a los clamorosos éxitos de la torera madrileña en América. Al parecer el Sindicato de Toreros de España había corrido la voz de que Juanita Cruz era “roja” y republicana, con lo que le echaron injustamente en su país una losa de mármol sobre su nombre y su honra para siempre. Escribió una carta a “Manolete” que en aquellos años ya era el “monstruo” pidiéndole ayuda, pero jamás tuvo respuesta. Por tanto Juanita se quedó en América hasta 1946, aunque antes de regresar estuvo toreando sus últimas corridas en Francia donde se cortó la coleta. El 9 de diciembre de 1948 se caso en Madrid con su apoderado Rafael García Antón que la amaba hasta la idolatría y con quien tuvo un hijo que en la actualidad vive en Madrid. Mientras estuvo viva nunca faltó como espectadora al ciclo isidril en las Ventas, donde tenía un abono con su marido.
Juanita Cruz de la Casa murió en su ciudad natal, durante la feria de San Isidro de 1981, el 18 de mayo. Su tumba en el cementerio de La Almudena, es un mausoleo dedicado a ella obra del escultor Luis Sanguino y se ve a Juanita a tamaño natural brindando al cielo con la mano derecha y la muleta en la izquierda. En el pedestal lleva la siguiente inscripción: “A pesar del daño que me hicieron en mi patria... los responsables de la mediocridad del toreo de 1940 a 1950, brindo por España”. Su muerte pasó prácticamente desapercibida en España, no así en Hispanoamérica, concretamente en México, donde la noticia causo una fuerte consternación, pues era querida hasta la idolatría ya que se le consideraba un verdadero ídolo del toreo mexicano.



El PANA, LA CONYUNTURA EN LA TAUROMAQUIA ACTUAL

Por Gabriela Guevara
http://pasifaeylostoros.blogspot.com/
Es cierto que El Pana es un ejemplar taurino muy peculiar, un apestado por genial y genuino, por borracho y por jodido, por artista, por loquito, por antiguo, por maletilla, por otras tantas que usted señor lector podrá añadir a la lista.

Este hombre que al hablar pareciera ser un ente muy aparte de Rodolfo Rodríguez y de El Pana, y al mismo tiempo se considera como su propio moderador en la "lucha" encarnizada entre estos dos seres: el primero un borracho sin remedio, el perdedor que arrastra al genio, el vicioso que destroza el cuerpo; el segundo un artista enjaulado en un cuerpo avenjentado, un maletilla que ha soportado el rechazo incesante de empresarios y toreros envidiosos de su arte, un dotado que "se da su taco" cada que puede; nos hechiza cuando le susurra el duende.

Y después de vivir en el olvido por mucho tiempo -aunque de vez en vez se le veía por una plaza de segunda (como el Relicario) que le daba "chance" de torear una o dos tardes cada dos o tres años- El Pana (gracias a la labor de convencimiento que el Joven Murrieta realizara con la empresa de la Plaza México) obtiene fecha... 7 de enero de 2007... para y sólo para, despedirse definitivamente, casi como gesto de buena voluntad, como un detalle para el enfermo terminal.

Sus seguidores estaban pidiéndole a los duendes que le "echaran la mano", que les tapara la boca a todos los que lo malquisieron. Yo me incluyo. Desde niña, la figura de El Pana era como el recuerdo de cosas mágicas de un pasado apagado, de un pasado que no conocía y que llegaba de a poco en sus desplantes toreros que rompían con el canon, en ese rostro medio desencajado pero que parecía. aún de lejos, lleno de ilusiones taurinas. A veces cuando no le iba nada bien escuchaba cómo mi papá y mi abuelito hablaban de él como quejándose, hablaban de sus vicios, de sus "payasadas", pero al final decían que ojalá para la próxima El Pana sí cumpliera...

Y con los años cumplió, se entregó por completo aquel 7 de enero, qué tarde!... señores: si no lo han visto véanlo en el video de arriba, ese es su segundo toro, desde el brindis hasta casi el final de la faena que estuvo "de los dioses" o de los duendes como dirían los taurinos... Con más de cincuenta años El Pana se colocó en la historia de la tauromaquia mexicana -tal vez mundial- como un punto coyuntural, tras su hazaña la tauromaquia tomó o comenzó a tomar otro rumbo, uno más fiero, uno con más arte, uno con más afición. Porque El Pana conmovió no sólo con su historia sino con su toreo, paso de leyenda urbana a cuasi héroe nacional, hasta el presidente le llamó por teléfono y lo invitó a los Pinos (La casa presidencial) tradición que se había perdido. Y el tendido lleno de su gente, de aficionados neutrales, de sus detractores, de morbosos, de “villamelones”, de turistas, le aplaudió, le gritó "torero" y lo dejó dar siete vueltas, le aventó un bastón que a la fecha se les presta para dar la vuelta al ruedo sólo a los triunfadores...


Con su coleta natural, su arribo en calesa, sus pasos arrastrados para asegurar la huella de su andar, el puro de vainilla, su cara seria, seca, recia, pero con ojos de niño burlón, de loco tras un trincherazo... con eso y su historia arrabalesca, casi imposible de creer pero verdadera completamente, El Pana inspiró a Morante de la Puebla, a José Tomás, a los jóvenes mexicanos, a los no tan jóvenes, a muchos aficionados, a periodistas, a muchos, a muchos, a volver a la Fiesta con otro ánimo. Nos recordó con sus maneras qué es la emoción en la tauromaquia, cómo resbalar en las fechorías del genio taurino...

viernes, 4 de diciembre de 2009

FELIX GUZMAN, UNA PROMESA DEL TOREO EN MEXICO, FUE SOBRINO NIETO DEL FILOSOFO ALEMAN ARTHUR SCHOPENHAUER




Félix Guzmán pudo ser un matador de toros de los que marcan una época, incluso de haber vivido unos años más podría haber competido con Manuel Rodríguez “Manolete”, pero por desgracia sólo quedó en un valiente novillero que perdió su vida en la plaza del Toreo de México, tras la cornada de Reventón, un novillo de Heriberto Rodríguez. Su paso por esta profesión dejó honda huella en la memoria histórica de la Tauromaquia mexicana. Tanto, que sesenta años después de su desaparición, su recuerdo aun sigue latente en el pensamiento y en la memoria de los que le vieron torear y en las crónicas taurinas de aquel país, por su hondo sabor del toreo dramático e infantil de un crío guapo y rubio, que armaba la revolución cada vez que se vestía de luces. Que tenía pasta de figura y que pago con su vida el intento inconformista de romper con el destino negro que desde un principio le marcaron los hados. El público azteca, tan dado a bautizar de manera especial a sus toreros, le señaló como El Torero Niño.
La infancia de Felix Guzmán fue difícil, triste y miserable. Su carrera taurina, efímera pero brillante. Toreaba de forma impresionante, con mucho valor, pero pocos recursos, por lo que su toreo resultaba emocionante y angustioso. Los públicos le veían siempre cogido y lo tachaban de inexperto. Pero lo cierto es que causaba sensación una tarde sí y la otra también. Su arte era dramático, con chispazos de pureza clásica, era una auténtica bomba en manos de un chiquillo indocto, irresponsable y arriesgado. Su verdadero nombre era Felice Kutmann Schopenhauer y nació en Mixcoac (México) el 29 de julio de 1923. Murió con diecinueve años, casi veinte, casado con su mujer, Carmen Rovira, embarazada de un hijo que finalmente nacería muerto.
El filósofo y pensador alemán Arthur Schopenhauer tenía una visión pesimista y desencantada de la existencia humana. Pensaba que la vida es dolor y que el tedio y el aburrimiento era la base de la sociabilidad de los humanos: “el tedio –decía el filósofo alemán- hace que los hombres, que se aman tan poco entre sí, se busquen incitados por el deseo, lo que produce la cohesión”.... También predicaba en su obra lindezas como que las mujeres eran seres inferiores: “pelos largos ideas cortas...” venía a decir. Sin comentarios. En fin, les cuento estas cosas para situar al personaje. Poco podía imaginar el pensador de Danzig (Alemania) que su propio pesimismo impregnaría genéticamente la vida taurina de su sobrino nieto Felice Kutmann Schopenhauer, que vivió en los ruedos la gloria y la tragedia, nunca el tedio, precisamente.
Felix Guzmán, era hijo de padre italiano y madre alemana (hija de un hermano de Arthur Schopenhauer), españolizó fonéticamente su apellido Kutmann cambiándolo en los carteles como Guzmán. José Mª de Cossío dice en su enciclopedia que el apellido de Félix era Heglei, y que era hijo de padre alemán y madre italiana. Ignoro de donde sacó Cossío estos datos, que yo he recabado de la propia bibliografía mexicana. En todo caso, Felix Guzmán era un joven de tez pálida, pelo rubio y rizado, nariz afilada, tez marmórea y bien parecido. Un ario. Sus rasgos de tristeza infantil, le valieron el apodo del público mexicano de “El Torero Niño”. Su madre, una mujer rubia y alta, desgarbada, de ojos claros, con rasgos típicamente arios, marcó desde niño a Félix, pues se crió en la más absoluta pobreza. Su madre era pobre de solemnidad. Lavaba ropa por horas por las casas y fregaba suelos. Su única esperanza para salir de la miseria era la carrera taurina de su hijo. Los días de corrida, cuando toreaba Felix Guzmán, la mujer pasaba las dos horas que duraba el espectáculo, dando vueltas y más vueltas alrededor de la plaza de toros, a grandes pasos, recitando en voz alta padrenuestros y avemarías, que iba desgranando de un rosario que llevaba entrelazado entre las manos, poniendo mucha atención tanto al rezo como a los murmullos de la plaza, a los olés y a los “ayes”. Cuando surgían estos últimos se abalanzaba a las puertas para preguntar desesperadamente a gritos por la suerte de su hijo. Una vez que sabía que no había pasado nada malo, seguía con sus rezos y sus vueltas a la plaza como un robot autómata, caminando hasta que surgía otro ¡Ay! y se repetía de nuevo la escena.
Félix Guzmán se inició en los toros enrolándose en una cuadrilla de niños toreros que iban de capea en capea, dejándose la vida de “novenario en novenario” por esos pueblos mexicanos, lidiando lo que les echaban: toros criollos, bravos y nobles a veces, y muy toreados y mansos casi siempre. También se enfrentaban a moruchos y cebús de media casta que llegaban al festejo con un historial luctuoso de otras ferias o plazas. En fin, unos comienzos bastante duros y difíciles, pues había que tener una gran habilidad para conservar la vida enfrentándose a estos “pájaros”. Escuela no le faltaba. En 1939 se vistió de luces por primera vez en Tehuacán, en la plaza Ford, semillero de muchos toreros. Se presentó actuando junto a Manolo Urbina y Angel Procuna “Angelillo”. El turno de gloria comenzó para Guzmán en la plaza de la Colonia de la Condesa el 6 de julio de 1941, lidiando seis novillos de La Trásquila con Antonio Rangel y Mario Sevilla padre, con novillos de Caltengo. Guzmán cortó orejas y rabo, dándose el caso insólito aquel día de ser sacado a hombros, no por el redondel, sino por los tendidos, pues todo el mundo quería aclamar y abrazar al Niño Torero. Toreaba de forma impresionante, con muchísimo valor pero con pocos recursos y poco oficio, circunstancia por la que los toros le pegaban más de la cuenta. Tuvo en su corta carrera muchos percances y cogidas que le pararon sus temporadas y le restaron muchos contratos. Sufrió una herida en la boca y otra en el estómago, pero como tenía mucho tirón con el público, a penas se curaba o estaba mejor de los percances, ya esta de nuevo toreando. Salía cada tarde a entregar su vida y rivalizaba así con todos los novilleros punteros de esa época en México: Carlos Vera “Cañitas”, Manuel Gutiérrez “Espartero de Tacubaya”, Pepe Vela o José Antonio Mora “Chatito”. El 17 de agosto de se 1941 cuaja una faena extraordinaria al toro Tucito de Rancho Seco, y tras un trasteo recibe una cornada muy grave en el vientre. Corta las dos orejas y pasa a la enfermería. El periódico taurino El Redondel titulaba la edición al día siguiente así: “Faena de milagro de Félix Guzman”. Tras el parón por esta herida, Guzmán consigue que este año 1941 fuera su año cumbre. No ocurrió igual en el 1942, cuando surgen novilleros importantes con los que tuvo que competir como Procuna, Briones, Estrada, Jesús Guerra y Rafael Osorno.
En este clima de gran competencia toreril llega el 30 de mayo de 1943. En los carteles del Toreo anuncian cuatro novillos de Heriberto Rodríguez y dos de Santín para Félix Guzmán, José Luis Vázquez (novillero mexicano que realmente se llamaba José Luis Vargas) y Arturo Fregoso. Aquella tarde se le veía a Félix Guzmán impaciente y con ganas de recuperar el tiempo perdido por las cornadas. Iba vestido con un traje de luces burdeos y oro, bordado en cordoncillos de seda blanca. Estuvo muy bien en el primero de su lote, de la ganadería de Santín. Su segundo fue de la ganadería de Heriberto Rodríguez de nombre Reventón, un cárdeno, bragado y playeron, que a la postre le reventaría la vida. Félix salió muy dispuesto, se lució con el capote y las banderillas. Comenzó la faena de muleta con un pase por alto y luego dos naturales y al dar el tercero, el toro le infirió una cornada en la ingle izquierda. Guzmán continuó toreando dando cojeadas. Era sin duda un torero de casta y rabia. Mató de una certera estocada, y a pesar de estar gravemente herido dio una vuelta al ruedo con sus trofeos y se fue por su pie a la enfermería. El parte facultativo de los doctores Ibarra y Rojo de la Vega decía que había recibido “una cornada de cinco centímetros de extensión y una trayectoria en profundidad de 20, que le llega la fosa ilíaca, siendo el pronóstico grave, que requiere una curación de tres semanas”. Dos días después, el primero de junio, se le declara una gangrena gaseosa y fallece al día siguiente, el día 2 de junio a las 20 horas y 37 minutos, en el sanatorio del doctor Ibarra. Igual que Ernesto Pastor y otros toreros mas, Félix Guzmán murió por descuido y negligencia médica, pues cuando le realizaron la autopsia al cadáver le encontraron en el fondo de la herida varios trozos de la taleguilla.
Su muerte causó hondo pesar en la afición mexicana, donde aun hoy se le recuerda, pues era un torero que apuntaba muy alto. En aquellos días la afición mexicana le dedicó poemas, corridos y artículos necrológicos en los periódicos. Fue una verdadera lástima. De no haber muerto de manera tan trágica seguramente se hubiera cruzado en el camino del cordobés Manuel Rodríguez “Manolete”, pero el destino no quiso que se conocieran. Lo más triste del caso, es que la mujer de Félix Guzmán, Carmen Rovira, que estaba embarazada, dio a luz un mes mas tarde y el hijo en el que el torero tenía puestas todas sus esperanzas nació muerto. Todas estas circunstancias llenaron de dolor a la madre del torero que a raíz de esos dos acontecimientos, la muerte del hijo y del nieto, perdió la cabeza y se desquició por completo. Cuentan en México que pasó el resto de su desgraciada vida vagando por las calles de la capital azteca, como una mendiga, preguntando a gritos a todo aquel que pasaba por su lado: “¡Mi hijo!, ¡mi hijo! ...¿dónde está mi hijo? La imagen de la madre de Félix Guzmán era desgarrada y patética, modelo y arquetipo para cualquier director de cine neorrealista.

jueves, 3 de diciembre de 2009

LOS TOREROS “ESTEBAN GARCIA” Y “CARMELO PEREZ” MANTUVIERON UNA RIVALIDAD EXTREMA HACIA 1929 EN MEXICO, COMPARABLE A LA DE JOSELITO Y BELMONTE


Esteban García está unido en la historia y en el destino al también torero Carmelo Pérez. Fueron dos toreros absolutamente dispares, pero las cualidades que ambos poseían como toreros sirvieron perfectamente para cubrir todo el espectro de posibilidades que el público necesitaba para entregarse en aquel México de 1929, el país que acababa de sufrir la llamada “guerra cristera”. Y el público se les entregó incondicionalmente. Pocas parejas de toreros han polarizado en tan poco tiempo la atención de todos los aficionados de un país como esta que nos ocupa, un emparejamiento que estuvo marcado por la rivalidad y el odio más profundo. El verano de 1929 fue un verano de apasionamiento, preludio de un mismo drama que acabó de golpe y por partida doble con las mayores ilusiones y esperanzas taurinas de México en aquellos días. En espacio de tres semanas México perdió prácticamente a ambos. De manera definitiva a Esteban García, y Carmelo Pérez obtuvo el billete de ida que acabó dos años más tarde en Madrid. La publicidad y la hipérbole popular les llegaron a comparar con Joselito y Belmonte, en un alarde de exageración sin duda, pues ninguno de los dos llegó si quiera a la altura de la zapatilla a los dos sevillanos. Esteban era técnico, clásico, hábil, purista y dominador. Carmelo era tremendo, explosivo, revolucionario, meteórico y temerario.
Esteban García nació en México D.F. el 2 de septiembre de 1905. Su maestro fue el antiguo banderillero español Antonio Conde, que le instruyó también en la línea de torero poderoso y académico. Se presentó en la capital mexicana en 1926, la misma temporada que hicieron su presentación Alberto Balderas, Heriberto García “El Yucatero” y Edmundo Maldonado “El Tato de México”. Vuelve a la capital en 1929, su año triunfal y trágico, el día 16 de junio, alternando con José González “Carnicerito” y con Luis Peláez. Lidiaron reses de Zotoluca. Esteban dejó una extraordinaria impresión, por lo que sus apariciones en otras plazas no se hacen esperar.
Por su parte Carmelo Pérez nació en Texcoco en 1908. En realidad se llamaba Armando Pedro Antonio Procopio, (hermano del también torero Silverio), pero se anunciaba como Carmelo Pérez para camuflar su identidad, ya que su madre, doña Chonita no quería que fuera torero. Debuta el 15 de septiembre de 1927 en la Plaza de Mixcoac, alternando con Cayetano Leal, Porfirio Magaña y Miguel Gutiérrez, con novillos de la Hacienda de Musquis. Aquel día Carmelo Pérez, se dejó ver con una quietud escalofriante, aunque carecía de toda técnica, pero el público le acogió con afecto, ya que demostró un impresionante valor. Tanto, que a partir de esa novillada comenzaron a llamarle “el torero que asusta”. La temporada siguiente sumó 22 novilladas. En Morelia sufrió una cogida grave con tres cornadas en el mismo muslo. Su presentación en la capital fue una locura: con novillos de Ajuluapan, junto a Alberto Balderas y Jesús Solórzano, a la sazón novilleros punteros en tierras aztecas. Esto fue el 5 de mayo de 1929 y a Carmelo ya lo anunciaban como “el torero que asusta” (slogan que le sacó el periodista Aníbal Iturbide que escribía en El Redondel). El público mexicano, tan guasón siempre, le gritaba desde los tendidos: “asustas... pero de feo que eres”, porque Carmelo en verdad era bastante feo. La gente se lo tomó un poco a chufla en sus dos novillos, y cuando fue a brindar el segundo, al coger la espada y la muleta le dijo a su mozo de espada: “¡presta (trae), que ora verán estos hijos de la chingada como se muere un hombre!”. En el primer encuentro, el novillo le arrancó la pechera y el corbatín, pero le aguantó tanto y con tanta frialdad y temeridad que el animal acabó entregado, toreándolo asombrosamente con la mano izquierda. Ese fue el principio de su leyenda con torero angustioso y escalofriante. Carmelo Pérez tenía un estilo revolucionario, absurdo, suicida y tremebundo.
El enfrentamiento y la rivalidad entre Esteban García y Carmelo Pérez fueron propiciados por el empresario de El Toreo, Eduardo Margeli “El Gaditano”, que apoyó siempre a Carmelo en detrimento del otro. Ante el impacto popular de estos dos toreros, organizó un concurso a base de tres novilladas, mano a mano, entre los dos ídolos de la afición, con un jurado y un premio atractivo: un anillo de oro y diamantes valorado en cinco mil pesos. El negocio era seguro y la concurrencia asegurada. La primera novillada se celebró el 18 de julio de 1929 con novillos de Zotoluca. A Carmelo lo cogió de gravedad el primero de su lote y Esteban García tuvo que despachar solo la novillada, cosa que hizo con soltura, aunque el público, decepcionado, le responsabilizó del petardo resultante. Repuesto Carmelo se dio la segunda novillada al mes aproximadamente, esta vez con novillos de San Diego de los Padres. Los dos toreros estuvieron muy bien. En el tercer mano a mano, con novillos de Zacatepec, Carmelo Pérez hizo una gran faena pero finalmente fue herido de gravedad al entrar a matar, pues se tiró como quien se tira a una piscina. Cortó orejas y rabo. El jurado dio a conocer el veredicto de este enfrentamiento, concediéndole el preciado anillo a Carmelo Pérez. Sin embargo nadie quedó contento, ni los aficionados ni los toreros, y el premio fue la manzana de la discordia entre los dos, que desde entonces fueron enemigos irreconciliables hasta la muerte, pues el “pique” inicial se torno en enemistad y luego en odio profundo hasta la tumba. Compartieron cartel un par de veces más solamente, pues Esteban García murió en Morelia el día de Difuntos de 1929. Quiso matar en solitario una novillada de la que se cayó del cartel David Liceaga, y se dejó la vida en las astas del toro Aleve. Vestía aquel día un traje carmesí y oro, y el toro lo alcanzó cerca del burladero hundiéndole todo el cuerno en el vientre. No había enfermería. Solo, en un cuartucho húmedo, frío y oscuro, se debatía entre la vida y la muerte, agonizaba. La fiebre originada por la peritonitis y la pulmonía le tenían delirando, y en su delirio afloraba entre insultos el rencor profundo que sentía por su rival en las plazas, Carmelo Pérez: “me voy a morir y este chingao ojete ya es matador de toros... ¿Por qué no pudo ser al revés?”. Esteban García murió la noche del 5 al 6 de noviembre, trasladado a un hospital muy grave, con la sola compañía de su hermano Anselmo. Jamás supo que el destino también se iba a ensañar pronto con Carmelo Pérez, que el 10 de noviembre era corneado de manera dramática en la Plaza de la Condesa, por el toro Michín, de la ganadería de San Diego de los Padres, un toro con encaste Saltillo, cuyas heridas fueron su pasaporte hacia la muerte dos años mas tarde.
Carmelo Pérez tomó la alternativa el 3 de noviembre de 1929 (Esteban falleció el 6 del mismo mes), en Texcoco, apadrinado por Cagancho y de testigo Heriberto García, con toros de Piedras Negras. El día de su alternativa salió a hombros por la faena que le instrumentó a su segundo, que dejó al público atónito. El 17 de noviembre se anuncia de nuevo frente a un encierro de San Diego de los Padres (toros con encaste Saltillo puro), junto a Antonio Márquez y Alberto González “Rolleri”. El sexto de la tarde, de nombre Michín era el que le iba a traer la ruina. Después de darle tres lances a la verónica muy ajustados, el toro lleno de codicia, se lo llevó en el viaje hundiéndole el pitón en el muslo izquierdo. Lo mantuvo en el aire, lo sacó hacia el tercio y volvió sobre su presa, cebándose en él e hiriéndole con el mismo pitón en el costado derecho, de tal manera que le destrozó todas las costillas al torero. El toro era una auténtica fiera encelada con su víctima, un perro de presa exasperado para no perder su víctima. Nadie podía entrar al quite. Transcurrieron unos minutos eternos. La escena era espantosa. No había manera que el toro dejara al pelele, corinto y oro, ensangrentado. Cuando lo soltó, Carmelo era un guiñapo, parecía que estaba muerto. Había recibido cinco cornadas, de ellas muy graves la del muslo izquierdo y gravísima la del tórax, que interesaba el lóbulo del pulmón y la pleura. El público estaba aterrorizado, pues cuando llevaban al torero destrozado a la enfermería por el callejón, Michín desde la arena seguía a las asistencias derrotando sobre la barrera y hocicando por encima de las tablas, desesperado de rabia al ver como le quitaban su presa. Antonio Márquez compañero de cartel con Carmelo manifestaba años mas tarde: “Nunca he sentido como aquella tarde que el toreo fuera tan duro, ni he visto un toro tan encelado con su presa".
A pesar de las gravísimas cornadas, por las que ya todo el mundo le daba por muerto, Carmelo Pérez logró recuperarse. Solamente la cornada del tórax seguía dándole problemas. No le cicatrizaba y le supuraba constantemente. El toro le había destrozado el pecho. Le faltaba medio tórax y casi todas las costillas. Sólo le quedaban en el lado derecho la clavícula y las tres costillas superiores. Por tanto tenía problemas para respirar pues el pulmón había perdido su capacidad. Carmelo Pérez reaparece en enero 1931 (había transcurrido mas de un año, postrado por las heridas), y fue recibido por la afición con una fuerte ovación. Toreó cuatro veces más con bastante éxito en México y crecido por los resultados, decide viajar a España para darse a conocer. Se embarcó en el buque Alfonso XIII desde Veracruz con destino a La Coruña. Aún le supuraban las heridas y tenían que hacerle las curas en el barco. El viaje duró 25 días y junto a él viajaban los toreros Armillita, Ortiz, Liceaga con sus respectivas cuadrillas, en total trece toreros mexicanos. Un día antes de llegar a España, mientras estaban todos comiendo a la mesa contó los comensales allí sentados y se dio cuenta de que eran trece. Se levantó y dijo muy solemne, sobrecogiendo a los demás: “Alguno de nosotros no va a regresar vivo a México...”, sin sospechar si quiera que esa papeleta la tenía adjudicada para él mismo desde hacia cerca de dos años.
Carmelo confirmó su alternativa en Toledo, de manos de Chicuelo, con Domingo Ortega de testigo el día de Corpus Christi de 1931, con toros de Antillón y uno de Terrones que sirvió para la ceremonia. Carmelo Pérez estuvo mal aquella tarde, le faltaba el aire pues se asfixiaba. Tras matar a su toro pasó a la enfermería. Los doctores Rojo de la Vega e Ibarra le habían recomendado a él y a los toreros que le acompañaban a España, que no se operara de la fístula, que era muy grande y molesta, ya que sus heridas no estaba consolidadas aún. Sin embargo Carmelo con su ansia por hacer buena campaña en España, cometió el error de operarse por el doctor Jacinto Segovia que le cerró la fístula y las adhesiones pleurales. Lo ingresaron en el mismo sanatorio a la vez que Curro Puya que estaba agonizante. La convalecencia se hizo larga, la fiebre no remitía y los médicos no sabían como sanar al torero mexicano. El 15 de septiembre Carmelo comenzó a sentirse muy enfermo y ya no fue al sanatorio de toreros, sino que se quedó en la pensión donde se hospedaba en Madrid. Tenía una infección en el tórax que después se le complicó con una bronconeumonía.
Los toreros mexicanos ya iban a regresar a su tierra y Carmelo cada vez estaba peor. David Liceaga fue a visitarlo a su pensión y Carmelo lo recibió diciendo: ¡No entres, que estoy podrido...!. Agonizante le rogó que no le dejara muerto en España y le dio 25.000 pesetas que tenía escondidas bajo el colchón para pagar a los médicos y los trámites funerarios. Contaba años después Liceaga que Carmelo agonizante tampoco reprimió su rencor y su odio por su enemigo Esteban García, pues en su agonía gritaba: “¡ya nos vamos a encontrar otra vez con ese pinche cabrón”. Carmelo se moría ciertamente. La Embajada de México se desentendió por completo del asunto. David Liceaga desesperado, recurrió al Papa Negro y a la familia Bienvenida, que se comprometieron en arreglar todos los tramites y en sufragar los gastos para mandar a Carmelo a México cuando acabara de morirse.
Carmelo Pérez murió el 18 de octubre de 1931. Aquella misma tarde salían todos los toreros mexicanos en tren para embarcar en La Coruña. Liceaga se quedó el último, gestionando el traslado del cadáver con los Bienvenida y tuvo que ir a La Coruña en el coche de un amigo y llegó justo a la hora de zarpar. Esta vez... tal y como había pronosticado Carmelo Pérez unos meses antes, sí que regresaban a casa sólo doce toreros vivos.




miércoles, 2 de diciembre de 2009

Una historia de amor y celos: “RODOLFO GAONA SE CASO CON CARMEN RUIZ MORAGAS, LA AMANTE DEL REY ALFONSO XIII”


El torero mexicano Rodolfo Gaona y Jiménez vivió en España una escandalosa relación amorosa con la actriz Carmen Ruiz Moragas con la que contrajo matrimonio, siendo esta amante oficial del Rey Alfonso XIII, relación cuyas secuelas le marcaron la vida para siempre. Si los hechos que a continuación les relato hubieran ocurrido en nuestros días, con la profusión de medios de comunicación que hay y la afición perpetúa de este país por los asuntos concernientes a la bragueta y la entrepierna de los demás, la relación entre el torero Gaona y la actriz Carmen Ruiz habrían dejado en el ridículo y la vulgaridad más absoluta a Jesulín de Ubrique y a Belén Esteban, y no digamos ya los líos amorosos del padre del diestro gaditano, el “latin-lovers” Humberto Janeiro... que ya rozaron lo que entendemos por “patético”...
Rodolfo Gaona nació en León de los Aldamas, en Guanajuato (México) el 22 de enero de 1888. Tomó la alternativa en Madrid, en la desaparecida plaza de Tetuán de las Victorias, el 31 de mayo de 1908, de manos de Manuel Lara “El Jerezano”. Tras varias actuaciones en la capital de España, esta se rindió a los pies del joven y apuesto torero azteca, que poseía un talento especial para el toreo que le sirvió para convertirse pronto en un figura que alternaba en los carteles con los mejores toreros de la época. Confirma su alternativa el 5 de julio del mismo año, con Juan Sal “Saleri” de padrino y Tomás Alarcón “Mazzantinito” como testigo. Durante las dos primeras décadas del siglo XX Gaona compitió en los ruedos con toreros como Bombita, Machaquito, Rafael “El Gallo”, Joselito, Belmonte, Vicente Pastor, Sánchez Mejías, Granero, Chicuelo y Marcial Lalanda.
Rodolfo Gaona dominaba todas las suertes. No sólo fue un gran banderillero, sino que con el capote dejó para la historia su peculiar firma con las famosas “gaoneras”. Con la muleta mostró grandes cualidades artísticas, aunque tuvo grandes altibajos con el estoque que le privaron de muchos triunfos a lo largo de su prolongada estancia en España. El crítico taurino Don Quijote dijo de él: “Fue Gaona un torero elegante a lo Lagartijo, a lo Fuentes, con menos afectación y más naturalidad que este”. Cossío lo calificó como “la suprema elegancia, la elegancia personificada” y según comentaba, a ello le ayudaba su esbelta figura, bien proporcionada, armónica como pocos toreros tenían. Rodolfo Gaona fue pues un hombre apuesto y guapo, con un toque de exotismo y distinción que atraía a las mujeres como moscas. Actrices y cupletistas de aquel Madrid de principios de siglo se sintieron atraídas por el torero. Tuvo incluso una novia antes de conocer a la actriz Carmen Ruiz Moragas, también perteneciente al mundo del espectáculo, la cupletista Paquita Escribano que en aquellos años compartía cartel con las famosas Adelita Lulú y La Goya. Paquita Escribano era una mujer de extraordinaria belleza y probablemente quiso más al torero azteca que la mujer con la que desgraciadamente más tarde se casaría.
La actriz Carmen Ruiz Moragas, además de bella y hermosa, fue una mujer de una gran cultura. Actriz capaz de interpretar papeles en francés e inglés perfectamente, algo que pocas actrices de la época podían hacer. Mujer de una gran personalidad que deslumbraba a los hombres, pues reunía en su persona no sólo belleza sino elegancia y talento escénico. Tanto, que pronto llamó la atención del propio Rey Alfonso XIII, que se enamoró de ella perdidamente al primer golpe de vista. Carmen Ruiz fue desde 1916 y durante toda la década de los años veinte el gran amor del Rey Alfonso XIII, que aunque trotaba de lecho en lecho, encontró en el de Carmen Ruiz Moragas la pasión que era incapaz de despertarle la propia reina Victoria Eugenia. Además, la transmisión de la hemofilia que ella trajo al matrimonio fue el pecado que el Rey jamás le perdonó a la Reina.
Las relaciones entre la actriz y el Rey debieron comenzar en el otoño de 1916, justo al comienzo de la temporada teatral. El monarca español tuvo una gran afición por el teatro y los espectáculos, paralela a la que sentía por las actrices y las cupletistas, y allí en el teatro sintió esa poderosa atracción por Carmen. Los padres de la actriz, (Leandro Antolín Ruiz Martínez y Mercedes Moragas Pareja) que eran personas de orden y de bien (Leandro Ruiz fue Gobernador Civil de Granada, y Mercedes Moragas una mujer rica de Málaga), conocedores de la relación de su hija, hicieron cuanto pudieron por apartarla del entorno del Rey y pensaron que el matrimonio de su hija impediría que se convirtiera en una más de las amantes del Rey. Por aquellos años, Carmen conoció al famoso y apuesto torero Rodolfo Gaona, que incluso aun sin conocerla bebía los vientos por ella. Como era de esperar Gaona cayó rendido ante sus numerosos encantos y se enamoró irracionalmente de ella. Los padres de Carmen veían con muy buenos ojos esta relación que finalmente acabó en boda. Pero para desgracia de Rodolfo Gaona, este matrimonio fue una farsa, una tapadera para ocultar los amores de la actriz con el Rey. Los padres de ella pensaron que este matrimonio ayudaría a su hija a convertirse en una señora respetable y no una entretenida... Pero la relación entre Gaona y Carmen iba desde el principio de mal en peor, ya que pronto surgieron los primeros roces a causa de haber sido ella amante del Rey y de estar el dicho en la calle. Los públicos en los ruedos ante alguna mala actuación del torero le gritaban sin piedad comentarios crueles y difíciles de sobrellevar para cualquier persona y menos para un torero que era la personificación del “macho” y el “héroe”. Gaona se percató pronto de que había una tercera persona en su relación con Carmen, y que el Rey era el verdadero amor de su mujer y no él. Los celos, más que justificados en este caso, hicieron presa del torero y convirtieron la convivencia de la pareja en un auténtico infierno. Lo que son las cosas, Gaona admirado igual que un héroe como torero, estaba en boca de todo el mundo y era víctima de los comentarios y cuchicheos en aquel Madrid de principios de siglo. Los “cuernos” eran más que evidentes y eso estaba en la calle. El torero no pudo soportar más aquella situación y se separó de la actriz a los dos meses de haber contraído matrimonio con ella.
Tras la separación, Gaona se marchó a México con el corazón roto y absolutamente asqueado de España y los españoles, de hecho nunca más volvió a torear en España. La actriz Carmen Ruiz Moragas, que ya no tenía ataduras con nadie, volvió con ardor y pasión a los brazos del Rey y fruto de aquella apasionada relación nacieron dos hijos bastardos del Rey: primero María Teresa de Borbón y más tarde Leandro Alfonso de Borbón, que ahora conocemos todos los españoles por sus apariciones televisivas y por haber publicado con todo lujo de detalle toda esta historia en dos libros: “El bastardo real” y más tarde “De bastardo a Infante de España”, que salió a la calle este último cuando los Tribunales de Justicia le reconocieron su estirpe y que era hijo de su Majestad el Rey Alfonso XIII.
En todo caso, el fugaz matrimonio entre el torero y la actriz y su posterior ruptura, continuó durante muchos meses en boca de todo Madrid y era motivo de comentarios en tertulias y conversaciones de los cafés que en aquellos años llenaban las calles de la capital de España. Al diestro azteca se le cambió incluso el carácter desde su separación de la actriz, y de ser una persona abierta, divertida y simpática, pasó a ser agrio, huraño, tosco, desconfiado, solitario y huidizo. Todo este escándalo amoroso le creo también mala fama en su propio país. Estaba en boca de todo el mundo, no sólo como esposo cornudo y burlado por una mujer, sino que circulaban malintencionados comentarios que apuntaban que la causa de la separación entre el torero y la actriz española había sido su presunta homosexualidad. Todo esto, como comprenderán, le hizo un daño terrible a su fama y a su dignidad como hombre y como torero. Lo cierto es que Rodolfo Gaona volvió a casarse con una india mexicana muy hermosa y bella, con la que tuvo varios hijos y con la que pasó el resto de su vida. En España tenía aun pendiente un pleito importante como era su divorcio definitivo con la actriz. Vino a Madrid con esa intención a finales de la República en el año 1936 para solucionar este problema, pero hizo el viaje en balde ya que la actriz Carmen Ruiz Moragas murió el 11 de junio de 1936 poco antes del comienzo de la Guerra Civil, cuando contaba la edad de 38 años. Murió a causa de un cáncer del que fue operada quirúrgicamente sin éxito. Sobre su muerte y el inmenso amor que el Rey le profesaba, cuanta su hijo Leandro Alfonso en uno de sus libros, que su madre Carmen Ruiz Moragas cuando estaba en estado agonizante, le encargó a su ama de llaves que cuando falleciera le untara sus labios de vez en cuando con canela y hierbabuena, pues estaba segura de que Alfonso vendría a despedirse de ella. Así ocurrió unas doce horas después de su defunción. El Rey Alfonso XIII que se encontraba exiliado en Francia, cruzó de madrugada la frontera por Bayona en el más absoluto secreto y fue hasta Madrid a despedirse de su amada. Una vez en la casa de la actriz, sólo y en silencio, postrado ante su cadáver la besó en los labios y rezó con amargura por el alma de la mujer a la que más amó. Unas horas más tarde y con mucha discreción volvió a salir de España, sin que nadie hubiera notado su presencia en Madrid.
El inolvidable torero azteca Rodolfo Gaona, se despidió de los ruedos el 12 de abril de 1928 en un festival celebrado en México, desde entonces hasta su muerte se mantuvo retirado del mundanal ruido. Murió el 20 de mayo de 1975 cuanto contaba 87 años.
Los toreros, por norma general en aquellos años eran admirados y asediados por mujeres de distinta condición, incluso tienen fama aún de “donjuanes” y de burlar a las mujeres, pero a Rodolfo Gaona le tocó al parecer la otra cara de la moneda, y en este caso la moneda tenía la imagen del Rey Alfonso XIII, cuya mano entonces llegaba lejos.

martes, 1 de diciembre de 2009

MANUEL JIMENEZ “CHICUELO” CONTRAJO MATRIMONIO CON LA FAMOSA CUPLETISTA CORDOBESA “DORA LA CORDOBESITA”



No es la primera vez que les habló de la continua atracción habida a lo largo de la historia entre los toreros y las cupletistas y tonadilleras. Otro ejemplo de este maridaje fue el que vivió “Chicuelo” y Dora “La Cordobesita”. El conocido matador de toros sevillano, Manuel Jiménez “Chicuelo”, nacido en el barrio de Triana en 1902, que impuso para la historia de la Tauromaquia el conocido pase con el capote de la “chicuelina” , y que tuvo el privilegio de concederle la alternativa al inmortal Manuel Rodríguez “Manolete”, estuvo felizmente casado con una famosa y bella cupletista cordobesa, que triunfó en toda España allá por los años veinte y que era emblema de la belleza de la mujer cordobesa, ya que posó en varias ocasiones para el pintor Julio Romero de Torres. Estamos hablando de Dolores Castro Ruiz, nacida en 1902 en el barrio de San Lorenzo, y que adoptó el nombre artístico de Dora La Cordobesita.
Dolores Castro o Dora La Cordobesita, logró destacar en aquellos locos y felices años veinte con el cuplé. A esos años veinte, se le llaman felices porque acababa de concluir la I Guerra Mundial, y Europa festejaba con fruición la paz y la prosperidad después del desastre. Por tanto la música y la copla en España, era uno de los elementos que venían a dar felicidad a las personas que vivieron en aquellos lejanos años, una felicidad sólo enturbiada, por la continua sangría de vidas jóvenes que nuestro país estaba sufriendo en la Guerra con Marruecos. Época en la que en Madrid se abrieron multitud de locales donde corría el champán y las rosas, y en la que los públicos sentían auténtica veneración por las artistas de variedades. Al menos eso me contaba mi padre, Francisco González Huertas, medico oftalmólogo de Lucena, (él nació en 1905) que en aquellos locos años, vivía como un prometedor estudiante de Medicina en aquel bohemio Madrid del chotis, el cuplé y los toros, y que nunca dejaba de contarme las aventuras y desventuras que vivió en aquel maravilloso Madrid de antes de la guerra civil. Un Madrid donde él descubrió el amor y la alegría de vivir, y que de vuelta a Lucena, nada más estallar la guerra civil, guardó en el baúl de sus recuerdos. Aquél “baúl de sus recuerdos”, lo abrió muchos años después, cuando sus hijos estudiábamos en Madrid nuestras carreras y venía visitarnos, Nos señalaba con nostalgia y pena, donde estaban todos y cada uno de los muchísimos teatrillos de variedades que en aquellos años abundaban por la calle La Montera, Callao, Carreras, Reina Victoria y hasta en la Puerta del Sol. Nos hablaba a hurtadillas, furtivamente, para que mi madre no se enterara de su líos de faldas y de las juergas nocturnas que junto a otros estudiantes de Lucena (Vicente Manjón Cabeza, Manuel González Aguilar y algunos mas…) allí vivieron en aquellos felices años veinte en que “Dora La Cordobesita” hacía furor entre los chicos de sus edad. Pero volvamos al tema que nos ocupa.
En España hacia 1920, el cuplé pasaba por su época dorada, de la que disfrutaron de fama y reconocimiento, intérpretes como nuestra cordobesa Dolores Castro Ruiz.. Como hemos dicho antes, su nombre artístico fue Dora La Cordobesita y debutó siendo muy jovencita en el teatro madrileño Romea, que estaba en la calle de las Carreras. Se hizo muy famosa cuando interpretaba un pasodoble en el que elogiaba los valores taurinos de Joselito y Belmonte, y en su interpretación, la cupletista daba pases a diestro y siniestro encima del escenario, o sea que la chica en cuestión, hacía toreo de salón encima del escenario, con el consiguiente delirio y éxtasis del público que no cesaba de jalearla con continuos olés por la gracia y el arte que tenía. Al menos eso es lo que me contaba mi padre, al cual se le dibujaba en la cara una sonrisa picarona llena de nostalgia, porque me estaba hablando de su “Paraíso Perdido” y de unos tiempos que ya nunca volverían para él.
Pues bien, fíjense ustedes como es el destino, que esta chica cordobesa que practicaba el toreo de salón en los escenarios y que interpretaba cuplés dedicados a la torería y a sus protagonistas, no sabía entonces que el destino le deparaba un feliz encuentro con un torero. Dolores Castro fue una cordobesa de una gran belleza, al menos, así la veo yo en las colecciones de revistas de la época que heredé de mi padre y de mi abuelo, el Mundo Gráfico y La Unión Ilustrada, en las que en 1923 aparece con frecuencia en sus portadas. Yo creo que mi padre fue también un fiel y leal seguidor de sus valores artísticos y de sus encantos femeninos. Vamos…que debió estar enamorado platónicamente de ella. Claro... una mujer tan bella, no es de extrañar que sirviera incluso de musa para uno de las pintores mas populares de la época, y el más cantado en las coplas, nuestro Julio Romero de Torres, para quien posó en innumerables ocasiones.
Dora La Cordobesita conoció a Manuel Jiménez Chicuelo en Madrid como no podía ser de otra forma, y enseguida ambos se enamoraron. Tras un breve pero intenso noviazgo, contrajeron matrimonio. Como es natural en aquella época, Chicuelo hizo lo mismo que Rafael El Gallo hiciera con Pastora Imperio, retirarla del mundo del espectáculo y de la canción, ya que se casaron, se fueron a vivir a Sevilla y fueron, según parece, muy felices. De Manuel Jiménez Moreno hay que decir, que fue hijo de otro matador de igual nombre taurino, y que quedó huérfano cuando contaba solo cinco años. Que fue Juan Belmonte quien le otorgó la alternativa como matador de toros el 28 de septiembre de 1918. Su arte y los conocimientos técnicos del toreo de Chicuelo son reconocidos por la crítica en cualquier tratado o historia de la Fiesta que consultemos. Se retiró de los toros en 1951 y murió en Sevilla el 31 de octubre de 1967.
Hay que decir que el matrimonio entre Chicuelo y La Cordobesita fue un enlace con final feliz, pues vivieron siempre juntos y bien avenidos, cosa complicada siempre entre matrimonios de toreros y cantantes. Fruto de esta unión tuvieron dos hijos: el 7 de marzo de 1937 nació en Sevilla un hijo de ellos llamado Rafael Jiménez Castro, que como era de suponer siguió la tradición familiar por parte de padre: ser torero. Se hacía anunciar en los carteles como Rafael Jiménez “Chicuelo Hijo”. Dotado del arte de su padre y también heredero del justo valor que aquel tuvo, hablemos claro, Rafael Jiménez Chicuelo Hijo, abandonó su categoría de matador de toros, para engrosar la lista de toreros de plata o subalternos, que desde mi punto de vista, son tan toreros como cualquier matador. El segundo hijo de la pareja fue Manuel Jiménez Castro, que sólo llegó a ser novillero y se retiró sin pena ni gloria, pues en aquellos años los toros apretaban mas que ahora. De Rafael Jiménez “Chicuelo Hijo”, hay que decir que debutó con picadores en la plaza de toros de Cabra, el 24 de junio de 1952 donde despachó él solito cuatro novillos de Juan Cruz, y que alternó con José Ordóñez. Tomó la alternativa el 6 de abril de 1958 en Sevilla, de manos de Antonio Ordóñez y con Manuel Vázquez de testigo con el toro Cañamero, número 134, negro, de la ganadería de Carlos Núñez. Ya digo, Rafael Jiménez pudo haber llegado lejos como matador de toros pues arte tenía y mucho, pero estaba muy justo de valor, igualito que su padre.
En fin, para concluir esta historia, solo añadir que no siempre los amores entre toreros y cupletistas o tonadilleras tienen finales tormentosos, y que por esta vez, ha valido la pena contarles esta historia de amor, pues creo haber rescatado del olvido, el nombre y la gracia de una mujer cordobesa, Dolores Castro “Dora La Cordobesita”, que fue en su época una mujer de rompe y rasga que desataba pasiones entre los hombres desde los escenarios, entre ellos mi padre.

sábado, 28 de noviembre de 2009

A ‘GRANERO’ LO QUISIERON HACER SANTO AL DESCUBRIRSE, 38 AÑOS DEPUES DE SU MUERTE, QUE SU CUERPO ESTABA INCORRUPTO



El torero valenciano Manuel Granero Valls ocupó poco tiempo el primer lugar del escalafón taurino, pero su breve paso por el toreo fue glorioso. El toro Pocapena, de la ganadería del duque de Veragua, lo mató de la manera más horrenda y trágica que haya tenido torero en la historia de la tauromaquia. Treinta ocho años más tarde la afición valenciana (1960) quiso hacerle “santo”, pues al hacer su familia unas obras de mejora en el panteón donde reposaban sus restos, se descubrió que el cuerpo de Granero permanecía incorrupto, noticia que corrió como la pólvora por Valencia y que aquel mes de noviembre de 1960, fecha del descubrimiento, ocupó las primeras páginas de todos los periódicos valencianos.
La muerte de Granero no obstante estuvo marcada por señales y presentimientos tiempo antes de que se produjera. Así lo contó años después su banderillero Blanquet, que fue peón de Joselito y lo vio morir en Talavera, y después fue subalterno de Granero y también vivió de cerca la tragedia aquella tarde del 7 de mayo de 1922 en Madrid. Blanquet dijo que las dos aciagas tardes ambos toreros antes de salir a la plaza “olían a muerto”. La muerte de Granero reunió además dos circunstancias. Por un lado el torero valenciano ocupaba el trono vacante dejado por Joselito a su muerte y por Belmonte que se había retirado. En esos momentos era el “rey de la Fiesta”. De otro lado su muerte ha sido la más violenta que se ha producido en los ruedos a lo largo de la historia del toreo, pues además de darle varias cornadas en los muslos, el toro Pocapena le reventó la cabeza contra el estribo de la barrera al meterle un cuerno por el ojo derecho. Cuando lo llevaban a la enfermería como a un guiñapo, el torero había perdido la masa encefálica y le colgaba de la cara el ojo derecho. La visión fue esperpéntica.
Dicen que fue una muerte anunciada y que los últimos meses de su vida estuvieron llenos de malos augurios. Como por ejemplo que ese año de 1922 la actriz Maximiliá Thous estrenara en el Teatro Ruzafa de Valencia dos obras en el mismo cartel: “Granero Club” y “Pocapena”, dos palabras que unos meses antes de la muerte del torero estuvieron juntas en cartel. También meses antes de torear en Madrid, Granero fue invitado a una fiesta en su ciudad natal y una pitonisa que había allí, le pronosticó delante de su tío Paco Juliá y de su mozo de estoques Finezas, que Manolo moriría en un 7, un 14 o un 21 de mayo. Su muerte se produjo el 7 de mayo en Madrid. El día de la mortal cornada se vistió de torero en casa de su amigo y paisano el periodista Manuel Gómez Domingo “Rienzi” en la calle Marqués de Urquijo, en el barrio de Moncloa. “Rienzi” siempre dijo que aquel fatídico día el torero le confesó que se encontraba pesimista. Ese día 7 de mayo y a la misma hora de su muerte, el Real Madrid goleaba en el Bernabéu 6-1 al equipo inglés Civil Service. Granero vistió para la ocasión un terno azul marino y oro, y alternó con Juan Luis de la Rosa y Marcial Lalanda que confirmaba su alternativa.
A Dolores Redondo, esposa del periodista Rienzi, aquella tarde le ocurrieron dos cosas que la dejaron perpleja. Como cada tarde que toreaba en Madrid Granero, ella se iba a la Iglesia del Buen Suceso a rezar por el torero. Allí le encendió un cirio para que no le pasara nada malo y se puso a rezar. A los pocos minutos el cirio se cayó violentamente al suelo y la mujer se llevó un desagradable sobresalto. Se asustó mucho y sintió que el corazón se le encogía. Dolores Redondo optó por regresar a casa y esperar allí el regreso del torero y de su marido. En el momento de entrar a su casa acababa de saltar al ruedo Pocapena. Al llegar allí se asustó aun más al comprobar que en el aparador del salón se había apagado sin causa aparente una lamparilla que le había puesto a la Virgen de los Desamparados antes de salir. El cirio y la lamparilla fueron dos malos augurios y pensó en ese momento que a Manolo Granero le iba a ocurrir algo muy malo. Pocapena, según contó semanas después Manuel Valdés Larrañaga, yerno del duque de Veragua, era un toro extraño. Dijo que el mayoral y los vaqueros de la ganadería lo consideraron siempre un animal huraño y solitario, que se retiraba solo y apartado del resto de manada a un montículo que había en la dehesa. Pocapena era un toro cárdeno, bragado, grande, gordo con mucha cabeza y unos pitones como puñales, era astifino y según cuentan las crónicas... burriciego y con tendencia a acostarse por el pitón derecho. A Granero lo enterraron el 9 de mayo de 1922 entre escenas multitudinarias de dolor y pena protagonizadas por gentes de todas las condiciones sociales.
El 3 de noviembre de 1960 en Valencia surgen dos noticias que acaparan las portadas de los periódicos: una el homenaje a la ilustre valenciana Lucrecia Bori, la gran diva del Metropolitan de Nueva York, y la otra surge en el cementerio de Valencia. Al parecer Manolo Granero había sido desenterrado y se había descubierto con estupor que su cadáver se conservaba incorrupto. La imaginación popular de los valencianos hizo el resto y convirtieron por unas semanas al torero violinista en “santo incorrupto”. Ese día 3 de noviembre de 1960 Lucrecia Bori y Manolo Granero, 38 años después de su muerte, fueron los máximos protagonistas en los periódicos locales.
Lo ocurrido lo contaba su propia hermana Consuelo Granero Valls (que aparece en una de las fotos que mostramos junto a la tumba del torero), a todos cuantos entraban al estanco que regentaba en su barrio. Todo ocurrió al parecer, cuando la familia tuvo que hacer unas obras de mejora en el mausoleo y panteón familiar y apareció el cuerpo del torero incorrupto y amortajado tal como lo enterraron 38 años antes. Ella no se cansaba de decir: “Manolo era un ángel, era un hombre muy bueno”, y estas afirmaciones que las hacía un día y otro a periodistas y clientes que por allí llegaban a comprar tabaco y conocer de primera mano la noticia, contribuyeron sin duda a aumentar aún más la psicosis de “santidad” del infortunado Granero. Lo ocurrido la contó doña Consuelo con estas palabras: “Yo pretendía saber como se abría el mausoleo para en el futuro hacer algunos arreglos. No pensaba encontrarme con una caja de plata exactamente igual a la de Joselito. Los obreros llevaban más de tres horas intentando mover las piedras, y me pidieron permiso para levantar la tapa del ataúd. La sorpresa fue extraordinaria, pues pensaba encontrarme con un montón de huesos y vi allí aquella cara que era la suya, la misma que tenía amortajada al día siguiente de la cogida. A los obreros se les cambió el color de la cara. Palidecieron... Y yo me quedé muda. No pude resistir y rompí a llorar. Mejor hubiera sido no verlo... ”.
Lo cierto es que el hecho suscitó un gran revuelo en Valencia, tanto que la misma Iglesia valenciana presionó al Ayuntamiento de la capital para que se creara una Comisión que investigara lo ocurrido, pues toda Valencia quería elevar ya a los altares al pobre Manolo Granero. El médico forense municipal, un tal Luís Valls, reconoció que se trataba sin duda de un caso muy raro y singular, pues la incorruptibilidad de los cuerpos solía darse cuando estos eran enterrados bajo tierras calizas, pero este no era el caso.
Días más tarde y tras interrogar una y otra vez a doña Consuelo se encontró una explicación científica y lógica a este inusitado suceso. Ella misma relató que el torero fue embalsamado varias horas más tarde de su muerte en la misma enfermería de la Plaza de Toros de Madrid, para que el cadáver fuera trasladado a Valencia de manera adecuada. El embalsamamiento fue realizado por los doctores Manuel Fritz y Enrique Slocker. Doña Consuelo Granero, dio aún mas detalles sobre el asunto, pues al parecer la familia tuvo que pagar por este trabajo nada menos que la cantidad de 7.500 pesetas de aquellos años, una cantidad desorbitada para 1922, por lo que hace pensar que estos dos doctores eran unos especialistas extraordinarios que hicieron su trabajo a conciencia.
Así pues, con las explicaciones científicas que se dieron y que fueron publicadas en los periódicos locales, se fue apagando poco a poco el fulgor popular sobre la “santidad” del desafortunado Manolo Granero, que finalmente no fue proclamado “santo” por la Iglesia, pero el hecho en sí dejó pasmados durante unas semanas a toda Valencia. A pesar de todo, no deja de ser extraordinario que después de 38 años se mantuviera incorrupto e intacto el cuerpo del torero.