miércoles, 10 de marzo de 2010

REFLEXIONES Y VIVENCIAS EN TORNO AL “CURRISMO” (4ª parte)


Por El Zubi
Me van a permitir que les cuente una anécdota graciosa que me ocurrió en los tendidos de sombra de la Maestranza de Sevilla, hará unos diez años. Toreaba Curro en la Feria de San Miguel. Aquella tarde estuvo muy bien. En su primer toro estuvo inmejorable pero falló con la espada y sólo se llevó como trofeo unos ramitos de “romero” que el público le tiró desde arriba. En su segundo toro estuvo sensacional,...prodigioso, tanto con el capote como con la muleta, y aunque con una estocada no muy ortodoxa,  “cazó” al bicho  a la primera. Aquello le valió una oreja, que él recogió del alguacilillo con cierto asco y se la entregó inmediatamente a un subalterno.  Curro se mostraba alegre y feliz y comenzaba a dar la vuelta al ruedo. 
Sentado a mi izquierda había un buen amigo “currista” hasta la saciedad y sevillano de pro, al que le debo haber comprendido en Sevilla a la perfección la liturgia y las claves del “currista”. Me estoy refiriendo a Fernando Fabiani. Mi amigo y yo, durante la corrida  hablamos en diversas ocasiones de manera apasionada sobre Curro. Pues bien, cuando Curro pasaba por debajo de nuestros asientos en el tendido, por el ruedo con su ramo de romero en las manos, feliz por su triunfo, yo le comenté a Fabiani  mientras aplaudíamos,  que me daba la impresión de que Curro era un hombre feliz.  Fernando hizo un aspaviento, se separó unos centímetros de mí y  con una sonrisa de oreja a oreja y ,como si yo fuera un ingenuo idiota, me dijo así de claro: “Rafael, a Curro lo que le pasa es que está bien follao, ¿no te das cuenta…?”.  Yo me quedé algo  perplejo... y con una sonrisa asentí la grosera afirmación que mi entrañable amigo me había hecho.  Sin duda  era una conclusión llena de sabiduría e inspirada en la filosofía popular que es la más sabia. (Era la época en que Curro era novio de la bella señora Carmen Tello hoy ya su mujer). Y durante algún tiempo le di vueltas en la cabeza a esa afirmación y reflexione sobre la cuestión: “como una mujer puede tener una influencia tan importante en el devenir de un hombre, tanto para bien como para mal”. En este caso para bien, pues gracias a una mujer, a la hermosa y guapa Carmen Tello, mujer y señora ya de Curro, le debemos los aficionados y “curristas”, que Curro, felizmente enamorado, nos regalara esos últimos cinco o seis  años de arte, antes de que se retirara de los ruedos. Por eso hace años, cuando el maestro anunció a Fernando Fernández Román el 22 de octubre del año 2000 por la noche en RNE su retirada definitiva de los ruedos, experimenté varios sentimientos contradictorios a la vez. Por un lado tristeza enorme por no poder seguir soñando con el toreo con los ojos, con los oídos y el corazón. Pero por otro,  sentí una gran alegría por el bien ajeno: al menos Curro, con su edad, no va a estar expuesto a una mala cornada, y ahora con esta gran señora le esperan unos años de felicidad y tranquilidad que se los tiene muy bien merecidos.  La conclusión o moraleja de esta anécdota está en que el hombre que encuentra el equilibrio perfecto junto a una mujer, que se siente querido y amado por ella,  protegido por su cálido manto de amor, está preparado para llevar acabo las más grandes gestas. Y si este hombre es un artista y además es torero, pues puede ocurrir lo que a Curro Romero, que sus últimos cinco años de carrera profesional han sido de oro puro. Conclusión importante esta ¿no creen ustedes? Les estoy hablando de otra cosa ya distinta a los Toros. Les estoy  hablando del “Amor”.

martes, 9 de marzo de 2010

REFLEXIONES Y VIVENCIAS EN TORNO AL “CURRISMO” (3ª parte)


Por El Zubi
Pero en el “currismo” hay mas cosas, y yo hoy aquí, se las quiero contar a ustedes a ver si logro que me comprendan a fondo. A mí me enamoró la magia del capotillo y la muleta de Curro. Sus  verónicas, sus medias verónicas tan lentas, eternas a veces. Sus inesperadas “resurrecciones” cuando nadie daba ya un duro por él. Sus trincherillas electrizantes, su toreo al natural con la izquierda. Sus andares en la plaza, su concepto del vestir en el torero. Su ser dentro de la plaza y fuera de ella. Su seriedad vital. El mismo Curro le confesaba al periodista Antonio Burgos cual era su verdadera concepción del toreo: “El toreo – le decía Curro -- es sentimiento. Es acariciar. Convertir algo violento en algo bello y todo de modo muy natural. Hay que hacer las cosas como le salen a uno de lo más profundo”. Y ese saber hacer las cosas, convirtió el toreo de Curro Romero en un arte mágico y prodigioso, surgido en esos instantes de sublime inspiración del artista, en que lograba sin proponérselo parar los relojes del tiempo.
En muchas ocasiones los  detractores de Curro Romero,  han venido ha decir, como un insulto, que Curro era un torero muy irregular pues de veinte corridas toreadas, estaba bien en una o dos solamente. Y yo con tristeza pensaba que al arte no se le puede aplicar las estadísticas. El arte surge cuando tiene que surgir. Cuando se dan las condiciones precisas, en que coincidan los astros, las buenas actitudes del toro, el estado de ánimo del torero, que esa tarde no haya viento...o que no haya discutido con la suegra  y qué sé yo, ...una serie de circunstancias que hacen que al torear un torero como Curro surja esa música callada del toreo de la que  nos habló el poeta José Bergamin: “Música para los ojos del alma y para el oído del corazón”;  que es el tercer oído del que nos habló el filósofo alemán Federico Nietzche: “el oído que escucha las armonías superiores”. Bergamín también se hizo eco de un pensamiento clave de las Santas Escrituras: “Oír con los ojos, ver con los oídos”. Para mí esa “música callada del toreo” es eso,  y es otro elemento fundamental e irrepetible del “currismo”.
Yo he aprendido además con Curro, que el torero no puede prestarse a “charangas” ni “panderetas”.  El torero tiene que ser serio. Torero dentro y fuera de la plaza, como lo fue el “Guerra”, Manolete, o “Gallito”, o Juan Belmonte, y ahora, Joselito, PonceMorante de la Puebla o el maestro Luis Francisco Esplá. Lo que no puede ser es que haya toreros, que sean más conocidos por sus faenas de “bragueta” que por sus faenas de muleta. Los toreros por tanto deben ser  personas serias, con sus vidas privadas  para ellos, pero con actitudes vitales de seriedad. Porque la Fiesta se merece creo yo, ese protocolo y esa liturgia sagrada de seriedad y máximo respeto. Ese saber estar o comportarse en sociedad, no como alguien cualquiera, sino como un torero, que es señoras y señores, tal vez el oficio más difícil del mundo. Y además debe de ser  fiel a sus propias convicciones por encima de las modas imperantes o los gustos de empresarios y del público  en general. Y Curro Romero siempre fue fiel a sí mismo y no a la galería. Actitud que le propinó en muchas ocasiones malos ratos y dolores de cabeza.  Todos  estos elementos han ido conformando en mi interior,  el “canon” de cómo debe ser un torero.
 En esos últimos años de la carrera profesional de Curro Romero, yo me convertí también en un peregrino, porque  presentía que la retirada del maestro de Camas podía estar cercana, y me propuse beber con deleite esas últimas gotas del “tarro de las esencias”.
Tengo que confesar que en esos últimos  años, le  seguí a muchas partes y que aprendí muchas cosas  útiles para ser más feliz, como es por ejemplo comprender mejor las cosas de la vida. Porque  el hombre es más feliz cuanto más sabio es  y logra entender mejor las cosas de la vida. Yo creo que a lo largo de nuestras vidas estamos siempre aprendiendo a vivir, y “saber vivir”  es un arte que puede aprenderse con el tiempo aunque no todos lo logran. (Continuará mañana).

lunes, 8 de marzo de 2010

REFLEXIONES Y VIVENCIAS EN TORNO AL “CURRISMO” (2ª parte)

Por El Zubi
Como les decía ayer, el “currismo” es pues un sentimiento. Un sentimiento estético, de amor a la verdad como esencia del todo o de lo absoluto. Un sentimiento estético acompañado de una fuerte carga de estoicismo, con la que sufrir y aguantar sin variar nuestras convicciones, los fracasos con los que muchas tardes nos premió Curro en muchas plazas de España. Y estoicismo también, para aguantar y sufrir las risitas maliciosas de todas aquellas personas que nunca se tomaron en serio el concepto de la “verdad en el toreo”, y que con una o dos tardes desafortunadas del maestro encontraron un argumento fácil para burlarse cruelmente de cualquier “currista”. Ese “estoicismo”, ese espíritu de calma en el sufrimiento, de saber aguantar estoicamente las burlas de la gente y de saber esperar la llegada del júbilo ante el momento de inspiración y genialidad del “maestro” sin desfallecer, también es un elemento importante dentro de esta filosofía de la que les hablo.
Otro aspecto importante en esta filosofía del “currismo” es su “no posible ubicación” en un lugar geográfico concreto. En cierta ocasión, hace ya algunos años, me encontraba yo en Ronda, para ver una corrida goyesca, y en la reunión de personas en la que estaba, hubo alguien que me dijo a mí en un tono un tanto despectivo que cada vez comprendía menos a los “curristas”: “vosotros los sevillanos, - me dijo - es que tenéis ahí una cosa con Curro...“; como si ser sevillano y “currista” significara no tener objetividad y sí solo pasión por un mito. Naturalmente le respondí que yo no era de Sevilla, sino de Lucena (Córdoba), pero que si mi madre me hubiera parido en Moscú y yo hubiera tenido la oportunidad de ver torear a Curro como él sabía una sola vez…, seria igualmente un moscovita “currista”. A mi no me hubiera importado ser de Sevilla, de Almodóvar del Campo, o de Granada, ...o de Alicante, o de cualquier lugar, pues nadie elige a la carta el lugar donde debe de nacer. Porque ser de allí o de allá, no es ningún mérito nuestro, ni somos más o menos que nadie por ser de un lugar u otro. Mucha gente comete el error, por tanto, de ubicar el fenómeno del “currismo” a Sevilla. Es como si quisiéramos ubicar a Picasso, en Málaga, o a Velázquez en Sevilla, cuando Picasso al igual que Velázquez y Curro Romero, son tres artistas universales, de los que nadie se puede apropiar sometiéndolos a absurdos localismo o paisanajes.
No crean ustedes que el “mito de Curro Romero” me tuvo esclavizado y que me hizo perder la objetividad. No soy un esclavo ni del “mito” ni de las “religiones”. Es más, huyo de mitificar a nadie ni a nada, porque si lo miran bien, el lenguaje original del mito es simbólico y casi siempre se vale de personajes y hechos irreales o cuya realidad ha sido transformada, para los fines inspiradores de determinadas doctrinas. En pocas palabras, que los mitos son simples fraudes urdidos “ex profeso” para motivar una adhesión a algo. Por eso creo que a Curro Romero no se le puede mitificar, no necesita que se le mitifique, porque la majestad, la hondura y la pureza de su toreo, se producía cada tarde mágicamente como un milagro en los ruedos de este país, y ese hecho era algo real y tangible para los buenos aficionados a la Fiesta que hemos sabido ver y diferenciar “la verdad auténtica” de las verdades a medias. Es más, pienso que el que sea buen aficionado a la Fiesta y no haya sido “currista” es que no tiene perdón de Dios.
Se sorprenderían además si les dijera la de veces que he abroncado al “maestro” en esas tardes aciagas, más de las que hubiéramos querido todos, en las que Curro estuvo desastroso, y tras el fracaso nos decíamos: “hoy no pudo ser ¿estará acabado el maestro?... Me he reído mucho también de él. De esas estocadas “pezcuezeras”, de sus miedos en el ruedo, de sus triquiñuelas de “perro viejo”. Pero yo creo que mi admiración por el torero no está reñida con mi sentido del humor. Decía Sigmund Freud que: “el mito unido al humor libera los fantasmas de la mente”, o sea que de vez en cuando es muy sano para nuestras mentes reírnos, no solo de los mitos y los dioses, sino de hasta de nuestra propia sombra y también de la sombra de los demás. Y esto es algo que yo llevo a la práctica continuamente, seguramente porque me considero con una buena salud mental. (Continuará mañana).

domingo, 7 de marzo de 2010

REFLEXIONES Y VIVENCIAS EN TORNO AL “CURRISMO” (1ª parte)


Por El Zubi
Es un privilegio para mi hablarles hoy sobre una de mis grandes pasiones: la Fiesta de los Toros, y sobre todo lo que ése sentimiento o filosofía conocida como “currismo o romerismo” ha aportado de bueno a mi existencia. He de confesar que lo hago con gran pudor y respeto. Pudor porque les voy a abrir mi corazón de par en par, y respeto, porque torear en plazas como esta, la blogosfera universal, en la que hay tan entendidos y buenos aficionados, pues no es fácil e infunde mucho respeto.
En estos momentos quiero hacer un esfuerzo mental e imaginar los sentimientos de un torero segundos antes de salir al albero, cuando en la puerta de cuadrillas esperan la orden del presidente, con el sonido de fondo del murmullo del público en los tendidos, ansiosos de espectáculo, con la montera calada hasta las cejas, el sol de frente y el capote de seda pegado al cuerpo con la fuerza de un puño en el costado. La boca seca y un fuerte pellizco en el estómago fruto del nerviosismo. Es el miedo al resultado incierto. El miedo a lo desconocido. El miedo a esa muerte negra y con cuernos, que espera impaciente en la umbría de toriles. Algo parecido es lo que en estos momentos siento yo, salvando las distancias, así que igual que los buenos toreros, voy a parar el toro, templarlo y torearlo con el corazón abierto.
Dicho esto, debo de adelantarles que a lo largo de mi exposición, les voy a hablar lo menos posible de los valores taurinos de Curro Romero de todos ya conocidos, y mucho de mí mismo: de un ser humano sensible a las expresiones plásticas y estéticas de la Fiesta de los Toros, que es donde mejor quedan creo yo expresadas estas cuestiones de índole superior y del alma. Les voy a hablar de mis reflexiones filosóficas sobre la vida, sobre el amor, sobre la felicidad, la amistad y sobre la
“verdad absoluta” cómo el único camino plausible de un ser humano que pretende cruzar la ruta de su vida con honradez y dignidad. Todo ello, claro esta, alumbrado desde la Fiesta de los Toros y desde la fuerza espiritual que da el sentirse todavía profundamente “currista”, que para mí es un estado, como estar en “gracia de Dios” o lo que es lo mismo, en el camino de la “verdad absoluta”. He de confesar que yo fui un advenedizo en esto. Vamos que llegué a esto de los Toros un poco tarde. Aunque mi padre me aficionó a la Fiesta desde que yo era muy niño, nunca como en estos últimos años de mi vida he sentido este espectáculo como ahora, como una auténtica pasión que me llega a lo más profundo de mi alma. Digamos que el “enamoramiento” por el toreo de Curro Romero, la Fiesta y su entorno, lo descubrí hace unos veinte años. Precisamente cuando vivía en Granada, donde tuve una actividad como aficionado taurino muy febril, ya que incluso llegué a ser uno de los socios fundadores de la Peña Taurina “Frascuelo”. Allí fue donde descubrí el arraigo profundo y certero que esto de los “Toros” tiene en nuestra idiosincrasia y en nuestro ser cultural. Dice el refrán que “más vale tarde que nunca”, y al menos, estarán de acuerdo conmigo, en que con el paso de los años, ya estoy dentro de esta familia de lo taurino, con pleno derecho, pues ejerzo como crítico taurino de la revista “La Montera” desde hace ya catorce años.
Fue en aquella Peña Taurina ”Frascuelo” de Granada, donde conocí a un hombre mayor, que se llamaba “Pepín Pérez Siles”, que por desgracia murió hace unos años, con el que me gustaba mucho hablar y que era un auténtico
“peregrino” de Curro Romero. Pepín era ya un jubilado septuagenario cuando yo le conocí, que no se cansaba de contarme que había bautizado a su último nieto envuelto en un capote de seda que le regaló hacía muchos años Curro Romero. Me llamó la atención como una persona de su edad (unos setenta años, con hijos mayores y varios nietos), podía sentir una fe tan ciega hacia el hacer de Curro Romero y tener a su edad una ilusión tan fuerte por algo. Él me lo fue explicando todo de manera muy sencilla y trasmitiéndome sus sentimientos y conocimientos, y yo... sin darme cuenta, un buen día comprendí que me había convertido en un “currista” sin remedio, como él. Después el destino me llevó a Sevilla y allí encontré algunas claves para comprender aun mejor este fenómeno sentimental que se había producido en mi interior.
El
“currismo” es en su esencia, ni más ni menos, un sentimiento estético. Don Miguel de Unamuno decía que: “Los sentimientos son pensamientos en conmoción” y la emoción del toreo, tanto para el que lo hace como para el que lo ve, nace de ese sentimiento conmovido. He leído también, como Joselito “El Gallo” decía que: “En el toreo se puede aprender todo menos eso, menos el sentimiento, porque eso es un don que cada uno trae al mundo y el que no lo trae no será nunca un torero de verdad”. Y yo creo, que Curro Romero ha sido uno de esos toreros que lo han sido de verdad, y por suerte o por desgracia hoy en día hay muy pocos toreros de verdad. Lidiadores muchos, pero toreros de verdad, son aquellos a los que se les llama, yo creo que con desdén y mal definidos: “artistas”. Pienso que por la misma regla de tres, a los que no lo son se les debería de llamar “lidiadores”, que es una cosa muy distinta. (Continuará mañana).

sábado, 6 de marzo de 2010

“MANUEL BENITEZ, EL V CALIFA… POR FIN CORDOBA HIZO JUSTICIA”


Por El Zubi
Fue en la Feria de Mayo del año 2004 cuando me enteré de la noticia de que el Ayuntamiento de Córdoba iba a otorgar institucionalmente a Manuel Benítez “El Cordobés” el título de V Califa del Toreo, y he de confesar que sentí una inmensa satisfacción interior por ello, ya que desde las páginas de la revista La Montera yo he venido defendiendo desde hace años esa concesión ya que soy de los que piensan que Córdoba tenía una deuda histórica con este hombre.
Desde entonces he leído y oído opiniones de todos los gustos: que si el Ayuntamiento no es quien para conceder estas distinciones sino que es el sentir popular el que pone a un torero en ese pedestal. Otros dicen que Manuel Benítez no da el perfil perfecto para este título, y otras opiniones indolentes de aficionados a los que lo mismo les da que les da lo mismo cualquier cosa. Pues miren ustedes, mi opinión es que la iniciativa del Ayuntamiento de esta ciudad ha sido acertadísima, pues denota que la que en su día era alcaldesa de la ciudad, Rosa Aguilar y los miembros de la Corporación que la secundaron, tienen sensibilidad, cultura y memoria histórica para reconocer unos méritos de sobra acumulados por este inmenso torero. Una sensibilidad y cualidades no demostradas por otras Corporaciones Municipales anteriores, que no solamente no le reconocieron a Manuel Benítez lo que de sobra le corresponde, sino que además cometieron la torpeza y desfachatez, de pagarle a este hombre lo mucho que Córdoba le debe, con humillaciones y malos tratos.
Soy de los que piensan que los hombres debemos de escupir de nuestras almas la soberbia y el orgullo, la ira y el odio, y que hay que perdonar siempre, aunque no se deben de olvidar las cosas. A mi no se me olvida el dolor que me produjo, a mi sensibilidad como aficionado y admirador de El Benítez, aquella detención por un “supuesto” y ridículo escándalo público y los malos tratos causados al torero en los calabozos municipales donde se le desnudó y se le trató como si fuera un delincuente o un perro rabioso. Unos hechos que fueron noticia en todo el mundo y que a mí me hicieron sentir una tremenda vergüenza, inmensa tristeza y pena por la gran injusticia que se cometió en aquellas fechas con esta gran persona que es Manuel Benítez, unos hechos que a partir de ahora prefiero ya olvidar.
Y digo todo esto porque el torero Manuel Benítez “El Cordobés”, no solo ha sido un “dictador” mas que un “revolucionario” en la historia de la Tauromaquia (como dice mi sabio y buen amigo Rafael Salinas), sino que no me cabe ninguna duda de que, hasta la presente, ha sido el torero que más ha mandado en la Fiesta de toda la historia del toreo. Tengamos memoria histórica, y recordemos las “procesiones de empresarios” a Villalobillos, sus incontables triunfos por todo el mundo, su manera de estar en una plaza de toros, su concepción revolucionaria del toreo y el resplandor que a la palabra “Córdoba” dio este hombre en todo el universo como si fuera un aleteo de estrellas en el firmamento. Ni Lagartijo, ni Guerra, ni Machaquito, ni Manolete, mandaron tanto como Benítez en la Fiesta. ¿Por qué ha tardado esta ciudad tanto tiempo en reconocerle todo esto?... seguramente porque él es un hombre sencillo que en vez de irse a vivir a Miami como las grandes estrellas, prefirió pasar su vida cerca de los suyos en su casa, en su tierra y compartir con muchos lo mucho que tiene ganado con su sangre exponiendo miles de veces su vida. Defectos tenemos todos, pues humanos perfectos aun no los conozco, y por tonterías y un “quítame de ahí esas pajas” no se le puede negar a este hombre, que es un “monstruo” del toreo (el V Califa y segundo “Monstruo” después de Manolete), el reconocimiento que por justicia merece. Por eso tampoco entendi como el Ayuntamiento no le ha concedio ese año el Trofeo Manolete a este hombre, después de haber cortado los máximos trofeos y haber sido el triunfador indiscutible de la pasada Feria de Mayo. Pero en fin... allá cada cual con su conciencia, pues la historia nos pondrá a cada cual en su sitio.
Lo cierto es que hoy tiene plena validez aquel dicho de “más vale tarde que nunca”, y Manuel Benítez “El Cordobés” es ya el V Califa de Córdoba, y yo me siento muy satisfecho y feliz por que por fin se haya hecho justicia con él. Y al que no le guste pues que no me lea… ¿no creen ustedes?... Pues eso.

(Manuel Benítez “El Cordobés” fue nombrado “V Califa de Córdoba” en un acto institucional organizado por el Ayuntamiento de Córdoba en el mes de octubre de 2004. El acto fue presidido por la que en aquellos días fue alcaldesa de la ciudad, doña Rosa Aguilar).

viernes, 5 de marzo de 2010

“CÓRDOBA TENIA UNA DEUDA CON MANUEL BENITEZ”


Por El Zubi
Hace años que me preguntaba por qué la ciudad de Córdoba no le había otorgado aún a Manuel Benítez “El Cordobés” el título de “V Califa del Toreo”. Es un reconocimiento, una deuda que la ciudad aún tenía pendiente con él, y daba vergüenza ver como iban pasando los años y a penas nadie decía ni pio. “El Cordobés” se merecía ese título más que ningún torero cordobés en los últimos sesenta años e hizo méritos más que sobrados para ahora, mientras que está vivo, tuviera este homenaje por parte de su ciudad. Ignoraba quien o quienes eran los que concedían este reconocimiento. Imaginaba que no era ninguna institución oficial, sino el pueblo llano y su memoria, pero en todo caso seria una pena que este reconocimiento le hubiera llegado a este gran torero dentro de sesenta o cien años, cuando todos los de ahora seamos ya calvos.
Hace unos años, en mi retiro veraniego y de playa, leía el libro de la colección “La Tauromaquia” recién publicado por Espasa Calpe, “Lances que cambiaron la Fiesta” de Santi Ortiz, y me alegré al comprobar como ya, en los libros de historia de la tauromaquia estaban poniendo a Manuel Benítez “El Cordobés” en el sitio que le corresponde aunque Córdoba no quisiera enterarse. En el citado libro, Santi Ortiz dedica gran parte del último capítulo al ciclón de Palma del Río. Este libro está escrito de una manera ingenua y pedagógica. El planteamiento literario es el de navegar desde los orígenes de la tauromaquia hasta nuestros días, a través de la castiza e interesante conversación de dos viejos aficionados: el sastre Jacinto Rabanales y un catedrático de literatura jubilado, Juan Barrera. Ambos recorren con su conversación la historia de la Fiesta, recreándose en aquellos toreros que fueron un hito histórico en el toreo. Reproduzco aquí un pequeño párrafo a modo de botón de muestra, que resulta de lo más ilustrador:
RABANALES.-- Hombre... Es que creo que ya va siendo hora de situarnos en el tiempo del último torero de época. En el del último Califa del toreo...
JUAN.-- Pues en Córdoba hay quien le niega el título...
RABANALES.-- Papanatas hay en todos sitios.
JUAN.-- Papanatas, no... se lo niegan porque nació en Palma del Río, y, según dicen, para aspirar al califato hay que ser del mismo Córdoba.
RABANALES.-- Eso son pamplinas. Para ser Califa lo que hay que hacer --naciendo en Córdoba o en su provincia-- es mandar en el toreo como Lagartijo, Guerrita y Manolete, o como llegó a hacerlo este Cordobés. Además, a los detractores que se lo niegan se les ve el plumero.
JUAN.-- ¿Por qué lo dice?
RABANALES.-- Porque son los mismos que querían otorgarle el titulo a Finito, que siendo buen torero, no tiene fuelle ni para ser emir, y además... ¡nació en Sabadell!
.....
La conversación sigue y Rabanales y Juan ponen a Manuel Benítez “El Cordobés” en su sitio dentro de la historia de la Tauromaquia, junto a Juan Belmonte, Manolete y Guerra, porque con su estilo heterodoxo genial que rompe con lo establecido arrolló a todos los de su época: a Antonio Ordoñez, Bienvenida, Diego Puerta, Curro Romero, El Viti, Paco Camino, etc... Pudo con todos. Con una extraordinaria personalidad y un valor espartano. Llenó las Plazas, mandó en la Fiesta y además creo escuela. Si Belmonte, por lo que fuera cambió el destino de la fiesta arrimándose al toro, “Benítez” se arrimó a los toros hasta darle con los muslos en los cuernos, llevándolos muy bien toreados y ligando series magníficas con esa muñeca prodigiosa con que Dios le premio. No olvidemos todos una cosa muy importante: nosotros los aficionados podíamos negarle ahora a este hombre algo que es suyo por derecho propio, pero en su época, siempre obtuvo el respeto, el reconocimiento y admiración de los toreros, que son los que de verdad aprecian en toda su dimensión todo lo que hacia aquel ciclón con flequillo, que logró ilusionar a todo un país que vivía sumido en la tristeza de una dictadura. Córdoba tenía una deuda pendiente con “el Benítez”: reconocerle sin titubeos que es el V Califa del toreo, junto a Lagartijo, El Guerra, Machaquito y Manolete. No lo duden, porque lo que él hizo, hecho está y no lo cambian opiniones de nadie. El tiempo me dio la razón.

jueves, 4 de marzo de 2010

2002: “QUIEN TUVO... RETUVO”. LA ÚLTIMA RETIRADA…


Fotos de Ladis. Sacadas de la revista "La Montera".

Por El Zubi

La despedida de Manuel Benítez “El Cordobés” fue sin duda para mí lo más destacable de aquella Feria de Córdoba del 2002. Su presencia en el ruedo siguió irradiando espectáculo, emoción y diversión, como producto de su tremenda y seductora personalidad, de esa complicidad que sabe mantener con el público, y lo que es más importante, lo que le falta al toro se lo puso él. Lo de "el Benítez" fue un caso único e irrepetible en la historia de la Tauromaquia.
Lo cierto es que en esto de torear, la disposición de los toreros en el ruedo es algo fundamental y lo que marca las diferencias, al margen de las cualidades personales de cada uno. El día anterior a la despedida de El Cordobés, vimos en el coso de Los Califas a un par de toreros amargados y tristes (me refiero a Morante y a Finito, que no a José Luis Moreno), no sé sí porque tenían a alguien de la familia malo o porque encontraron un atasco grande al ir hacia la plaza o es que estaban cansados y con la digestión mal hecha…o simplemente habían discutido con la suegra... Toreros que no ponen nada de su parte ante un toro con dificultades, no arriesgan, no educan al toro y dicen para sus adentros: “como tu no embistas yo no voy a mover ni un dedo”. Lo cierto es que los toros eran iguales de mansurrones que los del día siguiente y Manuel Benítez “El Cordobés” salió a la plaza alegre, seguro, como si le hubiera tocado la lotería, se hubiera casado de nuevo o se hubiera comprado un automóvil nuevo y otra finca, derrochando ilusión y ganas y lo demostró en el ruedo, con el segundo de su lote. Con 66 años, este veterano torero sigue teniendo intacto su mejor tesoro, el valor, la personalidad y muchos “cojones” (con perdón de la palabra) pues se jugó la vida varias veces con un mérito extraordinario. Estuvo por encima de sus dos toros. Al segundo de su lote le sacó todos los pases que no tenía y le dio alegría a su faena. En un par de ocasiones fue casi una máquina de cortar en rodajas de mortadela al mansurrón “juenpedro”. Actitudes estas que muchos jóvenes toreros deberían de adoptar. Debo de confesar que siempre fui “cordobesista” y que el pasado 1 de junio disfruté muchísimo, pues “El Cordobés” por momentos me quitó a mí y a mis amigos treinta años de encima. A esta despedida acudí a Los Califas con mis amigos de la infancia de Lucena: Aurelio García Álvarez, Manolo García Tubio y Rafalin Montes Torres. “El Cordobés” consiguió emocionarnos a todos, incluso a mi amigo Aurelio, que es muy purista y muy exigente en esto del toreo, no podía disimular la emoción del momento con una risilla nerviosa que le traicionaba. Y es que “el Benítez” es mucho “Benítez” y a pesar de los años sigue conservando intacta toda su personalidad, solo que ahora el “salto de la rana” lo hace mas torpemente que antes. Pero yo también estoy ya canoso, "calvereta" y hasta barrigón, amigo mío, que los años pasan para todo el mundo igual. Sin embargo el que “tuvo retuvo” y “El Cordobés” sigue teniendo la fuerza de un ciclón. Por eso creo que se merece no sólo el V Califato sino el VI y VII, porque en la historia del toreo ha marcado un hito tan importante como lo marcó Manolete, Guerrita, Belmonte o Joselito El Gallo. Gracias Manuel Benítez por haber sido torero de Córdoba y por haber hecho que nos sintamos tantas veces orgullosos de ser cordobeses. Gracias por habernos dado tantos ratos de felicidad y emoción. Qué vivas muchos años más con la vitalidad que todavía tienes.

miércoles, 3 de marzo de 2010

LAS CLAVES SOBRE LA TAUROMAQUIA DE MANUEL BENITEZ “EL CORDOBES” (y 3ª parte y última)


Por El Zubi
Pocos críticos se explicaban como en la azarosa vida de “El Cordobés”, salvo leves casos, salió siempre indemne del tráfico terrestre. En los ruedos, donde practicó suertes inverosímiles y arriesgadas, apenas sufrió una docena de cogidas de las que sólo menos de la mitad pudieron calificarse como verdaderamente graves.
¿Qué es lo que lleva dentro de sus entrañas este monstruo intocable? Porque... si lo miran bien, fue respetado de manera inverosímil por la tierra y el mar, los cielos y las fieras y hasta por los inevitables enemigos personales que en aquellos años los tuvo a docenas. Sin duda, Manuel Benítez tuvo una mágica estrella a favor, lo que los terrenales entendemos como “suerte” o una “flor en el culo”. En el ámbito de su oficio estuvo dotado de una extraordinaria intuición e inteligencia natural, para discernir con toda claridad los terrenos propios y los del enemigo. Esa fue otras de las claves de su éxito. Además de la buena estrella que le permitió escapar indemne de los infinitos peligros que en cada plaza, en cada viaje y en cada esquina le acecharon. La característica personal más importante que tuvo fue su fondo, su aguante, su indomable perseverancia en la tarea que se impuso desde un principio: torear mucho y sin descanso. Su “extraterrestre” resistencia física le hizo permanecer indiferente vestido de luces, sin distraerse ante otras cosas y tentaciones que la vida ofrece a estos héroes a cada paso: me refiero a las mujeres. Nada ni nadie pudo con él. Nadie se le resistió. Pudo con todos sus compañeros, con los empresarios, apoderados, públicos difíciles... juntos y por separado, hasta vencerlos uno a uno y a todos juntos.
El diestro de Palma del Río, tuvo además la inmensa fortuna de surgir en el momento preciso, cuando los públicos estaban abúlicos del panorama que había en la Fiesta en aquellos años. Unos años en que este país era pobre y estaba triste, pues sólo unos pocos años antes había salido de una dramática guerra civil. Un país que puso en un pedestal a un hombre que era pobre de solemnidad y que con su audacia, tenacidad, perseverancia y arrolladora personalidad, se convirtió en el modelo ideal a seguir de todo un país que tras él, también deseó ser torero de buena estrella. Coincidió además con la aparición en este país de un fenómeno social nuevo: el turismo. En 1960 se registran ya en España más de seis millones de visitantes, de los que más de dos millones proceden del Midi francés, muy interesados por la Fiesta. Esto hace que proliferen en estas décadas (60 y 70) la construcción de nuevas plazas de toros en localidades de veraneo: Lloret de Mar, San Feliú de Guixols, Palamós, Benidorm, Marbella, Fuengirola, Benalmádena. Incluso la Feria de Málaga aumenta el número de espectáculos taurinos. Y todo ello ocurre por la irrupción de este hombre en la Fiesta de los Toros.
Hay otro aspecto de este maestro de la Tauromaquia que por emotivo y humano, yo no quiero obviar y que es justo reseñar. Personajes “galácticos” con menos méritos que él, se han subido a la parra de la fama, con escoltas, guardias personales, se han endiosado dentro de sus “castillos de naipes”. Nada de eso le ha ocurrido a este ser humano extraordinario que es Manuel Benítez “El Cordobés”, que siendo una de los personajes más famosos que hubo a nivel mundial, jamás olvidó su cuna humilde. Una cuna que le llevó y le lleva siempre por los caminos de la humildad, la sencillez y la bondad como ser humano. En vez de vivir en mansiones en Miami o en algún lugar del mundo reservado para los “galácticos”, Manuel Benítez optó por vivir aquí en Córdoba, en su tierra, cerca de los suyos, de sus amigos y de su gente como un ser humano normal y corriente. Este gesto vital suyo, que muchas veces no ha sido comprendido ni observado y valorado por esta ciudad, le ennoblece y lo humaniza, y desde mi punto de vista le convierte aun más en un “héroe legendario”.
¡Cuánto te echamos de menos, Manuel, los aficionados a la Fiesta! ¡Ojalá surgiera en estos años un “Cordobés” como tú! Pues falta le hace a la Fiesta en estos momentos, ya que se ha convertido en un espectáculo aburrido e irritante: toros sin fuerza, toreros acomodados en las poltronas y que no arriesgan nada a pesar de que saben torear, empresarios desaprensivos y ganaderos peseteros que sólo piensan en el dinero fácil y públicos “feriantes” que sólo quieren ver a las “figuritas” en sus carteles, dejando a un lado a los toreros valientes que arriesgan y se juegan la vida en las pocas corridas que se les ofrece.
Por eso yo quiero con mis humildes palabras, tributar un merecido y humilde homenaje a un hito del toreo. Los buenos aficionados cordobeses y del mundo no te olvidamos. Dios te guarde todavía muchos años de vida, “Califa”... y nosotros que lo veamos.

martes, 2 de marzo de 2010

LAS CLAVES SOBRE LA TAUROMAQUIA DE MANUEL BENITEZ “EL CORDOBES” (2ª parte)


Por El Zubi
La irrupción de Manuel Benítez “El Cordobés” en la Fiesta yo creo que pilló con el paso cambiado a los críticos taurinos y a la prensa de aquella época en general. No tenían capacidad histórica para entender la trascendencia de su toreo, al que llamaban “tremendista”, “encimista” y lo criticaban con cientos de calificativos que todos hemos oído y que no pienso hoy repetir aquí por falsos y equivocados. Hoy, con el paso del tiempo, vemos cómo esos críticos taurinos hicieron el ridículo más espantoso en la historia del periodismo taurino. Ellos estaban acostumbrados a unos conceptos clásicos y artificiosos del toreo y no supieron entender este nuevo concepto del toreo. Yo creo que los periodistas de aquellos años, por su afán de ponerle etiqueta a todo sintieron con angustia que este nuevo toreo que mostraba “El Cordobés” no lo tenían incluido en su catálogo y como era algo nuevo y revolucionario, en vez de ponderarlo lo menospreciaron erróneamente. Porque Manuel Benítez era distinto a todos los toreros del momento. Llegó a la Fiesta mostrando su aplastante personalidad: sin riesgo no se concibe este espectáculo y la sensación del peligro ennoblece a la Fiesta y la hace más auténtica y es lo que él hizo: arriesgar cada tarde, y lo hace aun ahora cuando a veces se pone delante de un toro.
Manuel Benítez fue consciente de sus posibilidades y de sus carencias e hizo uso de unas y desuso de otras, apoyándose en su valor natural y complementándose con un carácter personal y una inteligencia privilegiada. Trajo una nueva forma de hacer el toreo, sin duda por la influencia de su temperamento. Se quedó quieto, se clavó en la arena haciendo girar al toro en torno a él y rompió con todos los moldes de colocación y distancias que se concebían en esos años. Si la clave de la Tauromaquia de José Gómez “Gallito” fueron sus piernas, y la de Juan Belmonte sus largos brazos, la clave de la Tauromaquia de Manuel Benítez fue su juego de muñeca complementada por una cintura prodigiosa.
Si en aquellos años Antonio Ordoñez era el arte personificado, “El Cordobés” fue la personificación del valor. Frente a la suavidad y el temple de Ordoñez aparece una mano izquierda prodigiosa, una muñeca poderosa, mágica y tremendamente eficaz, acompañada de un juego de cintura inverosímil. Virtudes que le llevaron sin duda al éxito absoluto, destrozándole la moral a los “anticordobesistas” a los que le amargó la vida para siempre, pues no hubo quien le apease de su pedestal de gloria. Porque en este mundo del toro, quien llena la plaza es el único que debe de llevarse a casa la bolsa del millón (de entonces), y los demás son meros comparsas. Mientras Manuel Benítez ganaba por corrida un millón de pesetas, las empresas pagaban la mitad o menos a los toreros artistas del momento. Supo domesticar a los empresarios más encopetados de aquellos años, en colectividad y por separado, como lo demostró cuando la famosa almohada y la procesión empresarial a Villalobillos. En pocas palabras, Manuel Benítez los trajo a todos al retortero. De lo que se deduce que este hombre es un torero irrepetible en la historia de la Tauromaquia.
Si poca guerra le dieron a “El Cordobés” los toreros veteranos de la década de los sesenta (me refiero a Ordoñez, Bienvenida, Luis Miguel Dominguín,...) tampoco se la dieron los toreros de los setenta: ni Paco Camino, ni El Viti, ni Manolo Vázquez, ni Curro Romero, ni Diego Puerta, ni Antoñete, ni Jaime Ostos, ni Miguelín, ni Sebastián Palomo “Linares”... ninguno pudo con él. Los agoreros decían que este torero era “flor de un día”, una moda del momento que pasaría de un año a otro. El tiempo se ha encargado de mostrarles su gran equivocación y ha puesto a cada cual en su sitio.
La explicación de esa realidad y de ese éxito arrollador, puede residir en la monotonía que practicaban todos esos toreros “artistas” citados y en su cómodo paso profesional frente a la terrible peripecia de “Benítez” en su deslumbrante carrera. Frente al “guante blanco” de los demás toreros, “El Cordobés” era la “garra”. Era la monotonía irritante, el “sota, caballo y rey” frente a la rebeldía, el espectáculo, la entrega, la emoción y lo novedoso. La masa disfrutaba con el toreo y la personalidad rebelde y desafiante de Manuel Benítez, mientras que la cátedra bostezaba ante sus ídolos artistas. Si los dos Antonios (Ordoñez y Bienvenida) marcaban la norma, “El Cordobés” era el vendaval. Si Camino y Puerta señalaban el tono, él era la nota discordante, y si Curro Romero era el sabor y la hondura, Benítez era el valor desmedido, y esto... gustaba a rabiar a los públicos de todo el mundo.
Muchos críticos, toreros, empresarios y aficionados clasicistas esperaban su pronta caída del pedestal, pero esta nunca llegó, porque este hombre siguió en su carrera como manzana de la discordia, colocándose como pilar indiscutible del espectáculo de los toros y la Fiesta, y ustedes saben que la Fiesta de los Toros o es espectáculo o no es nada. Recuperó por tanto para las plazas a los públicos huidizos y aburridos de aquellos años de principios de los sesenta. Hizo que se dispararan en vertical hacia arriba los honorarios de los demás toreros y fue el trampolín de la escalada económica de este sector hasta nuestros días. (Continua mañana).

lunes, 1 de marzo de 2010

RAFAEL REYES, NUEVA ESPERANZA TORERA CORDOBESA


Ayer, Día de Andalucía, se celebró en Estepona el II Encuentro de las Escuelas Taurinas de Andalucía, en el Festival Taurino que se dio por la mañana, participaron siete chavales de las distintas escuelas que lidiaron otros tantos becerros de la ganadería de Santa Teresa.
Por la escuela de Córdoba, participó el joven de 16 años Rafael Reyes que superó con creces el nerviosismo de su debut en público y de matar un becerro por primera vez.
Con las carencias lógicas de todo el que empieza, Rafael estuvo muy bien. Con el capote y con la muleta arrancó fuertes ovaciones del público asistente. Se le vió sereno ante la res y sabiendo lo que se traía entre manos. Mató de una estocada y descabello y paseó triunfante las dos orejas de su enemigo, saliendo de la plaza a hombros.
Nos congratulamos del éxito de este joven alumno de la escuela cordobesa, hijo de un prestigioso aficionado, Cristóbal Reyes, de abundante historial taurino. Fue fundador de la Tertulia Taurina La Montera, de la que llegó a ser Presidente y actalmente ostenta el cargo de Secretario en la Federación Provincial Taurina de Córdoba.
Al padre y al hijo paciencia y a la madre de Rafael, paciencia que esto del toro es una profesión muy dura.

LAS CLAVES SOBRE LA TAUROMAQUIA DE MANUEL BENITEZ “EL CORDOBES” (Parte 1ª)


Por El Zubi
Era yo apenas un chaval de diez años cuando vi por primera vez en persona a Manuel Benítez “El Cordobés”. Fue en la puerta de la Plaza de Toros de Lucena, una tarde a principios de mayo de 1962. Aún era novillero y recuerdo que junto a otros muchos niños nos agolpamos en la puerta de la antigua Plaza de Toros de Lucena, para ver entrar al torero, que ya en aquellos días era un fenómeno de masas. Iba vestido con un traje blanco y plata, y recuerdo con envidia que un policía municipal de Lucena, que se llamaba “Calvillo” y que representaba la autoridad allí, lo saludó al entrar a la Plaza y le dijo: ¡suerte Manolo”, como si lo conociera de toda la vida. Aquel día sentí una envidia enorme de aquel humilde y presuntuoso policía municipal de Lucena, por haber estrechado la mano del héroe y me sentí desgraciado por no poder entrar a la plaza y verlo torear. Casualmente y por desgracia, que todo hay que decirlo, fue aquel el último espectáculo que se celebró en el coso taurino de Lucena, pues ya en esas fechas estaba casi en ruinas, y supe años después que ese último espectáculo se celebró con temor por parte de las autoridades, pues no sabían si el edificio iba a soportar la gran cantidad de público que “El Cordobés” concitó en Lucena. Años mas tarde, cuando ya tenía 16 años, me saque la espina, pues mi padre me llevó desde Jaén (donde yo estaba interno en el Colegio de los Hermanos Maristas) a Granada a ver torear a “El Cordobés” ya como matador de toros consagrado, número uno indiscutible, a la Feria del Corpus de Granada. Aquel día mandó a una plaza de Granada llena a rebosar, directamente al manicomio, cortando cuatro orejas y dos rabos y poniendo el mundo y hasta la Alhambra boca a bajo.
Si esos eran mis sentimientos cuando era joven imagínense cuales son ahora. Sigo sintiendo una profunda admiración por este extraordinario torero que gracias a Dios, la historia ha puesto ya en el pedestal de la Tauromaquia que le corresponde. Así que hoy es para mi una inmensa satisfacción dirigirme a ustedes para hacerles un boceto de lo que creo que ha sido Manuel Benítez en la Tauromaquia. De tal modo que este acto es para mí casi como un sueño. Un sueño que se me cumple después de casi cuarenta años de espera.
He dicho en alguna ocasión que yo no soy esclavo ni de mitos ni de religiones. Es más huyo de mitificar a nadie ni a nada, y hoy tampoco lo voy a hacer con Manuel Benítez “El Cordobés” ya que no lo necesita, pues sólo la muerte por hasta de toro convierte en mito a un torero. La inmortalidad de su Tauromaquia queda en la historia por los meritos que mereció mientras estuvo en activo. No lo quiero mitificar además, porque si lo miran bien, el lenguaje original del “mito” es un lenguaje simbólico y casi siempre se vale de personajes y hechos irreales o cuya realidad ha sido transformada para los fines inspiradores de determinadas doctrinas. En pocas palabras, que los mitos son simples fraudes urdidos “ex profeso” para motivar una adhesión a algo que difícilmente pueda existir.
Por eso creo que a “El Cordobés” no se le debe mitificar, no necesita que se le mitifique, porque la fuerza, la rebeldía, la entrega, el tirón, la personalidad aplastante, su fuerza de comunicación con los públicos y la autenticidad de su toreo, se produjeron y se producen cada tarde como un milagro cuando se viste de luces y pisa cualquier albero, pues él con su personalidad aplastante lo llena todo, y ese hecho ha sido y es algo tan real y tan tangible para los buenos aficionados a la Fiesta que sabemos discernir entre lo verdadero y lo falso, y por tanto no necesita ser mitificado. Creo además, que aun hoy en día no tenemos todavía la perspectiva y el prisma que el tiempo da a los personajes para enjuiciarlos justamente para la historia. Lo hecho en la Historia del Toreo por Manuel Benítez “El Cordobés” fue tan grande, tuvo tanta trascendencia y tal tirón en el mundo, que se me antoja a mí que aun hoy no podemos calibrar en su justa medida la importancia que este hombre tuvo en la Historia de la Tauromaquia, porque lo que él hizo no lo hizo nunca antes ningún torero en la historia. Donde él llegó y la revolución que su toreo supuso fue tan inmensa que no sé si nosotros que somos contemporáneos a su vida y a su carrera como torero, tenemos la objetividad que da la historia a las personas. No obstante, podemos basarnos en esos hechos insólitos de los que hemos sido testigos directos para saber que nunca ha habido un torero con esta personalidad, de tanto tirón, ni que haya llegado más lejos que él. Nunca ningún torero mandó mas que él en la Fiesta y estas cosas si las valoramos debidamente, con objetividad y justicia, y hace que pensemos que aun tenemos entre nosotros a uno de los toreros mas grande que ha dado la historia. (Continua mañana).

domingo, 28 de febrero de 2010

“MORENITO DE VALENCIA” MURIÓ EN GAUYAQUIL (ECUADOR), DE UNA GRAVISIMA CORNADA EN EL VIENTRE


Por El Zubi
Aurelio Puchol “Morenito de Valencia”, fue un matador de toros nacido en Aldaya (Valencia) el 26 de marzo de 1914. Murió con 39 años toreando en Guayaquil (Ecuador), cuando un toro de la ganadería de Lorenzo Tous le propinó una fortísima cornada en el vientre un 11 de octubre de 1953.
Aurelio Puchol se formó como novillero toreando en las plazas de la zona de Levante y Cataluña en las que tenía cierto prestigio. Se presenta en Madrid como novillero en agosto de 1939 junto a Cecilio Barral y Luis Mata, aunque antes en Marsella el 25 de octubre de 1936, hizo la pantomima de tomar una falsa alternativa de manos de El Estudiante. Su mejor temporada fue sin lugar a dudas la de 1940, lo que le empujo para decidirse a tomar la alternativa en serio pronto, cosa que hizo en Valencia un 21 de julio de 1941, de la mano de Juan Belmonte Campoy, actuando de testigo Manuel Martín Vázquez, con ganado de Vicente Charro. En 1943 participa en 17 corridas de toros, el año que más actuaciones sumó pues desde ahí su carrera fue descendiendo como un rayo, hasta tal punto que tres años más tarde torea sólo en tres ocasiones. Mal viviendo pasa en España cinco años más, entrenándose durante los inviernos en ganaderías salmantinas, en Matilla de los Caños, hasta que decide marcharse a probar suerte en América. En estos años además tuvo graves percances en los pocos espectáculos taurinos en los que tomó parte, como el ocurrido en Vinaroz en 1942 en que un toro le metió el cuerno por la axila derecha o la cornada recibida en Valencia (Venezuela) en 1949 que le atravesó el muslo.
En 1948 el infortunado “Morenito de Valencia” decide irse a América a buscar lo que precisamente su patria le niega: contratos para torear, y lo que son las cosas, ya no volvería más a su tierra pues allí se dejó la vida. Pasa unos años en Colombia y Venezuela toreando con cierto éxito. El 11 de octubre de 1953 lo contratan para torear en la Plaza de Toros de Guayaquil (Ecuador) con ganado de don Lorenzo Tous, y en el segundo de su lote, cuando toreaba de muleta, quiso adornarse dando un pase de rodilla, con tan mala fortuna que el toro le dio una cornada seca en el vientre espectacular con salida de los intestinos. Una cornada tan fea que él público de la plaza quedó muy impresionado, y aunque no se suspendió el festejo, los tendidos comenzaron a quedarse vacíos. La cogida fue tan grave que Aurelio Puchol murió a los pocos minutos de llegar a la clínica donde fue conducido a la carrera desde la Plaza de Toros.
Aurelio Puchol “Morenito de Valencia” fue lo que se dice un torero del montón, currante y peleón, que tenía oficio y facilidad para torear pero estaba falto de arte y de esa chispa comunicativa que todos los toreros deben de tener para emocionar al público con sus faenas. Además cometió el grave error de no tomar la alternativa en la Plaza de Madrid, cuestión esta que le cerró mucho las puertas del éxito y le perjudicó de manera evidente en su carrera. Para definir en pocas palabras el estilo de este desafortunado torero, se podría decir que su toreo era vulgar aunque ejecutado con conocimientos y buen sentido, lo que hacia que el resultado fuera poco brillante.

sábado, 27 de febrero de 2010

“A FAUSTINO POSADAS UN MIURA LE PARTIÓ LA TRAQUEA”


Por El Zubi
Faustino Posadas Carnerero, fue un novillero nacido en Sevilla el 9 de noviembre de 1884, que murió con 23 años en la Plaza de toros de Sanlúcar de Barrameda (Cádiz), un 18 de agosto de 1907. Un novillo de Miura le dio una cornada en el cuello que le partió la tráquea.
Faustino Posadas era hijo de un guarda de Tablada y a los catorce años, tras acompañar desde muy pequeño a su padre al campo, se hizo también guardia nombrado por el Ayuntamiento. Como desde pequeño tuvo contacto con las reses bravas decidió a los 17 años ser torero y abandonó el oficio de su padre. Se vistió de luces por primera vez en Zufre (Huelva) el 10 de septiembre de 1901, alternando con Antonio Pazos. En 1902 formó parte de la cuadrilla de los niños toreros junto a Fernando Gómez “Gallito”, y para tal ocasión se presentó en Sevilla con el nombre de “Currito”, apodo que no volvería a utilizar más. El año siguiente se metió como banderillero en la cuadrilla de “Bonarillo” y lo pasó toreando en Lima. A la vuelta de América centra su carrera como novillero y comienza a obtener grandes éxitos sobre todo en Sevilla y en Madrid, como los cosechados en 1906. Posadas había encontrado la madurez profesional y llegado 1907 pensaba tomar la alternativa en Sevilla a finales de temporada.
Fue Faustino Posadas un torero inteligente y artista que manejaba muy bien tanto el capote como las banderillas y la muleta, y era muy aseado en todas las suertes ya que sabía llegar al público con sus bonitos adornos. Además paraba mucho a los toros y esto le daba a su toreo una gran emoción. Fue un seguro estoqueador y hubiera sido sin duda un extraordinario matador de toros de no haberle truncado la vida un novillo de Miura.
Esto ocurrió el m18 de agosto de 1907 en Sanlúcar de Barrameda, donde Posadas alternó en un mano a mano con el cordobés “Corchaíto”. El astado que abrió plaza, un berrendo en negro de nombre “Agujeto” salió codicioso y tuvo que tomar cuatro varas. Tras una gran labor con la muleta Faustino Posadas prepara el toro para entrar a matar. El torero tenía la peligrosa costumbre de volver la cara al toro para brindar al público en plena lidia y encima del bicho, y ese fatídico día lo hizo y estando en esta actitud de brindar, se le arrancó el toro y le dio una fuerte voltereta infiriéndole en el cuello una herida de 10 centímetros con desgarramiento de tejidos y perforación de la tráquea. Posadas, malherido fue conducido con rapidez a la enfermería, de donde no saldría ya con vida, pues su estado era tan grave que los doctores no se atrevieron a moverlo de allí. La situación fue empeorando hasta que murió a las 12 horas de la noche del día siguiente 19 de agosto, tras haber sufrido terribles y desgarradores dolores.
Su cadáver fue trasladado a su ciudad natal, Sevilla y el entierro constituyó una multitudinaria manifestación de duelo, reflejo del entusiasmo que este joven torero había despertado en Sevilla con su manera de interpretar el buen toreo.

viernes, 26 de febrero de 2010

“SALERI MURIÓ DE UNA CORNADA EN EL VIENTRE AL HACER EL SALTO CON LA GARROCHA”


Por El Zubi
Juan Romero Fernández “Saleri”, fue un banderillero nacido en Sevilla el 11 de noviembre de 1861, que murió con 27 años en la plaza de toros de Puebla de los Angeles (México) a consecuencia de la cornada recibida por el toro “Pampero”, de la ganadería de San Cristóbal de Tampa, al hacer el salto con la garrocha, suerte que realizaba magistralmente en la que no tenía rival. El pasado 15 de enero se cumplieron ciento quince años de su muerte, producida en 1888.
Tras pasar por las cuadrillas de los novilleros Cacheta, Punteret y Currito Avilés, debuta en Madrid a las órdenes de Fernando Gómez “El Gallo” en 1885, ocupando el lugar dejado precisamente por Rafael Guerra “Guerrita”. Ese día deja constancia de su clase torera cobrándose un gran triunfo como banderillero ya que brilló con luz propia. Acompañó a Fernando “El Gallo” hasta 1887, en que se pasa a la cuadrilla de Diego Prieto “Cuatrodedos”, con quien viaja a México para hacer la temporada de invierno allí.
El 15 de enero de 1888 “Cuatrodedos” y Carlos Borrego “El Zocato” son contratados para matar seis toros de la ganadería de San Cristóbal de Tampa en Puebla de los Angeles en México. La tragedia se produjo en el cuarto toro, un berrendo en negro, manso como un buey de nombre “Pampero”, que fue muy protestado por el público al presidente del festejo, que decidió dejarlo en la plaza. Aquel día Juan Romero “Saleri” vestía de verde botella y plata. El torero sevillano no hizo caso de las advertencias de los compañeros y cogiendo la garrocha para dar el salto se dirigió hacia el toro. Dio un recorte a cuerpo limpio y cita al bicho con la garrocha. Viendo que el toro no acude a la cita “Saleri” se acerca cada vez más a él. El toro se encampana y arranca de improviso. El torero clava la garrocha en suelo y salta en el aire en el momento en que el toro se para en la suerte y en el aire lo engancha por la ingle izquierda metiéndole el asta en el abdomen hasta el vientre unos cinco centímetros. Derrota de nuevo y lo recoge causándole una herida en la frente. “Saleri” es conducido a la enfermería donde ya llega sin vida. Su compañero Manuel Blanco “Blanquito”, dijo que “la herida no dio ni una gota de sangre y que era tan grande como la picadura de una avispa”. Al no haberle sido practicada la autopsia, nunca se supo a ciencia exacta la causa de su muerte.
El presidente suspendió el festejo y el Gobernador del Estado costeó el entierro del torero sevillano allí en Puebla, al que acudieron varios miles de personas. Sus compañeros le erigieron un mausoleo en su memoria y le colocaron la siguiente inscripción: “D.E.P. El banderillero español Juan Romero Fernández “Saleri” falleció víctima de su profesión en la Plaza de Toros de Puebla la tarde del domingo 15-1-1888. Sus desconsolados y queridos compañeros no lo olvidan y le dedican este recuerdo. Diego Prieto “Cuatrodedos”, Carlos Borrego “Zocato”, Manuel Mejías “Bienvenida”, Antonio García “Morenito”, Manuel Blanco “Blanquito”, Luis Peralta, Francisco Guzmán y Rafael Sáez".

jueves, 25 de febrero de 2010

EL BANDERILLERO “LA PASERA” FUE CORNEADO EN EL CALLEJÓN


Por El Zubi
El banderillero y puntillero cordobés, Rafael Bejarano Córdoba, conocido por el apodo taurino de “La Pasera”, nació en Córdoba el 6 de agosto de 1859. Era hijo de otro banderillero, Juan de Dios Bejarano Martínez, hermano de la madre de Rafael Guerra.
“La Pasera” hizo su presentación en Madrid en la cuadrilla de Manuel Fuentes “Bocanegra”, pasando mas tarde a la cuadrilla de ”Lagartijo”. Su tarde trágica fue un 6 de mayo de 1883 en una corrida lidiada en Barcelona, con toros de don Juan Antonio Mazpule. El tercer toro llamado “Garabato”, un retinto claro, salió con gran bravura al redondel. Dicen las crónicas de la época que el toro necesitó tomar al menos ocho varas por parte de los picadores “El Dientes”, “Manolo” y “Matacán”.
“La Pasera” actuaba ese día de “cachetero”. Fue a la salida del caballo, cuando el banderillero cordobés hizo un quite al toro y le echó el capote a “Garabato”. El toro le apretó lo suyo hasta la misma barrera. Vamos que hizo hilo con él. “La Pasera” se dio cuenta del apuro y saltó con decisión la barrea y una vez dentro de ella pensó que estaba seguro y se relajó. Lo que no pudo imaginar es que “Garabato” hizo hilo tras él, y también saltó al callejón, donde logró engancharlo con los pitones y le propinó una gran cornada en la articulación tibiofemoral izquierda calificada minutos más tarde en la enfermería como “cogida gravísima”.
“La Pasera” quedó gravemente herido pero no murió en el acto. Su curación atravesó varias vicisitudes, hasta el punto de que casi un mes más tarde, el 1 de junio de 1883, su estado de salud de agrava seriamente, hasta el punto de que hubo que amputarle la pierna herida. A pesar de tanto sufrimiento y postración, este modesto torero cordobés no logra vencer a la muerte, que le llegó ese mismo día a las once de la noche. Tenía 22 años cuando murió. Es verdad que no fue un torero importante. Fue un torero de “plata”, pero en Córdoba aun se le recuerda, pues con su muerte engrandeció la historia gloriosa de la Tauromaquia cordobesa.

miércoles, 24 de febrero de 2010

EL NOVILLERO ATARFEÑO MURIO DE LA CORNADA QUE LE INFIRIO “ESTRELLITO” EN LA ANTIGUA PLAZA DEL TRIUNFO DE GRANADA (y 2ª parte)


Por El Zubi
El mencionado José Luis Entrala llega a la conclusión de que, aparte del precario estado de la cirugía en 1934, Atarfeño se debió encontrar con todo esto para poder salvarse: 1) Una enfermería mejor dotada, sin que faltaran suero y jeringuillas. 2) Un cirujano verdadero especialista, aunque la actuación del doctor Fernández Cambil fue de lo mejor que podía hacerse en aquel momento. 3) Los medios y las personas más adecuadas para hacerle una inmediata transfusión de sangre, ya que en aquella época no existía la sangre envasada, que hoy es obligatoria.
El tristemente célebre Estrellito fue matado por el sevillano Epifanio Bulnes, que actuaba de sobresaliente. Necesitó de cinco pinchazos, media estocada y dos descabellos para acabar con el novillo, que fue pitado en el arrastre. Bulnes también lidió al tercero, de Garrido, que contra lo que auguraba Atarfeño fue bravo y noble y aunque Epifanio no era ajeno al drama que se vivía en la enfermería, aún tuvo entereza de ánimo para matar al cuarto, de Moreno Santamaría, en el que dio la vuelta al ruedo. Cuando sale el quinto, de Garrido, la noticia de la extrema gravedad de Atarfeño corre de boca en boca y llena de consternación los tendidos. El astado, manso, es condenado a banderillas de fuego y justo cuando El Cabezas coloca un par, Miguel Morilla expiró en la enfermería. El presidente, Emilio Montalvo, decide la suspensión de la corrida. La tragedia se ha consumado. Al tiempo que los cabestros retiran del ruedo al toro, Bulnes y todos los componentes de la cuadrilla, rompen a llorar desconsoladamente camino de la enfermería. Ponce, Parrita, Payán, Mulillas, Gabriel Moreno, los hermanos Chavito… no aciertan a creer que Miguel, tan lleno de ilusión y vida una hora antes, sea el hombre que yace allí inerte, terriblemente pálido y con la angustia de la desesperación grabada en sus ojos. Los terribles momentos que siguieron a la muerte del espada quedan fielmente reflejados en una breve semblanza publicada en IDEAL: “Ha llegado la noticia de la muerte del diestro a la plaza. Ha sido un mozo de espadas quien la ha traído. Ha salido pálido y tembloroso. En el movimiento de sus labios, más que en las palabras, que no llegaron a salir de su boca, adivinamos toda la tragedia: ha muerto ‘Atarfeño’. Rápida, como estampido de rayo, ha volado de tendido en tendido la maldita noticia. Todo el público se ha puesto en pie; todos los lidiadores se han descubierto y la lidia se ha dado por terminada. Hemos penetrado en la enfermería. En una de las camas está Miguel Morilla. Está pálido, con una palidez muy oscura por la intensa hemorragia. Un pañuelo pretende inútilmente mantener cerrados los labios finos del gladiador”. “Me he separado del lecho. En mi rincón está, sucio de sangre y lágrimas, el traje del torero. Casi no puedo escribir y las notas se amontonan en el ‘block’ y no dicen nada pretendiendo decirlo todo. Allí, frente a lo que hace unas horas era el traje más vistoso de todos los luchadores, he comprendido toda la barbarie de la fiesta. El ídolo popular ha muerto. Ahora le toca el turno al romance, a la leyenda, a la copla… “ La capilla ardiente fue instalada en la misma enfermería, donde el cadáver de Atarfeño fue velado por sus amigos y por infinidad de aficionados de Granada y Atarfe.
Luisa Jiménez, la esposa de Atarfeño, mujer bellísima, residía con el torero en Madrid, donde se encontraba el día de la corrida. Supo de la cogida de Miguel el mismo domingo a través del apoderado del torero, Justo Amorós, con el que viajó esa misma noche en tren hacia Granada. Un largo viaje y una noche de pesadilla en la que Justo Amorós tuvo tiempo de ir preparando a Luisa -ignorante aún del triste final de Miguel- para lo peor. Ambos llegaron a Granada a las nueve de la mañana y minutos después Luisa se abrazaba al cadáver del torero presa de un ataque de nervios. Ni Luisa ni ninguna mujer -no era costumbre en aquella época- asistieron por la tarde al entierro. La llevaron directamente al Casino de Labradores de Atarfe, donde estuvo recluida en una de sus salones de la segunda planta. En Granada la salida del cadáver constituyó una impresionante manifestación de duelo, que se repetiría después cuando a las siete de la tarde, con todo el pueblo de Atarfe en la calle, el féretro con los restos del infortunado Miguel era conducido hasta el cementerio de su localidad natal. Escenas de dolor se sucedieron a lo largo de todo el día, pero ninguna tan desgarradora como la que Luisa Jiménez protagonizó al salir al balcón del Casino y gritar desesperadamente mientras veía alejarse el cortejo fúnebre. Concepción Espinar Pinteño, la madre de Miguel, no pudo gritar su dolor porque, enferma de cáncer y postrada en cama, los familiares le ocultaron la noticia. El sábado, un día antes de la corrida, Miguel estuvo en casa de su madre y doña Concepción le dijo al torero: - “Miguel, el dinero que ganes con esta corrida servirá para mi entierro; a lo mejor cuando vuelvas mañana me encuentras de cuerpo presente, pero no dejes de venir por si puedo abrazarte por última vez”. Miguel, que tenía estipulado esa fatídica tarde un fijo de 6.500 pesetas, más un 5% de los ingresos brutos de taquilla -sus representantes cobraron algo menos de 10.000 pesetas- volvió a Atarfe, pero no pudo abrazar a su madre. Las palabras premonitorias de doña Concepción se habían cumplido, pero con los papeles cambiados. Relata José Luis Entrala lo que José, el hermano de Atarfeño, le contó muchos años después: - “Mi madre no se enteró. Estaba muy enferma y no se lo dijeron. Pero como las campanas doblaban mucho, de hora en hora, mi madre le preguntó a mi mujer”. - “¿Quien se ha muerto que tanto doblan?” - “Un señor de Granada”. - “Pues así será el señor ese, que hay que ver de que manera doblan todo el día”. - “A. la mañana siguiente -sigue recordando José- le dijo mi madre a mi mujer”: - Hay que ver el sueño que he tenido esta noche, que estaba yo en el balcón y he visto pasar un entierro muy grande, muy grande y la gente no hacía mas que mirarme”.
Tanto se le quería a este torero en Granada, que unos meses después de la tragedia se dio una función taurina a beneficio de la viuda y su hijo Miguelillo, que contaba año y medio. Se recaudaron 30.000 pesetas y con su importe se le compró una casa para la viuda y el huérfano poniendo la casa a nombre del niño.
Pero he aquí que al cabo de un año, cuando los granadinos casi se habían olvidado de la tragedia, saltó la sorpresa en los periódicos: María Luisa Jiménez, viuda de “Atarfeño”, se había hecho torera y se anunciaba su presentación en el mismo ruedo donde un año antes había encontrado la muerte su marido. La novillada estaba anunciada para el 4 de octubre de 1935 y con el nombre de Luisita Jiménez “La Atarfeña”, aunque ella era de Guadix. Alternaba en el cartel con Alfonso Ordoñez “Niño de la Palma II” de Ronda y Enrique Millet “Trinitario II” de Málaga. “La Atarfeña” no vistió de luces aquel día sino con un traje de corto, con un pantalón negro ceñido y una chaquetilla blanca de piqué blanco. “Atarfeña” era morena, delgada, muy guapa, con unos ojos negros rasgados que llamaban la atención, por lo que le pusieron el sobrenombre de “La Pasionaria del Albaicín”. Su carrera taurina fue breve y con escaso éxito. Ella misma declaró que sólo quería torear para que sonara y no se olvidara el nombre de su esposo muerto “Atarfeño”: “Quiero mantener el fuego sagrado de su gloria” dijo la torera. Luisa Jiménez se hizo torera exclusivamente por amor a su marido muerto un año antes de una cornada. “La Atarfeña” cosechó en aquella corrida un ruidoso fracaso, ya que no pudo terminar con el toro y fue sacada del ruedo en brazos de su cuadrilla compuesta exclusivamente por hombres, porque se mareó al parecer de miedo, según contaron los revisteros de la época. “La Atarfeña” resistió poco más de un año en activo. Su última actuación tuvo lugar el 3 de mayo de 1936 en Guadix, su ciudad natal. Cosas de la vida, locuras de amor, ni más ni menos.
El domingo 5 de septiembre de 1976 el pueblo de Atarfe erigió un monolito de piedra de Sierra Elvira al torero local “Atarfeño”. Según recogía IDEAL en esos días, el monumento, un monolito de dura roca de Sierra Elvira de color gris y de más de dos metros de altura está asentado sobre una pequeña escalinata de tres peldaños también de esta piedra. En la parte superior lleva grabado un capote de paseo y la siguiente inscripción: “Atarfe, a su torero Miguel Morilla “Atarfeño” 1909-1934.


martes, 23 de febrero de 2010

"LADIS" RECOGE EN MADRID LA MEDALLA AL MÉRITO TAURINO




En la Gala Nacional del Toreo que anualmente organiza la Real Federación Taurina de España, se procedió a la entrega de los XVI Trofeos Nacionales “Cossío” y Medallas al Mérito Taurino correspondientes al año 2009.
El acto se celebró en un prestigioso restaurante de Madrid donde se reunieron alrededor de setecientas personas venidas de todos los puntos de España.
Por Andalucía fue galardonado con la Medalla de Plata al Mérito Taurino nuestro querido compañero Ladislao Rodríguez Galán “Ladis”, fotógrafo taurino y director de la revista taurina “La Montera”, que la recogió de manos de Mariano Aguirre, presidente de la Real Federación Taurina de España.
Los premios “Cossío”, por su parte, correspondieron, entre otros, al matador de toros Enrique Ponce, al novillero Javier Cortés, al ganadero Vitorino Martín, al rejoneador Hermoso de Mendoza, al subalterno Vicente Yangüez “El Chano”, y al picador Diego Ortíz.
Tras la entrega de distinciones a las diversas Peñas y entidades taurinas que han cumplido 25 años, Mariano Aguirre felicitó a los distinguidos y les agradeció la labor en pro de la Fiesta nacional.- R.R.S.

EL NOVILLERO ATARFEÑO MURIO DE LA CORNADA QUE LE INFIRIO “ESTRELLITO” EN LA ANTIGUA PLAZA DEL TRIUNFO DE GRANADA (1ª parte)


Por El Zubi
Miguel Morilla Espinar “Atarfeño”, fue un novillero granadino nacido en Atarfe el 17 de noviembre de 1909, que murió con 25 años de una cornada mortal que le infirió el 2 de septiembre de 1934 el toro “Estrellito”, de la ganadería de Rufino Moreno Santamaría, en la antigua Plaza de Toros del Triunfo en Granada.
“Atarfeño” debutó con picadores en Priego de Córdoba en 1927 junto a “Parrita” y el lucentino “Parejito”. El 17 de mayo de 1929 se presentó en Madrid como novillero consumado dejando una extraordinaria sensación entre los aficionados. Llevaba muy bien su carrera como torero hasta que llega el año 1934. El 2 de septiembre se anuncia su despedida como novillero en Granada, donde se encierra con seis novillos toros de la ganadería de don Rufino Moreno Santamaría. Su próxima actuación como matador iba a ser un mes más tarde, el 2 de octubre en la Plaza del Puerto Santa María, donde iba a tomar la alternativa de manos del mismísimo Juan Belmonte, pero el desafortunado “Atarfeño” no pudo cumplir esta importante cita ya que murió esa tarde de su despedida como novillero. El soñado y ansiado doctorado no iba a tener a sus paisanos como testigos ya que estaba previsto en la plaza del Puerto de Santa María -nada menos que con el maestro Juan Belmonte de padrino- y por eso tal vez Miguel no dudó en encerrarse en su querida Plaza del Triunfo con seis astados grandes y cornalones. Era un gesto de paisanaje que pretendía ser también gesta importante, truncada fatalmente durante la lidia del segundo toro, cuando el citado Estrellito berrendo en negro, gordo, gran¬de y manso, que había llegado al último tercio con mucho poder y avisado, le corneó brutalmente en la ingle y le secciono la arteria femoral y la vena safena. Fue al darle el tercer pase de muleta, falleciendo a poco de entrar en la enfermería. Atarfeño ganaba esa tarde mil duros y estrenó un terno azul y plata. El novillero Epifanio Bulnes, que actuaba de sobresaliente, despachó tres toros, pues al conocer el público la muerte del torero hizo que se suspendie¬ra la corrida. Los astados de aquella tarde no eran todos del hierro anunciado de Rufino Moreno Santamaría, de Sevilla. Dos de ellos pertenecían a la ganadería de Julio Garrido de Vílchez, de Jaén. Estos dos Últimos, desecho de tienta y cerrado, como los restantes, llevaban al parecer dos meses en los corrales de la plaza y Atarfeño, que confiaba poco en su juego, ordenó que no salieran al comienzo de la corrida. Quería el torero alcanzar el triunfo desde el primer toque de clarín y tenía más fe en poder hacerla con los novillos de Rufino Moreno. Miguel Morilla, Atarfeño, que viste para la ocasión de azul celeste y plata, sale decidido. Está con enormes ganas y se deja notar en el que abre plaza, a pesar de que no puede hacer faena de orejas. Una vuelta al ruedo es el premio a su meritoria labor. Estrellito, segundo de la tarde, ya está en el ruedo. Manso y peligroso, toma cuatro puyazos y tres pares de banderillas. Miguel advierte las dificultades de su enemigo nada más instrumentarle un pase por bajo, según se relata en IDEAL, periódico que dedicó cinco páginas a la cogida y muerte del espada granadino: “Inicia Atarfeño la faena de muleta con un pase por bajo y huye del toro; dos más después de buscado y cambia la espada con la que estaba haciendo la faena por la de muerte. Otro pase por bajo y al dar el segundo, delante del tendido uno, casi en el centro del redondel, el astado engancha al matador, metiéndole la cabeza entre las piernas. Tira el toro la cornada y el torero sale despedido por los aires; la res lo busca en el suelo y lo pisotea, rompiéndole la taleguilla. Hay un lío en los peones y, al fin, Jesús Fandila, en un rasgo de valentía, lo saca a rastras de los cuernos del toro. ‘Atarfeño’ se pone de pie y se sacude la taleguilla con ánimo de continuar, pero al verse el muslo manchado de sangre se apoya en el citado banderillero y se dirige hacia el más próximo burladero, desde el cual, en brazos de las asistencias, pasa a la enfermería, dejando un reguero de sangre por el callejón. La cogida ha producido una enorme impresión en el público que, desde el primer momento, se ha percatado de la importancia del percance”. Miguel Morilla también fue consciente desde el primer momento de la gravedad de la cornada. “Cogedme bien que me caigo”, le dice a Fandila y a su hermano José, que le ayudaron a levantarse. “Que me desangro, que me muero,” añade el torero. Un monosabio y el futbolista Pepe Carmona, íntimo amigo suyo, lo llevan hasta la enfermería, donde el doctor Francisco Fernández Cambil le opera inmediatamente en unas condiciones dramáticas. Del patetismo de la situación vivida en la enfermería ha quedado el testimonio gráfico de Torres Molina publicado en IDEAL y en el que puede verse al diestro con la cabeza fuera de la camilla totalmente inclinada hacia atrás. La enorme pérdida de sangre hacía temer un fatal desenlace y se pretendía de esta forma que no dejara de circular el flujo sanguíneo por el cerebro. “Me derramo por la vegija, me muero “, le comenta angustiado Atarfeño a los médicos, que tratan desesperadamente de reponer la sangre y ligar las arterias y venas. “No hagáis nada, todo es inútil, quiero morirme para no sufrir más”, suplica el torero, que pide a los amigos: “Id por mi hijo corriendo. ¡Hijo mío!”. El niño estaba con su abuela materna en el hotel San Pedro y no pudo ver a su padre con vida. Atarfeño moría instantes después, a las siete menos veinte de la tarde, rodeado de los médicos, de su ex apoderado, Vicente Benítez, de Joaquín Sabrás, catedrático en Madrid y amigo de Miguel, y del periodista Juan García Canet, Juanito. En una habitación contigua se encontraban los hermanos del torero, su suegro y gran número de amigos y curiosos. También estaba en las dependencias de la enfermería el picador Francisco Embiz, Chófer, lesionado por el tercer novillo y que esperaba, conmovido por el drama, asistencia médica. Años después, Francisco Embiz también pasaría a engrosar la lista de víctimas de la fiesta por un fatídico percance ocurrido en la Plaza de Toros de Málaga. El parte facultativo emitido por el doctor Fernández Cambil, jefe médico de la enfermería, define así la cornada: “Una herida en el tercio superior de la cara interna del muslo izquierdo que secciona los músculos aproximadores, arteria femoral, vasos colaterales y vena safena. Pronóstico gravísimo”. El dictamen de la autopsia realizada por los forenses Francisco Sánchez Gerona y Damián Balaguer, con auxilio de los practicantes Molina de Haro y Olóriz, confirma la herida. Dice así: “La herida se encontraba en el tercio superior de la cara anterior del muslo izquierdo con dirección de abajo arriba y de dentro a fuera. Presentaba destrozos de los planos musculares e interesaba el paquete vásculo-nervioso de dicha región. La arteria y venas seccionadas causantes de la hemorragia intensa que originó la muerte aparecían todas ligadas. La herida tenía una longitud de 15 centímetros. Al abrir la caja torácica se aprecian los síntomas propios del colapso originado por la hemorragia”. José Luis Entrala, autor de un formidable y extensísima trabajo sobre la vida y tragedia de Miguel Morilla, Atarfeño, publicado en IDEAL en 1988, analiza con gran rigor, a través de testimonios directos y de documentos escritos, las circunstancias que rodearon la muerte del torero granadino. Gracias a ello se ha podido saber que la situación en la enfermería se complicó notablemente ante la carencia de suero, que era necesario inyectar en grandes cantidades para suplir la falta de sangre. Los periódicos denunciaron que incluso faltaba la jeringuilla para inyectar el suero y que alguien fue corriendo a traerla a la Casa de Socorro, distante varios kilómetros de la Plaza del Triunfo. ¿Fue mortal de necesidad la herida de Atarfeño? ¿Existieron los medios oportunos para evitarla? ¿Tuvo el torero la asistencia debida? Las interrogantes han quedado despejadas con la prudencia, ambigüedad y reserva que un hecho así aconseja. Lo único que sí está claro es que aquella aciaga tarde del 2 de septiembre de 1934 murió un torero y se desvanecieron muchos sueños de gloria. (Continua mañana)