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viernes, 5 de febrero de 2010

EL GENERAL PRIMO DE RIVERA IMPUSO EN 1928 LA OBLIGATORIEDAD DEL USO DEL PETO EN LOS CABALLOS


“Las dos rayas del tercio se reglamentaron en 1923”

Por El Zubi

Durante todo el siglo XIX las corridas de toros fueron un espectáculo sangriento similar al de un circo romano, pues los ruedos se cubrían de caballos muertos o agonizantes despanzurrados en la arena. La proporción de caballos muertos en las plazas cada temporada era tres veces superior a la de los toros. El periódico taurino madrileño “El Enano” sin ir mas lejos, daba en 1855 la noticia de que en esa temporada se habían matado en Madrid 191 toros mientras en ese ruedo habían muerto por asta de toro 412 caballos, 14 de ellos en las cuadras a consecuencia de las heridas producidas por los toros. Es más, la bravura de los toros se media entonces por el número de caballos muertos en la suerte de varas. Era normal oír en las plazas el grito del público al toro bravo: ¡Caballos, caballos! pidiendo más sangre... que ya era el colmo de la crueldad. Por otro lado, en 1785 por ejemplo, el producto de la venta de las colas de los caballos que sucumbían en las plazas, sin duda para aprovechar sus cerdas, se destinaba para una novena al “Cristo de los Traperos”, cuya imagen se veneraba en la Iglesia de la Concepción Jerónima de Madrid.
Sin embargo la sensibilidad del público fue cambiando con la llegada del nuevo siglo, y ya a principios del siglo XX los aficionados veían desagradable la muerte inútil de tanto caballo en los ruedos. Era algo que iba limando las conciencias de los aficionados. Se hacía ya insoportable para los públicos la repugnancia que transmitía la suerte de varas con los jacos muertos y despanzurrados con los mondongos fuera y esparcidos en los ruedos.
Fue a finales de los años 20, en plena dictadura del general Primo de Rivera, cuando se implantó la protección o petos a los caballos. La chispa que colmo el vaso ocurrió en una corrida de toros celebrada en Aranjuez a principios de temporada de 1928, a la que asistió el presidente del Gobierno Primo de Rivera acompañado de una distinguida dama extranjera, ligada familiarmente a un ministro francés. Ocupaban un asiento preferente de barrera y ocurrió que unos de los toros, tras romanear y campanear a sus anchas a uno de aquellos escuálidos caballos, salpicó con sus tripas y con parte de lo que estas contenían a todos los espectadores que se hallaban presenciando el espectáculo en la zona donde se encontraba la ilustre pareja. El dictador tuvo que pasar un mal rato tan grande, que tras el espectáculo dio la orden tajante a su Ministro de la Gobernación de que adoptara las medidas oportunas para acabar para siempre con tan salvaje y vomitivo espectáculo. Y de ahí vino directamente la imposición del peto en los caballos que practicaran la suerte de varas. Oficialmente se implantó en el año 1928, estando como ministro de la Gobernación el general Martínez Anido, que dispuso en La Gaceta de Madrid, que a partir del día 8 de abril de ese año se prescribía el uso obligatorio de los petos protectores para los caballos de picar en las plazas consideradas de primera categoría, entre ellas la de Tetuán de las Victorias en Madrid, una plaza en la que anteriormente y durante un año se habían llevado a cabo los pruebas del peto. Esta disposición fue después ratificada por Real Orden de 13 de junio, que ya extendía su obligatoriedad a todas las plazas de España.
Pero ya en la temporada de 1926 (dos años antes de la imposición legal), el general Primo de Rivera encargó a una Comisión el estudio de las posibles reformas que habría de acometer en el primer tercio de la lidia. El sentir popular era unánime a favor de acabar con aquel repulsivo espectáculo y se hicieron en aquellos años muchas y variadas propuestas para solucionar el problema. Se pensó incluso en suprimir la suerte de varas y poner un rejón de castigo por parte de un rejoneador, pero se comprendió que eso vulneraría la esencia del toreo y de la lidia. Ignacio Sánchez Mejías fue una de las voces autorizadas que se mostró en contra de ese rejón de castigo: “suprimir la suerte de varas es suprimir la Fiesta” dijo.
Así pues ya en 1927 se celebraban corridas con petos de prueba y hubo incluso un concurso de ideas en la Plaza de Tetuán de las Victorias con varios modelos de distintos materiales como cuero, caucho, rejilla metálica, tela o guata. A aquel concurso se presentaron petos de la Viuda de Bertoli, de Manuel Nieto Bravo, de Esteban Arteaga y de Juan Andrés Yuste, que a la sazón fue quien ganó el concurso de ideas. Su peto presentado era de una sola pieza, con la parte exterior de paño fuerte, de color gris y la interior, de lonas de algodón y se terminaba con guarnición de ribetes de cuero. Llevaba también un faldoncillo enguatado de una cuarta de largo para proteger la bragada del caballo.
En 1934 se aprobó otro modelo que pesaba 15 kilos. Fue presentado por Cipriano Reyes Ortiz, e introducía la innovación de una pieza que cubría la parte posterior del caballo, y llevaba dos lonas impermeabilizadas con una capa de algodón impermeabilizado y con un moteado de cáñamo, dos telas rectoras de gran calidad, con otra capa del mismo algodón, cubriendo esta última con una lona de color marrón y un moteado que cogía todas las telas y lonas del artefacto protector. Su coste era de 350 pesetas de 1934.
El ganadero Manuel García-Aleas vio con buenos ojos la imposición del uso del peto pues así se impedía que los ácidos de las tripas de los pobres caballos, volvieran burriciegos a los toros en el transcurso de la lidia, y además se podía medir mejor las fuerzas de estos al romanear al caballo, al peto y al picador. En aquellos años ocurrió que los picadores no estaban de acuerdo con la imposición del peto, porque según decían ellos, practicar la suerte así era muy peligroso. ¡Qué equivocados estaban! Eso ocurrió en una novillada experimental celebrada el domingo de Piñata de 1927 en Madrid, un 6 de marzo. Alternaban en el cartel Curro Puya, Carlos Susoni y el debutante malagueño Ramón Corpas, que se las vieron con un encierro de la ganadería sevillana de Rufino y Moreno Santamaría, novillos-toros con los que se probaron varios modelos de peto. La prueba resultó mal pues a pesar de los artefactos protectores los caballos murieron en la suerte de varas. Los más reacios a la nueva imposición, como no, fueron los propios picadores, que no comprendieron que con el paso de los años serían los más beneficiados, ya que iban a ir subidos en un auténtico tanque blindado a prueba de bomba. Y con esta novedad desaparecería prácticamente la suerte de quites. Una suerte que se creo para quitar a los toros de encima de los caballos y que ha llegado a desaparecer por innecesaria. En la actualidad, con la poca fuerza de estos toros surgidos tras la Guerra Civil y con los tanques blindados en que se han convertido los caballos, a quien hay que quitar de encima del toro es a los propios caballos. Se han invertido los papeles: el verdugo ha pasado a ser víctima y la víctima el verdugo.
La prensa de la época también opinó mucho sobre el tema y movió mucho la opinión de los aficionados. Así vemos por ejemplo como el crítico “Triquitraque” en El Correo de Andalucía titulaba su crónica de la primera corrida de toros con petos en Sevilla con un irónico: “Chalecos de fantasía”, y en la que se oponía tajantemente a la imposición de los petos, porque según él dejaba a los picadores indefensos (¿..?), fíjense que gran error estaba cometiendo. También el ABC de Madrid se mostraba contrario a la utilización de los petos, y así lo mostraba su cronista Rafael Sánchez-Guerra que decía: “ni petos, ni corazas. Para picar sólo vale el brazo firme del picador“. Otros periódicos vislumbraban en el uso del peto el inicio del fin de la Fiesta de los Toros. Una visión que ahora en el siglo XXI ya, lejos de ser exagerada resulta bastante certera, pues la suerte de varas se ha convertido en el auténtico “fielato” de la Fiesta. Como decía Ignacio Sánchez Mejías: “en el temple del picador nace el de la muleta”, pensando que en el caballo se prepara a los toros para el último tercio. Pero la realidad es muy otra. Hoy en día es en el caballo donde sucumben la mayoría de los toros.
Con la imposición del peto, se puso en práctica en la suerte de varas otra medida que dio una nueva dimensión a esta suerte. Me refiero a prohibir a los picadores estar en el ruedo a la izquierda de chiqueros cuando el toro salía de toriles, tal y como se venía haciendo desde los tiempos de Paquiro, que fue quien puso orden en las corridas de toros. A partir de ahora sólo pueden salir al ruedo los caballos de picar cuando el toro haya sido recibido y lanceado con los capotes y el presidente del festejo lo ordene.
Lo mismo ocurrió con las dos rayas para picar en el tercio de donde no se puede salir el picador mientras ejecuta la suerte. Antiguamente cuando los caballos aun iban sin protección, se podía picar en cualquier punto del ruedo incluidos los medios, sin que hubiera marca alguna divisoria donde hacer la suerte. Como en esta práctica hubo también su picaresca en los del castoreño, tanto para los toros que eran bravos como para los mansos, se impuso en estos años una circunferencia a siete metros de la barrera de donde no podían salirse. Esta marca se reglamentó como obligatoria en 1923, y en 1959 y a propuesta del matador Domingo Ortega, se impuso la segunda raya delimitando así la zona del toro y la zona del picador: una raya interior a siete metros de la barrera y otra exterior a nueve metros de las tablas.
En la nueva reglamentación de la Fiesta de 1992 se aumentó un metro la distancia de separación, quedando la raya exterior a 10 metros de las tablas. Estas nuevas normativas iniciadas en los años 20 han marcado el transcurrir de la Fiesta desde mediados del siglo XX a nuestros días, añadiéndole además circunstancias como la fuerza que desde entonces adquirieron los picadores dentro del Sindicato de Toreros, que como saben está en manos de banderilleros y picadores. Por esta razón es inamovible esa puya piramidal y canallesca, con bordes cortantes como cuchillas, que más que picar lo que hace es barrenar en los morrillos de los toros dejándolos ya para el arrastre. Y es lo que dice el refrán: con estos mimbres tenemos estos cestos... y esto no hay quien lo arregle, pues la sartén de la Fiesta la tienen los picadores cogida por el mango.

jueves, 4 de febrero de 2010

REFLEXIONES SOBRE EL ORIGEN DEL CORTE DE OREJAS Y RABOS EN LA FIESTA DE LOS TOROS



Por El Zubi

Muchos aficionados a la Fiesta, no han reparado aún sobre el origen del corte de los apéndices en la Fiesta de los Toros y por qué a un torero cuando triunfa en una plaza se le premia con una o dos orejas e incluso con el corte del rabo y la pata del animal y no de otra forma. Pues todo tiene su origen y su porqué. Una fecha y una explicación lógica que no ha sido producto del capricho ni del azar.
Como la imposición del uso del traje de luces, el uso de la montera y el orden de la lidia fue impuesto por Francisco Montes “Paquiro”, o el hecho de sortear los lotes antes de su lidia en los ruedos fue impuesto por Luis Mazzantini, o la obligatoriedad del uso de los petos en los caballos de picar fue producto de una orden de Primo de Rivera a su ministro de Gobernación, el corte de las orejas a los toros tuvo también unos orígenes y una causa.
El corte de los apéndices taurinos tuvo su origen en una costumbre humana y entrañable, puesta en vigor por los Caballeros Maestrantes de Ronda y de Sevilla, propietarios de las respectivas Plazas de las Maestranzas, cuando regalaban el toro muerto y arrastrado al espada que se había lucido en su lidia para que este invitara con las carnes del animal a su cuadrilla, amistades y acogidos a centros benéficos. Pasado el tiempo al comercializarse el negocio y arrendar las Maestranzas el servicio de carnes de las Plazas, los contratistas adjudicatarios ya no podían perder sus ganancias regalando la carne a nadie ya que ese era su negocio. Por tanto los Maestrantes instauraron como trofeo simbólico de la entrega de todo el toro, entregar al espada triunfador una oreja del enemigo vencido. En aquella época una oreja simbolizaba la entrega del toro completo, el máximo galardón, y era lo razonable en la línea de los actuales aficionados torístas que ven inadecuado dar dos orejas (que serian dos toros en aquellos años) y menos el rabo y hasta la pata.
La primera oreja concedida en España tuvo lugar en Madrid, al matador de Algeciras José Lara “Chicorro”, por su faena al toro “Medias Negras”, de Benjumea, el 29 de octubre de 1876, con Alfonso XII en el palco real. La segunda oreja la cortó el 2 de octubre de 1910 Vicente Pastor al toro “Carbonero”, de Concha y Sierra. Sevilla no concedió la primera oreja hasta el año 1915 y lo hizo a su paisano Joselito, el 30 de septiembre que se encerró en la Maestranza con seis “santacolomas”. “Cantinero” era el nombre del toro desorejado por el torero de Gelves. Desde entonces hasta hoy, unas veces con justicia otras con desaprensión y alegría, se han concedido despojos taurinos suficientes como para surtir lo que resta del nuevo siglo las casquerías de todo este país. Actualmente en plazas como Madrid y Sevilla esta proscrito el corte de rabos y menos aún de patas.
En Madrid entre los años 1918 a 1942 sólo se cortaron 10 rabos, los tres primeros en la plaza vieja y los restantes en la Monumental de Las Ventas: el primero lo cortó José Roger “Valencia I” de novillero, a un novillo de Pablo Romero un 11 de agosto de 1918. El segundo rabo fue para Joselito cortado a un toro de Guadalest el 10 de octubre de 1918. Matías Lara “Larita” cortó el tercer rabo un toro de Palha el 8 mayo de 1921. El cuarto rabo fue para Juan Belmonte, a un toro de Carmen de Federico el 24 de octubre de 1934, precisamente en la corrida que sirvió como segunda inauguración de Las Ventas. Belmonte cortó el quinto rabo un año después a un toro de Coquillo el 22 de septiembre de 1935. Ese año fue señero en la historia de la Tauromaquia madrileña pues se cortaron tres rabos más en el transcurso de siete días, de domingo a domingo, entre el 22 al 29 de septiembre de 1935: Alfredo Corrochano el mismo día 22 de septiembre y a un toro de la misma ganadería, y el 29 de septiembre de ese año Curro Caro y el mejicano Lorenzo Garza a dos toros de la ganadería de Emilia Mejías. El noveno rabo fue para Manolo Bienvenida el 4 de junio de 1936 un mes antes de que comenzase la Guerra Civil, a un toro de Sánchez Fabrés, y ya concluida la contienda civil, Marcial Lalanda el 18 de octubre de 1942 a un toro de Antonio Pérez Tabernero, aunque este último rabo de Lalanda, no tuvo el mismo valor que los demás ya que, aunque existen fotos de Lalanda con él en la mano ese día, al parecer fue cortado fraudulentamente por un subalterno de nombre Cadenas, sin la orden del presidente de la corrida, que ese día era el un tal Sánchez García. Tuvieron que pasar 40 años para se concediese otro rabo más en Las Ventas, en una Feria de San Isidro de 1972 a Sebastián Palomo Linares, el único hasta nuestros días. Durante toda la posguerra ni Manolete, ni Pepe Luis Vázquez, ni Antonio Bienvenida, ni Ordóñez, ni Paco Camino, ni Diego Puerta, ni Curro Romero cortaron este apéndice en Madrid, una costumbre que con la excepción de Palomo Linares, se ha impuesto como oficial en la primera plaza del mundo y en las demás plazas importantes de este país como son las de Sevilla, Valencia o Bilbao. No obstante el corte de los apéndices e incluso el de la pata se siguen prodigando tontamente en muchas plazas y ferias de pueblo, pero todo esto tiene su origen en aquella iniciativa de los Maestrantes hace ya dos siglos y medio. Por suerte, tras la Guerra Civil y con el paso de los años, han aparecido e instaurado en el Reglamento y la costumbre de los aficionados otros premios menos cruentos y tan válidos como los citados, como son el saludo desde el tercio, las vueltas al ruedo, la música durante la lidia o las salidas a hombros por las Puertas Grandes. Como saben, estos reconocimientos a los méritos de los toreros, se solicitan por el público agitando un pañuelo blanco...pero por desgracia siempre han tenido mas valor para los presidentes de las plazas de toros del mundo los pañuelos de los tendidos de sombra que los de sol...

miércoles, 3 de febrero de 2010

UNO DE LOS LEGADOS QUE NOS DEJO “PAQUIRO” FUE EL TRAJE DE LUCES



Por El Zubi
Uno de los principales legados que nos dejó Francisco Montes Reina “Paquiro”, además de ordenar la lidia en tres tercios e instaurar el “paseíllo”, fue el “traje de luces” y el tocado de los toreros, la “montera” así llamada por el apellido Montes del torero de Chiclana (1805-1851). En su afán por elevar el rango social de los toreros de a pie diseño de nuevo su indumentaria sentando las bases de lo que hoy es el atuendo de los toreros.
Los toreros anteriores a él (Pedro Romero, Pepe-Hillo y Costillares) usaban redecilla y peineta, y antes que estos se usaba un chambergo de alas anchas, utilizado en muchas ocasiones como muleta a la hora de estoquear al toro. Tanto el chambergo como la capa larga, fueron prohibidos en 1766 por aquel odiado ministro de Carlos III llamado Esquilache, que provocó un violento motín que le costó su destitución en el cargo. La capa se recortó y más tarde, bajo el mandato del ministro Floridablanca, el chambergo fue definitivamente sustituido, primero por el sombrero de medio queso y más tarde por el de dos picos o “de candil”, ascendiente inmediato de la “montera”. Tras los ensayos citados en el tocado de la testa de los toreros Paquiro introduce definitivamente la “montera” hacia 1835 aproximadamente. Desde entonces a nuestros días, este “sombrero taurino” tan peculiar no ha cambiado en lo sustancial, aunque si ha tenido una evolución continua sujeta a las modas reinantes de cada época. Lo sustantivo de la “montera” es que está adornada por cordonería y pasamanería negra, rematada a cada lado con una borla o macho, cuya forma y dimensiones han variado mucho con el paso de los años como se dijo antes.
A Paquiro hay que considerarlo también como el inventor del “traje de luces”, por ser el primero que incorpora pedrería y lentejuelas al vestido de torero, que ya Costillares dotó de galón de plata y después Curro Guillen y Sentimientos de bordados de oro. Francisco Montes “Paquiro” suplió la tradicional tela de gusanillo por la seda, y agrandó el tamaño y barroquismo de las hombreras y así enriqueció la vistosidad del “traje de luces”, agregando las borlas o machos, los alamares y los caireles. Acortó de manera notable la chaquetilla, de tal forma que puesta asome dos dedos de la faja, y sustituyó definitivamente el antiguo cinturón de cuero por la faja.
Poco ha variado el vestido de torear desde entonces a nuestros días, salvo los leves vaivenes propios de la moda y en lo referente a técnica textil e incorporaciones de nuevos materiales, como la sustitución del cartón por el plástico en el armazón de las chaquetillas. Impuso las camisas blancas con bordados, debajo de la chaquetilla y la gran corbata o pañuelo de antes por el corbatín que aún impera.
Esta modificación de la indumentaria que lleva a cabo Paquiro, fue sin duda un intento de elevar el rango social del lidiador, pues la utilización del hilo de oro y la llamativa pedrería en los bordados del “traje de luces”, supone para los toreros una distinción. Hay por tanto un afán de equiparar a los toreros con los representantes de los grupos sociales más elevados, gentes de la aristocracia y la nobleza, los únicos que en esas fechas (1840) podían disfrutar del privilegio de unos vestidos lujosos y distinguidos respecto a otros grupos sociales.

martes, 2 de febrero de 2010

“PAQUIRO” PUSO LOS CIMIENTOS A LA FIESTA ACTUAL APORTANDO UN ORDEN LOGICO EN LA LIDIA



Por El Zubi
A Francisco Montes Reina “Paquiro”, matador de toros de Chiclana, le debemos toda la grandiosidad que hoy tiene la Fiesta de los Toros. A él y a nadie más se debe en esencia el modelo de corrida que actualmente tenemos y en particular, el paseíllo. Antes de Paquiro las corridas de toros eran de otra forma. Esa manera de hacer el paseíllo, el brillo de los trajes de los toreros, el tocado de la “montera” (por su apellido Montes), y la división de la lidia en tres tercios (el de varas, de banderillas y de muerte), son fruto de las reformas implantadas por el torero de Chiclana allá por los años 1835 a 1840.
Antes de él, la lidia de los toros carecía del orden, de la brillantez y el argumento que le asistieron más tarde, cuando Paquiro puso cada cosa en el lugar que le corresponde. Se puede decir por tanto, que Paquiro fue a las formas del toreo lo que Juan Belmonte al fondo. Si con Belmonte nació el toreo moderno, Paquiro puso los cimientos de la corrida actual, y en su afán de elevar el rango del lidiador de a pie, innovó su indumentaria sentando las bases de lo que hoy es el atuendo de los toreros.
Francisco Montes antepuso los toreros de a pie a los de a caballo, contrariamente a lo que venía siendo habitual hasta entonces. Ya desde Costillares (1760) era evidente la subordinación de los antiguos varilargueros a los matadores, sin embargo en algunos carteles de toros de la época todavía seguían figurando primero los picadores, aunque no en todos. En 1845 en Sevilla ya figuran los espadas antes que los piqueros, sin embargo existen carteles de esos años de la Plaza de Madrid en los que todavía se le da prioridad a los del castoreño. No obstante a la hora de hacer el paseíllo la jefatura de Paquiro no distinguía coletas de castoreño, y no se puede interpretar la medida como menosprecio a los picadores, sino que el torero de Chiclana delante del toro valía mas que todos los de su cuadrilla.
En realidad, Paquiro con su culto a las reglas y al uso de la razón como instrumento de su arte, lo que hace es plasmar en el toreo las directrices básicas del Neoclasicismo: la actitud estética de la Ilustración, que es el pensamiento preponderante de la Europa del siglo XVIII. En esta época el nexo de unión que armoniza la naturaleza y el hombre es la razón. Por eso el Rey Fernando VII creó la Real Escuela de Tauromaquia de Sevilla (1831), al igual que se creara la Real Academia Española de la Lengua y la Real Academia de la Historia. Se busca en estos años establecer los cánones perfectos en todos los órdenes de la vida y conservarlos para que todo el mundo los tome como modelo.
Paquiro estableció los tercios de la lidia de los toros, algo que hasta entonces era inexistente. Limitó la presencia de los picadores en el ruedo hasta la conclusión de la suerte de varas, pues antes permanecían todo el rato en el ruedo participando anárquicamente todo el mundo en la lidia del toro, con lo cual las corridas de toros antes de que las ordenara Paquiro debieron de ser de lo más farragosas. Formalizó también el segundo tercio, el de banderillas, que lo hizo separar del de varas, y el posterior de muerte con estoque mediante el oportuno toque de clarín.
Lo que se consiguió con este ordenamiento de la lidia es evitar que intentaran torear todos a la vez: picadores, banderilleros y matadores, y hacerle las cosas bien a los toros para que su comportamiento diera más brillantez al espectáculo. Se establece un orden lógico a la lidia poniendo a cada uno en su sitio, porque al fin y al cabo el toreo es orden, colocación, técnica, sabiduría y buen gusto...
Desde aquellos tiempos a nuestros días, y con los cimientos puestos por Francisco Montes “Paquiro” se ha construido un espectáculo capaz de convertir la lucha en armonía. La belleza ha enmascarado al riesgo. La muerte, latente siempre en los ruedos, queda oculta por el arte. Por medio hay dos siglos y medio de sangre, sueños y sacrificios. De tal forma vemos como las reformas implantadas por Paquiro fueron de los hechos ocurridos más importantes en el transcurso histórico de la Fiesta de los Toros.

lunes, 1 de febrero de 2010

LOS ALGUACILILLOS SON UNA PARTE IMPORTANTE DE LA FIESTA QUE TIENEN MUCHA HISTORIA Y SENTIDO



Por El Zubi
A la hora señalada, aparecerá un pañuelo blanco por el balconcillo del Presidente del festejo. Suenan clarines y timbales, y segundos después un pasodoble taurino inunda de alegría hasta los rincones más recónditos de la plaza. Uno de los empleados del recinto, descorre el enorme cerrojo de la puerta de cuadrillas y hasta su patio penetrará el resplandor dorado del albero y el vocerío del público que, nervioso y ansioso, comienza a aplaudir porque el espectáculo va a comenzar. Dos caballeros montados en bellos corceles, (dicen que “tataranietos culturales” de aquellos ayudantes de los “corregidores” de los siglos XVI y XVII) ataviados de negro a la usanza del siglo XVII, justo a la moda de la época de Felipe IV, cruzan al paso con sus caballos por el centro del ruedo hasta llegar al palco donde se encuentra la Presidencia.
El hecho de que los “alguacilillos” realicen el “despejo” de la plaza, es ahora un arcaísmo ritual, pero hace siglos era una operación obligatoria para limpiar el redondel de espectadores, cuando los espectáculos taurinos se celebraban en las plazas mayores (generalmente cuadradas) de los pueblos y ciudades de España. Realizado el simulacro y tras saludar a la máxima autoridad, volverán al galope circunvalando el ruedo, al hilo de las tablas, a la puerta de cuadrillas. En las corridas de toros cada uno hace el regreso por su parte mientras que en las novilladas regresan juntos en línea recta. En algunas plazas de toros de España, se les permite la licencia de dar algunas carreras al hilo de las tablas para exhibir el vuelo de sus capas con el galope de los caballos. En Madrid se cruzan girando en sentido contrario a las manecillas del reloj.
En la puerta de cuadrillas ya asoman, de oro y plata, los toreros con sus cuadrillas, embutidos todos en sus capotes de paseo, dispuestos a hacer el paseíllo al son del pasodoble, que en pocos segundos se ha hecho el dueño indiscutible del recinto. Por fin los “alguacilillos” se colocan al frente de la comitiva de toreros para volver a cruzar la arena abriendo “el paseíllo”. El “paseíllo”, dicho sea de paso, vale por sí sólo el precio de la entrada que se paga, por su inmensa belleza y porque en esos momentos todo son expectativas: en esto puso máximo cuidado y esplendor Paquiro, cuando a mediados del siglo XIX organizó adecuadamente las diferentes fases de una corrida de toros. Comienza pues el espectáculo. La alegría lo inunda ya todo. Música, colores, olores a perfumes profundos de bellas mujeres y a lujosos habanos. Lo que llaman belleza plástica de la fiesta. En los tendidos multicolores, no cabe un alma y los murmullos y aplausos del público indican que el espectáculo está ya servido.
Una vez terminado el paseíllo, y mientras los toreros estiran el percal de los capotes, simulando unas verónicas de ensueño, los alguaciles dan una media vuelta al ruedo al galope, en direcciones opuestas, para encontrarse ambos bajo la barandilla del Presidente, que desde arriba les tira las llaves de los toriles, donde se encuentran los toros encerrados en sus chiqueros. Uno de los alguaciles se dirige hacia el torilero, que aguarda pacientemente en la puerta del toril y le entrega la llave para que, a la señal del Presidente y al toque de trompeta y timbales, se preste a abrir la puerta para que salga el primer toro de la corrida y comience el espectáculo.
Hasta aquí el relato de lo que actualmente los alguaciles hacen en cualquier plaza de toros. Pero hay una serie de cosas que muchos aficionados desconocen sobre los orígenes y funciones de los “alguacilillos” y que a continuación y de manera resumida vamos a ir desgranando. Era y son los alguaciles empleados de la autoridad administrativa, teniendo funciones de subalternos, funciones siempre ejecutivas. Esta circunstancia les ha acarreado una legendaria mala fama, y con frecuencia han sido el blanco de sátiras y burlas de los públicos en todos los tiempos.
En todo caso las funciones de los alguaciles están perfectamente especificadas en la “Ley y Reglamento de Espectáculos Taurinos”. El despeje que acabamos de describir de manera narrativa está recogido en el artículo 69.5 de la citada Ley, mientras que en el artículo 82.2 se reseña que será el alguacil quien entregue al matador las orejas del toro concedidas por el Presidente, como premio a una buena actuación. Y dice la Ley además, que esas orejas han de ser cortadas al animal en presencia de un alguacil.
Hay que decir también que la llave que el alguacil recibe de manos del Presidente del festejo y lo que le llaman “correr la llave”, es un simulacro. Incluso la misma llave es simulada. Durante la corrida y desde las tablas de la barrera, reciben y comunican las órdenes del Presidente a los lidiadores. Conservan por tanto aun en las plazas de toros, su carácter de agentes ejecutivos de la autoridad que preside este espectáculo de masas. En Madrid se permiten incluso la licencia de reprender a los toreros que cometan alguna incorrección durante su faena de muleta, como engancharse a los lomos del toro con el brazo izquierdo para prolongar un pase en redondo. Cuando eso ocurre, el alguacil golpea con la fusta las tablas de la barrera y le llama la atención al torero.
En Córdoba por ejemplo, siempre han actuado como alguacilillos los miembros de la Policía Local de la ciudad, cuyo Cuerpo de Caballería es de los mas antiguos de España. También se ha dicho siempre que “los alguacilillos” de la Plaza de Toros de Córdoba son los mejor vestidos y los más elegantes de España. Este es un hecho cierto y fácilmente comprobable. Sólo hay que acudir algún día de festejo al coso de los Califas.
En realidad la intervención de los alguaciles en la Fiesta es consecuencia inmediata de la presencia de la autoridad en la plaza y eran pues, sus agentes para ejecutar las órdenes de la autoridad. Cuenta José Mª de Cossío, que hubo en Madrid un alguacil, que fue además torero a caballo y de mucho valor. Al parecer se llamaba Pedro Vergel, que fue muy elogiado por Luis de Góngora, y a quien incluso Lope de Vega dedicó su comedia “El mejor mozo de España”. Parece ser que la existencia de este alguacil-torero fue cierta y está confirmada por un documento encontrado en el Archivo Municipal de Madrid, en el que se suplica “que le den a Pedro Vergel el valor de dos toros por su intervención en la fiesta de San Juan de 1622, según costumbre y ayuda de costas por un caballo que le mató un toro”.
Han pasado a la historia algunos otros alguaciles por algún hecho notable realizado. Este es el caso del toledano Pedro Tacones, que era cojo, a quien según las crónicas un toro enmaromado zamarreó en la plaza de Zocodover en Toledo, donde antaño se celebraban los festejos taurinos, hasta que la Ilustración concibió arquitectónicamente las Plazas de Toros como edificio para una función concreta y específica.
En el siglo XIX, por decreto de 23 de abril de 1821, se les suprime a los alguaciles toda clase de regalías por asistir a las fiestas taurinas, y se ordena que concurran como empleados públicos sin recibir nada. Alguna vez los alguaciles han sido sustituidos por agentes de policía, pocas por suerte, pues daba muy mala sensación que un Policía con la pistola al cinto se dirigiera a un torero para transmitirle una orden. Lo cierto es que la presencia de “los alguacilillos” en la Fiesta es algo consustancial ya a sí misma, una tradición tan antigua como las corridas de toros. Con sus lujosas vestimentas de época, sus plumeros en los vuelos del sombrero, dan una impronta de romanticismo y autenticidad a este antiguo, mágico y bello espectáculo, que si Dios quiere y los políticos que nos gobiernan lo permiten, existirá siempre en este país de la piel de toro.

sábado, 30 de enero de 2010

LA CABEZA DEL TORO QUE MATO AL “YIYO” EN 1985, FUE MOTIVO DE VARIOS LITIGIOS EN LOS TRIBUNALES, Y ACABO EN EL SUPREMO EN 1990



Por El Zubi
Poca gente conoce, que la propiedad de la cabeza del toro Burlero, de la ganadería de Carlos Núñez, que mató a Jose Cubero “Yiyo” el domingo 30 de agosto de 1985 en la Plaza de Toros de Colmenar Viejo (Madrid), durante la Feria de Los Remedios, fue motivo de varios litigios en los tribunales, entre los carniceros que compraron los toros de aquella dramática corrida y la empresa Merlan S.A., adjudicataria de la Plaza, y que el asunto acabó en 1990 en el Tribunal Supremo, que respaldó la sentencia de la Sección 14ª de la Audiencia Provincial de Madrid, dándole la razón y la propiedad de la cabeza en última instancia, a los carniceros José y Domingo R. M., que recuperaron la propiedad de la cabeza cinco años después de la muerte de “Yiyo”.
Pero empecemos por el principio, que es como hay que contar las historias. Burlero fue el sexto toro en lidia de la corrida que se celebró aquel negro día de las fiestas locales de Colmenar Viejo. José Cubero compartía cartel con Antonio Chenel “Antoñete” y José Luis Palomar. Al salir el toro se animó la cosa en la plaza. Rafael Atienza lo picó muy bien. Yiyo comenzó la faena con la rodilla en tierra, con tres impresionantes muletazos por bajo que quitaron la respiración a la plaza. El toro estaba bien ahornado por la lidia que se le había hecho. José Cubero le dio tres series de redondos muy templados, bien ligados, muy intensos y sentidos. El torero es que se entregó desde el principio. Las series eran largas, de cuatro y hasta cinco pases, con las zapatillas clavadas en la arena sin enmendarse del sitio. Burlero era un toro muy encastado que repetía y repetía con codicia su noble embestida. La faena pasó a mayores cuando Yiyo se echó la muleta a la mano izquierda y comenzó a torear al natural desmayadamente, hasta empalmar dos con el de pecho. El público estaba ya conmovido y en pie. Yiyo, borracho de toro y poseído por la magnitud de su obra, cambió la espada y siguió toreando: cuatro molinetes fundido con el toro y tres naturales mas por bajo para rematar la faena, dejando al toro cuadrado y pidiendo la muerte a gritos. El torero se perfiló y pinchó en hueso. De nuevo se perfiló y a volapié muy lentamente, dejándose ver se cruzó con el toro, metiéndole el estoque en todo lo alto. El toro al sentirse la espada se revolvió y Yiyo quiso hacerse el quite con un natural para sacarse de encima al animal, pero Burlero, herido de muerte estaba ya cegado y cogió al torero a quien dio una voltereta. Estando el torero tendido en la arena giró sobre sí mismo para que el toro no volviera a cogerlo, pero Burlero, herido de muerte, ya estaba encelado con su presa y no atendió a cuantos capotes le echaron para quitarlo de allí, y persiguió a Yiyo haciendo hilo con él hasta alcanzarlo de lleno en el costado con una terrible certeza. Lo enganchó, lo levantó del suelo y lo dejó de pie con el pitón dentro del cuerpo. El toro, libre de su presa cayó fulminado, mientras el torero auxiliado por sus subalternos, daba tres pasos hacia la barrera, con la vista perdida y se desplomó. La muerte con su guadaña hizo acto de presencia. La estupefacción de los toreros delató la tragedia mortal. Yiyo estaba muerto. Cuando lo llevaban por el callejón las asistencias, el gesto del torero era delatador y terrible: los ojos abiertos y extraviados y la tez blanquecina cerúlea de la muerte.
El ganadero Marco Núñez, horrorizado huía hacia Sevilla, sin entender aun a ciencia cierta lo que había pasado. Su muerte dejó secuelas de tragedia y de dolor: su apoderado Tomás Redondo, que no pudo sobrellevar el dolor de la tragedia, se suicidó poco tiempo después. Su picador Rafael Atienza, murió pocos años después también. Recuerden que Yiyo estuvo en aquel fatídico y maldito cartel de Pozoblanco del 26 de septiembre de 1984 junto a El Soro y Paquirri.
Burlero fue arrastrado por las mulillas hasta el desolladero. Cuando los carniceros José y Domingo R. M. que habían adquirido las res por contrato de compraventa firmado el 13-8-1985, procedían al despiece de la res, separada ya la cabeza del cuerpo, irrumpió en la sala de desolladero de la Plaza un gran número de personas de la empresa Merlan S.A. y sin que los matarifes pudiera impedirlo, se la llevaron para disecarla. Durante cinco años la cabeza estuvo en manos de los propietarios de la plaza. Los compradores de la carne de aquella corrida interpusieron una demanda de menor cuantía a los propietarios de Merlan, por creer que se habían apropiado de algo que ellos habían comprado. El Juez de 1ª Instancia de Colmenar Viejo dictó sentencia el 10-12-1988 desestimando la demanda de los carniceros, que como es natural la apelaron, y la Sección 14ª de la Audiencia Provincial de Madrid, en Sentencia de 11-5-1990, estimo el recurso y la demanda condenando a los demandados a entregar la cabeza del toro a los carniceros. Merlan interpuso un recurso de casación y el Tribunal Supremo rechazó el recurso, dejando sentado la sentencia dictada por la Audiencia en la que se dice que había existido “una desposesión cuando esa parte del cuerpo pertenecía ya a los demandantes, como industriales compradores de la carne, concepto no limitado a las canales de la res, sino a todas las partes en que normalmente se despieza, entendiéndose según costumbre habitual en el mundo del toro, que la compraventa de la carne de los toros a lidiar incluye el todo del animal: vísceras, cabeza y despojos”.
Y esta es la triste historia sobre la muerte de “Yiyo” y de Burlero”, el toro y el torero que se mataron mutuamente y que no sólo trajo consecuencias trágicas al entorno del torero, sino que la codicia de algunos acabó en los tribunales. Ustedes se preguntarán como ha podido llegar hasta mí manos esta sentencia tan interesante y curiosa, y que estoy seguro pasará ya a la historia de la Jurisprudencia y también de la Tauromaquia. Los periodistas con raza somos inquietos y audaces, investigamos a veces, como sabuesos, lo divino y lo humano, pero la verdad es que todo ha sido fruto de una casualidad, que quiero que conozcan. La casualidad y el tiempo, por otra parte, son elementos consustanciales para cualquier investigación.
La sentencia me la hizo llegar un extraordinario abogado cordobés, muy buen aficionado a los toros, llamado Ignacio Enríquez. El equivalente en la abogacía cordobesa a lo que Luis Miguel Dominguín fue en los toros, por prestancia, maestría y torería. Un número uno en lo suyo. En el último número de la revista La Montera en que publiqué el último capítulo de una serie dedicada a “La República, la Guerra Civil y los Toros”, hablaba de las ganaderías y ganaderos que desaparecieron en la fraticida guerra civil que los españoles sufrimos en el siglo pasado. MI generoso amigo Ignacio Enríquez, me mandó un correo electrónico con la citada sentencia y me decía: “Zubí: como te prometí, te remito la sentencia que dictó el Tribunal Supremo sobre la propiedad de la cabeza del toro que mató al Yiyo, que al final fue para el que compró las carnes. En tu artículo de La Montera sobre las ganaderías en la guerra civil, mencionas a mi abuelo materno Indalecio García Mateo, padre de mi madre Teresa García Nátera, que se la vendió a Carlos Núñez, fundamentalmente porque habían matado en el frente a su hijo Indalecio, que era el que la llevaba. Si te interesa te puedo dar mas datos”. El mundo es un pañuelo y la generosidad de las personas hay que corresponderla con el tributo de la gratitud. Por eso yo desde estas páginas te agradezco de corazón Ignacio, la luz que me has dado pues de alguna manera, tú y yo, hemos escrito juntos una nueva página en la historia de la Tauromaquia.

miércoles, 27 de enero de 2010

EL TORERO ANTONIO MARQUEZ Y LA ARTISTA CONCHITA PIQUER VIVIERON HASTA EL FINAL UN AMOR EN CONTRA DE LAS NORMAS SOCIALES DE LA EPOCA



(y 2ª parte)

Por El Zubi

LA CANTANTE

Conchita Piquer se llamaba Concepción Piquer López y nació en la calle de Ruaya 23 del barrio valenciano de Sagunto, un 8 de diciembre de 1906. Su padre era albañil y su madre, doña Ramona, era costurera en un taller de costura, donde desde muy jovencita entraría a coser Conchita. Allí ella y las demás aprendices canturreaban las canciones que escuchaban en la radio de válvulas que tenía el taller. Canciones de Raquel Meller, la Fornarina y La Goya que eran las cupletistas de éxito en aquellos años. Cantó por primera vez en público en el cine Sagunto y en el Huerto de Sogueros en su barrio. Con once años obtuvo su primer contrato en el teatro Apolo: cinco pesetas por día. Luego actuó en el teatro de La Marina en el Grao, hasta que allí la escuchó el maestro Penella y le propuso ir a Nueva York con su compañía de zarzuelas para estrenar “El Gato Montés”. Conchita aceptó, pero como era menor de edad se hizo acompañar por su madre. Llegó a Manhattan un 13 de septiembre de 1922. En EE.UU estuvo hasta 1926 obteniendo un éxito en cada sitio que actuaba: Panamá, México, Costa Rica, Cuba… todos se rindieron a sus pies. Ese año volvió a Madrid y se presentó en el teatro Romea. Al estreno, atraídos por los ecos de sus triunfos, acudieron a verla y escucharla la flor y nata de la sociedad española: el presidente del Gobierno, el dictador Primo de Rivera, el ministro de la Guerra, Duque de Tetuán, los hermanos Álvarez Quintero, Jacinto Benavente, Julio Romero de Torres y su paisano el escultor Mariano Benlliure. Aquella noche interpretó una canción en inglés, pero la que le supuso el triunfo fue la canción que el maestro Penella le hizo recordando el pasodoble de Álvarez “Suspiros de España”, o lo que es lo mismo “En tierra extraña”. A partir de ahí le llovieron los contratos por toda España y la grabación de varias películas.
Antonio Márquez se retiró definitivamente de los ruedos el 29 de mayo de 1938 en Cáceres, en plena guerra civil, en una corrida mixta alternando con Manuel Jiménez Chicuelo y los novilleros José Ignacio Sánchez Mejías y Juanito Belmonte Campoy. Durante la guerra volvió a torear otra vez el 12 de octubre, en Talavera de la Reina, un encierro con toros de la ganadería del salmantino Galache junto a Victoriano de la Serna y Cayetano Palomino Benito, torero mexicano que tomó ese día la alternativa. Tras su retirada se convierte en el representante artístico de Conchita Piquer. Durante la guerra civil vivieron primero en Madrid, luego en Francia y más tarde en Sevilla. El torero cambió los coches con botijo en la baca, por los vehículos y camiones con decorados y los famosos “baúles de la Piquer” que se convirtieron en un mito.
En 1940 comienza el despegue de Conchita como estrella indiscutible de la copla, al estrenar en el teatro Calderón un gran espectáculo en el que sobresalía la estampa de “Las calles de Cádiz” en recuerdo del éxito de La Argentinita. Su consagración definitiva fue en 1942 en Madrid en el teatro Reina Victoria con “Ropa tendida”, reuniendo por primera vez a Quintero, León y Quiroga, al autor de comedias, al poeta y letrista y al gran músico.
Tuvo ella una especial amistad con Rafael de León, el poeta que le escribía las letras. Conversaba con el artista muy a menudo y le hacia sus mas íntimas confidencias. En la calle se conocía su situación sentimental con el torero, pero en aquellos años de posguerra como no existían aún publicaciones de prensa rosa dedicadas a los chismorreos, ni televisiones atrevidas que destaparan los asuntos de entrepierna de los famosos como ahora, pues no se hablaba públicamente de ello. Rafael e León escribió para Conchita una preciosa canción que más tarde seria emblemática “Romance de la otra”. Quiroga le puso la música a ritmo de farruca y decía así: “Yo soy la otra, la otra/ y a nada tengo derecho/, porque no tengo un anillo/ con una fecha por dentro. /No tengo ley que me ampare,/ni puerta donde llamar,/y me alimento a escondidas/con tus besos y tu pan./ Con tal que vivas tranquilo,/¡qué importa que yo muera./Te quiero, siendo….¡la otra!,/ como la que mas te quiera”. Ella cantaba esta copla con tal pasión, arrebato y sentimiento interpretativo que desde luego hizo furor. Sus puestas en escena eran especialmente espectaculares y bellas, con vestidos maravillosos y cuidando al máximo hasta el último de los detalles.
Como es natural el público se identificaba con la cantante y comprendía a la perfección que estaba haciendo una confesión pública de parte de su propia vida, pues Conchita, al igual que en esos años le ocurriera a Lupe Sino con Manolete, no llevaba un anillo nupcial fechado por dentro. Rafael de León conocedor, por sus conversaciones con la cantante, del difícil momento que estaba atravesando su relación con el torero, le escribió la letra de otra copla “Judas” (en la que también colaboró el gran poeta y letrista José Antonio Ochaita), en la que se reflejaba la gran pena que llevaba en su corazón la artista valenciana. Una historia, la de Conchita, en la que se veían reflejadas muchas mujeres españolas en aquella difícil y complicada España de posguerra. Esas coplas concretamente, coincidieron con una de las pocas crisis serias que atravesó esta pareja y que se sabe les mantuvo alejados al uno del otro varios meses, como así lo ha atestiguado incluso su propia hija Conchita Márquez Piquer. Esa canción fue grabada en concreto en el año 1951. Sin embargo la pareja fue siempre feliz, sobre todo cuando nació su hija Conchín en Buenos Aires, que fue apadrinada por la esposa del presidente de Argentina, Evita Duarte de Perón. Parece ser que el torero y la cantante pudieron finalmente formalizar legalmente su situación y se casaron en Montevideo (Uruguay). En una España en las que estaban mal miradas las madres solteras y en la que no existía el divorcio, difícilmente hubieran podido legalizar su estado civil. Su casamiento lo mantuvieron dentro del mas estricto secreto y no lo comentaron ni siquiera con las personas de su confianza, excepto a su hermana Anitín que iba con ella en su compañía. En todo caso la fecha de este viaje a Montevideo debió de ser la fecha en que Conchita Piquer dejara de ser para siempre “la otra”.
Las coplas de Conchita Piquer son, si se mira el asunto de forma reflexiva, un análisis sociológico de esta época. Incluso en las letras de sus coplas hay mucho de contenido reivindicativo de la mujer española de aquellos difíciles años. Para ello contó siempre con la complicidad y amistad del gran poeta Rafael de León, que en sus versos nunca dudo en ponerse del lado de las mujeres, ya fueran mujeres del arroyo, engañadas por el marido, abandonadas o presas de un amor imposible. Es verdad que durante la guerra tanto el torero Antonio Márquez como Conchita Piquer estuvieron siempre en el bando nacional, por tanto ambos estuvieron siempre libres de cualquier sospecha, pero lo cierto es que las letras de sus cuplés proclamaban las desgracias e injusticias sufridas por muchas mujeres españolas que ya no tenían el amparo de las leyes progresistas que rigieron durante los años de la República. La canción “Picadita de viruela” por ejemplo, se convirtió también en emblemática y si la colocamos en el año de su lanzamiento, parece sacada de una campaña de concienciación de la Dirección General de Sanidad (en aquellos años por cierto, el director general de Sanidad fue el doctor García Orcoyen), pues su mensaje estaba destinado a llevar el ánimo a la población civil… que una mocita no debía padecer las consecuencias de la viruela como si fuera un estigma, sino como algo natural y no hereditario en los hijos.
Doña Concha se retiró de los escenarios en 1957. Fue a raíz de una actuación en Isla Cristina (Huelva) en que la cantante notó que la voz le fallaba por un refriado mal curado. Esa misma noche reunió a toda su compañía y les anunció su decisión de retirarse, indemnizando a todos cuantos formaban parte de ella. No volvió a cantar. El torero Antonio Márquez se fue de este mundo el 17 de noviembre de 1988, su mujer quedó completamente destrozada anímicamente y desde entonces perdió la alegría de vivir. Murió el 12 de diciembre de 1990.
Esta es la historia de estos dos artistas que dejaron una honda huella en la sociedad española entre las décadas de los 30 a los 50. Conchita Piquer con su arte inmenso que no ha podido ser superado aun por nadie. Antonio Márquez por su gran personalidad y presencia en los ruedos. Orts Ramos en su obra “Toros y toreros en 1929” dice de él: fue el torero mas completo de estos tiempos con el capote, en banderillas, toreando con la muleta y como estoqueador, raya ya a tal altura que en una tarde afortunada ningún otro espada puede aventajarle”. Fue por tanto un torero muy dominador, de mucho temple, elegancia en su toreo como algo consustancial en él. El crítico taurino Don Quijote dejó dicho: “Su entronque dentro de la selección de los toreros artistas está en la rama de los elegantes: Lagartijo, Fuentes, Gaona y Márquez”. Es sin embargo don José Mª de Cossío quien da una opinión mas certera sobre el torero Antonio Márquez: “nadie ha superado a Márquez en la depuración de su estilo con el capote y a muleta, estilo sobrio, impregnado de una suavidad, un ritmo, un temple, de una elegancia innata jamás igualados. Más que torear esculpe. Su ánimo se encogió en los momentos mas decisivos de su carrera y esto le impidió el triunfo definitivo, completo y absoluto que pudo y debió llegar dadas sus cualidades, aptitudes y condiciones artísticas”.

martes, 26 de enero de 2010

EL TORERO ANTONIO MARQUEZ Y LA ARTISTA CONCHITA PIQUER VIVIERON HASTA EL FINAL UN AMOR EN CONTRA DE LAS NORMAS SOCIALES DE LA EPOCA


(1ª parte- El Torero)

Por El Zubi
Antonio Márquez, un torero de prestigio, fama, dinero y categoría, aceptó el papel de segundón de su mujer. Supo llevar con dignidad, tras muchos años de retirada, el hecho de ser el marido y representante de la Piquer. Ellos, Antonio y Concha, formaron un matrimonio sin papeles pues él era casado, en una época en la que la moral propiciada por el franquismo miraba con malos ojos que una mujer no llevara un anillo con la inscripción por dentro. El amor que sentía el uno por el otro superó todas las barreras que se interpusieron en su camino. Y es que el amor entre la tonadillera y el torero, a primera vista resultaba casi imposible, pues él estaba casado y tenía incluso un hijo con otra mujer, pero ambos rompieron todas las barreras que encontraron. La pareja estuvo, a pesar de los altibajos propios de cualquier matrimonio, muy unidos y enamorados hasta el final. De Antonio Márquez quedó el recuerdo de su media verónica, que daba con una elegancia y un temple especial, como todo su toreo en general pues fue un torero poderoso que brillaba en todos los tercios, sobre todo con la capa. Le llamaban el “Belmonte Rubio” un apelativo que a él le molestaba, pues aunque admiraba al trianero, tenían estilos muy diferentes. Tuvo incluso un pasodoble “Antonio Márquez” del maestro Villacañas del que nunca hizo gala. De Conchita Piquer queda aun su trono vacante de artista inconmensurable y eterna, y en nuestra memoria histórica dejó un repertorio en el que fueron protagonistas: la otra, la prostituta apoyada en el quicio de la mancebía (que la censura de la época convirtió en “apoyá en la trama de mi celosía”), los valores tradicionales, el crimen pasional, los celos, las solteronas, el contrabando como forma de vida, los maletillas, las condesas enamoradas y las locuras de amor, además de una estela de nombres femeninos, que ilustraron para siempre la España de charanga y pandereta. Ella cantó todo eso y mucho más y lo hizo como nadie hasta entonces lo había hecho ni nadie lo hará después.
EL TORERO
Antonio Márquez Serrano nació un 23 de abril de 1899 en Madrid, en el cuartel de la Guardia Civil que había en la calle Toledo pues su padre pertenecía al Cuerpo de la Benemérita, aunque también tenía una carbonería. Su madre era sirvienta, y él, tras realizar los estudios primarios, pasó a la carbonería que tenían en la calle de Las Velas, a echarle una mano a la familia, aunque muy pronto vio que aquello no era lo suyo, y llevado por su gran afición comenzó a participar en capeas junto a otros chavales del barrio, hasta que tuvo la oportunidad de participar en una becerrada que organizaron los empleados del teatro Novedades en la plaza de Madrid un 8 de junio de 1913 donde apuntó muy buenas maneras. Mató por primera vez en una becerrada que organizó el Partido Reformista del distrito de Latina el 19 de julio de 1914. Vistió por primera vez de luces en Vista Alegre en mayo de 1917, en la Plaza de Tetuán de las Victorias, y después toreo en Barcelona y Zaragoza. Ganaba como becerrista 175 pesetas hasta que llegó a las 1000 cuando adquirió la condición de novillero. Así logró ahorrar hasta 14.000 pesetas con las que se fue a Salamanca donde pudo conocer por fin a Granero, Chicuelo y Juan Luis de la Rosa y torear en las dehesas de aquella zona. Se presentó en Sevilla en 1918 y su primer gran éxito lo obtuvo en Madrid el 17 de octubre de 1920 alternando con Jumillano padre y Valencia II, que salió a hombros de la plaza. Repitió en Madrid el 2 de mayo de 1921 y obtuvo otro éxito pues despuntaban en él una gran personalidad y un toreo lleno de elegancia. El 24 de septiembre de 1921 recibe la alternativa como matador de toros de manos del mismísimo Juan Belmonte. Alternó aquel día con Ignacio Sánchez Mejías y Granero, en una corrida donde se lidiaron ocho toros de la ganadería de González Nadín. El toro de su alternativa se llamaba Molinero. Dicen las crónicas periodísticas de la época que a los toros tercero y octavo los banderillearon él y Granero de forma espectacular. Antonio Márquez destacó por su habilidad poniendo pares al quiebro en cualquier punto del ruedo. Márquez dio la vuelta al ruedo en su primer toro y al segundo toro lo mató de dos estocadas. La crítica lo comparó con Machaquito a quien por cierto brindó el toro de su alternativa.
Durante 1922 no toreó ninguna corrida ya que se tuvo que ir a luchar a la guerra que España mantenía con Marruecos. Un año este de 1922 funesto para nuestro país, que sufría una sangría de vidas jóvenes y la humillación de nuestro ejercito frente a Abd el-Krim en el Protectorado, mientras se pactaba una vergonzante liberación de prisioneros y se daba a conocer el “Informe Picasso” sobre el desastre del ejercito español en Anual, que estuvo dirigido por el general Silvestre. Antonio Márquez pudo regresar con vida, pero no así otros toreros jóvenes que se embarcaron a esa guerra para no regresar nunca. Confirma su alternativa en Madrid el 17 de mayo de 1923, día de San Pascual, en el festejo de la Beneficencia. Fue una corrida con ocho toros de la ganadería de Sánchez Rico y su padrino fue Manuel García “Maera”, alternando con el aragonés Nicanor Villalta y el madrileño Marcial Lalanda. En 1923 toreo 33 tardes con carteles destacados en Madrid, Valencia, Bilbao, Barcelona…así como la corrida del Montepío de toreros donde se le otorgó la medalla de Oro. En Sevilla una tarde, después de poner tres pares de banderillas el público le obligó a dar tres vueltas al ruedo. Márquez tuvo un temple exquisito con la muleta y fue un certero estoqueador. Puestos a valorar su lugar en el escalafón hay que decir que estuvo en segundo lugar. En 1926 por ejemplo toreó cincuenta y ocho corridas. Ese año El Niño de la Palma fue el primero con sesenta y ocho festejos. En 1927 lidió cincuenta y cinco corridas siendo el Niño de la Palma el primero del escalafón con diez actuaciones más.
En el invierno de 1924 se embarcó hacia México donde actúa en quince ocasiones y se crea una reputación que le serviría para repetir en temporadas sucesivas en tierras aztecas, donde también fue muy apreciado. Debió de ser por estas fechas cuando se enamoró de una señorita cubana, descendiente de vascos, que se llamaba Gloria Arechavala. El flechazo se produjo durante una travesía marítima de regreso a España procedentes ambos de México. Se casaron y pocos meses después tuvieron un hijo, pero no fueron felices y acabaron separándose: fue uno más de los muchos matrimonios con toreros que acaban en ruptura. Por cierto que, tras la muerte de Antonio, su hijo vino desde Cuba a Madrid al entierro. Meses antes su padre movió todo tipo de influencias políticas y diplomáticas para que su hijo saliera de la cárcel donde estuvo una buena temporada por discrepancias con el régimen castrista. En las temporadas de 1925 y 1926 Márquez toreó una media de sesenta festejos pero a partir de 1928 y hasta 1931 redujo sus actuaciones por propia decisión por motivos de salud parece ser. Una rara enfermedad le impidió torear muchas corridas contratadas y prefirió esforzarse menos y reposar más. En 1932 no toreó y anunció su retirada, aunque en 1936 volvió a torear y muy bien pues se recuerda su actuación de Segovia el 29 de junio que pasó a los anales de la tauromaquia.
Fue en 1928 cuando Antonio y Conchita se conocieron en Barcelona. Un año después se volvieron a encontrar en Madrid en un baile de máscaras. De ese encuentro dijo Conchita en una revista de la época: “Ahí nos enamoramos el uno del otro, en aquel baile celebrado en el teatro de la Zarzuela”. En 1933 Conchita Piquer y Antonio Márquez ya vivían juntos. No se casaron porque legalmente no podían hacerlo en España.

viernes, 22 de enero de 2010

Fue el torero más guapo de la historia: A JULIO APARICI “FABRILO” SE LE TACHO EN SU ÉPOCA DE HOMOSEXUAL, PERO ADEMÁS DE TENER MUJER, TUVO AMANTES


Fabrilo junto a su cuadrilla

(y 2ª parte)

Por El Zubi

Los comienzos de Fabrilo en el toreo fueron parecidos a los de todos los toreros de esa época: capeas en los pueblos y tentaderos. Triunfó como novillero en todas las plazas, especialmente en la de Madrid, y tomó la alternativa en Valencia un 14 de octubre de 1888, de manos del sevillano Antonio Carmona “El Gordito” y mató al toro Panadero, un colorao de la ganadería de González Nandín. Fue un torero al que gustaban las aventuras continuas por ello en el invierno de 1888 se fue a torear a la Habana con Fernando Gómez El Gallo, padre de Joselito y de Rafael. Fabrilo confirmó su alternativa en Madrid el 30 de mayo de 1889 de manos de Frascuelo y actúa como testigo Luis Mazzantini. Demostró a lo largo de su carrera su merecida fama de torero valiente y, como buen valenciano que era, con las banderillas fue un auténtico artista, suerte que practicaba lo mismo al quiebro, como de frente asomándose al balcón, saliendo siempre del estribo airoso y con garbo. Compartió cartel con todos los grandes toreros del momento y llegó a estar considerado con uno de los mejores del escalafón. Era tan valiente que gracias a él quedo en Valencia el dicho popular de “te mes collons que Fabrilo”. Ya en su mejores tiempos y como si fuera una premonición de su destino corrió por Valencia una coplilla que decía: ¡Ay Fabrilo!¡Ay Fabrilo!/ No te vayas a morir,/ que las niñas de Valencia/ llevarán luto por ti./.

En realidad fue su vida privada la que le acarreó la animadversión de gran parte de los públicos. Las simpatías generalizadas del principio, se fueron tornando en críticas ácidas reflejadas en una mayor exigencia en la plaza. En la Feria de La Magdalena de 1895, en Castellón, alternó junto a Rafael Guerra Guerrita y ambos toreros fueron invitados a participar en la romería y las fiestas populares que se celebraban con tal motivo. Allí conoció a la hija de don José de la Figuera y de Pedro, marqués de Fuente el Sol, con casa solariega en Morella. Fabrilo vivió amancebado con aquella distinguida señora desde que la conoció. Fue como un flechazo a primera vista, y ello despertó las iras de la sociedad de aquella época contra él, ya que tomó partido por su mujer Pilar Teruel y en cada corrida le reprobaban su actitud y se incrementaban las exigencias de los públicos, lo que obligaba al torero a arriesgarse mas cada tarde… hasta que al final llegó la cogida y la muerte. Aquella tarde alternaba con el torero Antonio Reverte.

Tras su desaparición, la imaginación popular lo llevó a las coplas. Con su vida se hicieron canciones y su figura fue cantada en romances de ciego por los pueblos de la zona levantina. Incluso hubo un autor anónimo que publicó un folletín titulado La viuda de Fabrilo. Como es natural tomaba partido a favor de quien había sido su esposa burlada. En todo caso, lo cierto de esta historia es que Julio Aparici Fabrilo murió por la presión del público, como años más tarde y de manera sucesiva murieron El Espartero, Varelito, Joselito y el propio Manolete. Lo confirma la crónica de La Lidia, que en su edición del 31 de mayo, al reseñar como había sido la cogida decía que el torero había sufrido aquel grave percance “por atender a las exigencias de una parte del público, que pidió con insistencia, al ordenar la Presidencia que fuese banderilleado el quinto toro y que los espadas se encargasen de efectuarlo, y en mala hora puesto que al salir de clavar el primer par cuarteando y consintiendo mucho, fue alcanzado por la ingle izquierda y campaneado horrorosamente”. El torero murió a las pocas horas en su casa, donde fue trasladado desde la plaza tras recibir las primeras curas. Murió rodeado de su familia, el doctor Paco Moliner, su apoderado Manuel García y los miembros de su cuadrilla, entre ellos el picador Pajalarga y el banderillero Chapín. Su hermana Carmen y su cuñado llegaron el día de su muerte en el tren mixto de Madrid. La prensa de aquellos días recogió las notas más sobresalientes del toreo de Julio Aparici, que aquí reproducimos, e hicieron énfasis en “sus arrojos al límite de lo temerario, llevado por su amor propio y de su afán constante de dar gusto al público. Uno de esos afanes es el que le costó la vida”. Los periódicos de aquellos días también hablaron de “aquella varonil naturaleza”, y recogieron su última conversación con el doctor Moliner rogándole que no le dejara morir. Las crónicas señalaron que deseaba vivir por su familia, a la que idolatraba, lo que se contradice con su amancebamiento con la citada marquesa. Ni que decir tiene que su muerte fue muy sentida por la afición de toda España, pero muy especialmente en Valencia y en Madrid, donde se le valoraba mas.

El relato de esta historia refleja desde luego que no siempre llevan razón las malas lenguas sobre la presunta homosexualidad de algunos toreros, pues en este caso esa condición fue pregonada durante años en toda la zona levantina, y luego Fabrilo se destapó como un auténtico rompecorazones…pero de las mujeres.


jueves, 21 de enero de 2010

Fue el torero más guapo de la historia: A JULIO APARICI “FABRILO” SE LE TACHO EN SU ÉPOCA DE HOMOSEXUAL, PERO ADEMÁS DE TENER MUJER, TUVO AMANTES


Retrato de Fabrilo. Al lado chaquetilla del traje que llevaba el dia de su muerte (Museo Taurino de Valencia)

(1ª parte)

Por El Zubi
Se da como normal el hecho de que en nuestros días se este hablando continuamente en los mentideros de la rumorología taurina, si tal o cual torero es homosexual… incluso que haya burlas crueles en los tendidos de las plazas sobre su virilidad o presunta homosexualidad. Prefiero no citar nombres concretos, para no entrar yo también en ese odioso circulo de personas que llevan a cabo esa práctica de hablar mal del prójimo sin que hayan dado pruebas públicamente de ello. En todo caso lo que les quiero contar es que casos como estos no son nuevos y se vivieron nada menos que a finales del siglo XIX, con el torero valenciano Julio Aparici Pascual “Fabrilo”. De él dicen las crónicas de la época que era guapo, de buena planta, y de una belleza sin igual en el mundo taurino, aunque con unos gestos un tanto amanerados y en muchas ocasiones ambiguos. Por Fabrilo sentían autentica locura las mujeres que le veían pasear por las calles de Madrid o Valencia. Como la envidia es algo muy pernicioso, el éxito que tuvo con las mujeres hizo que en aquellos años comenzasen a circular murmuraciones masculinas sobre su presunta homosexualidad. Murmuraciones que él se encargaba de tirar por tierra cada tarde cuando salía a los ruedos. Un mundo este de los toros, siempre tan machista, no podía asimilar que un torero con tantos arrestos tuviera la etiqueta de maricón y que además tuviera un éxito extraordinario con las mujeres, como después veremos.
El caso es que Julio Aparici “Fabrilo”, demostró que no era homosexual. Hace años publiqué en estas mismas páginas, que murió a consecuencia de la cornada recibida en la plaza de Valencia en 1897. Curiosamente su centenario coincidió con el sesenta y cinco aniversario de la muerte del también valenciano Manuel Granero y el cincuentenario de Manolete. A Fabrilo lo hirió mortalmente el 27 de mayo del citado año un toro de José Manuel de la Cámara de nombre Lengüeto, pero en este mortal percance hubo un condicionamiento que también persiguió a Manolete: la animadversión de los públicos hacia el torero. La fiebre de los tendidos se debió al hecho de que Fabrilo mantenía una relación sentimental, un amor ilegal con la marquesa de Fuente el Sol, y el público de toda España había tomado partido por Pilar Teruel, la esposa burlada. Un sentimiento parecido al que ahora el pueblo siente hacia Belén Esteban y Jesulin de Ubrique. Esta circunstancia hacía que el público fuera con él mas exigente que con los demás toreros de la época, circunstancia por la cual el corría mayores riesgos en los ruedos que cualquier otro torero. Como el “chusmerío” de los circos romanos, el constante griterío de cada tarde exigió su inmolación y él un día, agotado por tanta incomprensión, se dejó matar.
Julio Aparici nació en el valenciano barrio de Ruzafa, el 1 de noviembre de 1866 y debió su apodo por haber trabajado en La Fabril, una industria valenciana de la segunda mitad del siglo XIX. Logró tener un cartel como torero en toda España y desde luego, su biografía está llena de claroscuros. Ya desde que trabajaba en La Fabril su inmensa belleza clásica de efebo griego, le creo fama de maricón entre sus compañeros. Era un hombre simpático y locuaz, y su simpatía en el trato con hombres, mujeres y jefes le creaba envidias constantes que desembocaron en su catalogación de homosexual. En la revista La Lidia se decía de él: “Toda su planta física, desde los pies, delicados y diminutos, hasta la cabeza, de negro, brillante y ensortijado pelo, era en él armonía suave y mesurada como la del fauno joven y delicioso”. Sin embargo en las litografías que sobre él se publicaron en La Lidia lo retratan con pelo liso y con una larga coleta natural. Pero el relato de su vida y su belleza han tenido cantores que llevados por su exaltación literaria, exageraron bastante su estampa de hombre provocador de deseos tanto femeninos como masculinos. En una crónica taurina de la época del periódico La Juventud de Castellón se dice de él lo siguiente: “la buena planta de Fabrilo saca de sus casillas a muchas de nuestras pollitas. Les aconsejo que no lo tomen tan a pecho. Tienes por Fabrilo muchas simpatías y no es esto muy simpático a los ojos de nuestros pollos y hasta de nuestros gallos”.
Fabrilo debutó en Madrid un 27 de febrero de 1887, alternando en el cartel con Guerrita y Ecijano, y mató un novillo de Veragua y otro de Antonio Hernández. Las crónicas de la época (Sol y Sombra y La Lidía, concretamente) consultadas para poder contarles esta historia dijeron que había toreado lúcidamente con la muleta y que había banderilleado de forma magistral. Aquella tarde le dio un baño a Guerrita con el capote, muleta y, lo más sorprendente, con las banderillas, pero lo que quedó en el ambiente, según la crónica consultada, fue esta frase: “Tiene cara de mujer bonita”.
Es cierto que era un hombre con una gran sensibilidad pues hasta se diseñaba él mismo sus propios trajes de torear, elegía los colores y la combinación de estos. El día que lo mató el toro Lengüeto (de la ganadería de José Manuel de la Cámara) vestía de grana y oro y cuando apareció por la puerta de toriles, creó auténtica sensación entre el público, fundamentalmente entre las mujeres. Lo curioso del asunto es que su hermano pequeño, el novillero Paco Aparici murió el 30 de abril de 1899 al ir a banderillear y llevaba el mismo traje de grana y oro con el que encontró la muerte su hermano Julio. Casualidades… o cosas del destino…?. José María de Cossío dijo de Julio que “se distinguía por su elegancia y tacto en el vestir, causando admiración entre los espectadores los maravillosos trajes con los que se presentaba en las plazas”.

martes, 12 de enero de 2010

JUANITO BELMONTE Y LA VEDETTE CELIA GAMEZ ESTUVIERON A PUNTO DE CASARSE, PERO LA DIFERENCIA DE EDAD LO IMPIDIO


Por Rafael González Zubieta

Es casi una tradición secular, la atracción amorosa que a lo largo de la historia ha habido entre los toreros y las tonadilleras, cantantes y artistas del mundo del espectáculo. Ejemplos tenemos muchos pero baste citar los casos de Rafael “El Gallo” y Pastora Imperio, por irnos lejos, a los mas cercanos a nuestra época como los de Paquirri y La Pantoja u Ortega Cano y Rocío Jurado. Algo parecido ocurrió, nada mas acabar la guerra civil, entre el torero sevillano Juanito Belmonte Campoy y la vedette argentina Celia Gámez. Una relación que acabó siendo tormentosa, porque ella nunca vio claro que aquel apasionado y sincero romance pudiera culminar algún día en algo formal. Celia Gámez, como cualquier mujer, al final lo que mas deseaba era una boda por la Iglesia, pero tenía el problema que Juanito Belmonte era diez años mas joven que ella, y esa idea de la diferencia de edad, llegó a obsesionar tanto a la cupletista, que fue mas fuerte que el amor que sentía por el torero. La ruptura fue una medida inevitable para ella y en el fondo debió ser el remedio a un fracaso presentido.
Juanito Belmonte Campoy, fue hijo natural del mítico Juan Belmonte, y como torero tuvo su propia personalidad, llegando a brillar con luz propia dentro del escalafón. Interpretaba con gran fortuna los lances y pases afarolados, aunque su mayor personalidad la tuvo con la muleta. No fue Manolete el único novillero brillante en aquella época, pues en Sevilla, una ciudad que siempre ha sido partidaria de la rivalidad entre parejas de toreros, hacia furor la formada entre Juanito Belmonte Campoy y José Ignacio Sánchez Mejías, dos toreros con apellidos ilustres, e hijos de sus padres. La niñez del hijo natural de Juan Belmonte fue más bien triste y lamentable, pues el padre tardó muchos años en reconocerlo como hijo y en darle su apellido, y cuando lo hizo, se ocupó bien poco de él, pues lo único que hacía era entregarle a la madre treinta duros cada mes para que pagara la educación del hijo que tuvo con la sevillana Concha Campoy. “Yo fui un niño como todos los niños –llegó a declarar el torero a una revista de la época, cuando ya era un figura del toreo–. En el colegio de los Salesianos de Utrera todo el mundo sabía que era hijo de Juan Belmonte, pero yo no me llamaba Belmonte. En el mismo colegio estaban los hijos de los hermanos de mi padre, mis primos. Ellos sí eran Belmonte. Yo, solamente Juan Campoy”.
Fue Eduardo Pagés, el histórico empresario de La Maestranza, el tutor taurino de Juanito Belmonte, y quien se ocupó de lanzar la carrera profesional del hijo natural de Juan Belmonte, que tomó la alternativa el 12 de septiembre de 1938 en Salamanca, cuando se estaban librando batallas decisivas de nuestra guerra civil. Lo hizo con un cartel de campañillas: padrino Marcial Lalanda y testigo Domingo Ortega. En 1940 ya llegó a ocupar el primer lugar del escalafón por delante de Vicente Barrera, de Marcial y de Ortega. Confirmó la alternativa en Madrid conjuntamente con Manolete, de manos de Marcial como padrino y de testigo su padre Juan Belmonte como rejoneador. En 1942 toreó un mano a mano con Manolete, el 17 de septiembre en Madrid. Durante toda esta etapa en la que Manolete estuvo en su trono inexpugnable, Juanito Belmonte estuvo siempre entre los primeros del escalafón. Pero este torero vivió siempre sentimentalmente acosado por las circunstancias de su vida. Ya en su madurez llegó a confesarle al crítico taurino Vicente Zabala, con quien tenía una gran amistad: “Por culpa de mi padre, perdí parte de lo más hermoso de la trayectoria de un hombre: la niñez y la adolescencia”. Estas circunstancias tan poco felices, imprimieron cierta aceleración a su vida y a su carrera como torero que fue fulgurante y meteórica, como si quisiera en pocos años recuperar el tiempo perdido, ganando dineros y complacencias vitales. En todo caso, su retirada se produjo el 29 de agosto de 1947, en Almería, que alternó aquel día con Rafael Vega de los Reyes “Gitanillo de Triana” y Parrita, con toros de don Felipe Bartolomé, e influyó de manera decisiva en esta decisión, la trágica muerte de Manolete un día antes en Linares, a quien admiraba como al ídolo que era.
Uno de sus grandes desengaños en la vida fue precisamente este tropiezo sentimental al que nos hemos referido desde el principio: sus amoríos con la famosa vedette Celia Gámez, que no tuvieron el final feliz que él hubiera deseado. Celia tenía diez años más que él y era la gran figura en España de la revista y de los escenarios. Haberla conquistado, ya fue para el torero todo un éxito social, pues en aquellos momentos era una de las mujeres mas deseadas de España. Eso equivalía para Juanito Belmonte un triunfo tan grande como los que lograba en las plazas mas postineras. La verdad es que levantaba envidias entre la gente de su profesión. “Nos quisimos intensamente. Fue un amor sincero y profundo. Nunca amé tanto a un hombre”, llegó a declarar ella a una revista de modas de los años ochenta, y justificó su ruptura con el torero con estas palabras: “Nunca dejaba de pensar en los años que nos separaban. Era una idea obsesiva, que enturbiaba mi felicidad. Traté por todos los medios de alejar de mí aquel pensamiento. Era inútil. La idea volvía tenazmente, interponiéndose una y otra vez entre nosotros y era mas fuerte que mi amor”. Como ven, Celia Gámez nunca pudo superar esta circunstancia porque intuyó un futuro incierto en esa relación pues miren lo que decía: “Cuando yo esté en el ocaso, él estará aun en la flor de la vida. Y seguirá habiendo muchachas bonitas y jóvenes que serán atraídas por él. La ruptura fue una medida quirúrgica muy dolorosa, pero sinceramente creo que nos evitó a los dos sufrimientos mayores”.
Así que cada uno siguió su camino sentimental y profesional por separado. Ella cuando llegó de Argentina, no tuvo problemas para integrarse en la sociedad española, pues era hija de padres malagueños emigrados al país de la plata. Su éxito le granjeó las simpatías de todo un país, buenas amistades y un lugar distinguido en la vida social madrileña de aquellos años. Los Reyes don Alfonso y doña Victoria acudieron a verla actuar a los teatros en varias ocasiones, e incluso la invitaron una vez al Palacio de El Pardo a tomar el té, donde les interpretó un tango. Hasta su muerte conservó la perla que le regalaron los Reyes aquel día. Según cuanta el historiador Ricardo de la Cierva, Alfonso XIII también tuvo una aventura breve, pero intensa, con la entonces jovencísima Celia Gámez, aunque su primer gran amor fue Darío López, que murió en 1941 y que era bastante mayor que ella. Mantuvo otro idilio amoroso con Fernando Amboage, marqués de Amboage, que murió en combate durante la guerra civil. Con Juanito Belmonte estuvo cerca del matrimonio, pero conoció en San Sebastián al odontólogo José Manuel Goneaga y se casó con él el 1 de julio de 1944 en la Iglesia de los Jerónimos de Madrid, y curiosamente, fue llevada al altar del brazo mutilado del general Millán Astray. Cosas de aquella época. Celia murió en Buenos Aires en 1992.y Juan Belmonte Campoy en Fuenterrabía, el 20 de julio de 1975. Esta es la historia de dos vidas cruzadas y de un amor imposible.